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Las Fiestas del Carmen y de la Sal, en la antigua villa de la Real Isla de León, tienen una proyección que trasciende a todos los rincones, hogares y ambientes. Nada escapa a su influencia, porque aquí, cada cierro, cada almena, cada balcón, cada muro y cada piedra, han sido labrados y pulimentados por manos e inteligencias que han desarrollado su acción bajo el manto protector de la Virgen del Carmelo. Porque es Patrona de San Fernando, según reescrito de Benedicto XV, de fecha 14 de junio de 1920, declarada Alcaldesa de honor de la Isla, por acuerdo de la Corporación Municipal de 10 de octubre de 1951, y coronada canónicamente dos días después en cumplimiento del breve de Pío XII de 7 de junio de 1950.

Porque es Patrona de la Marina de Guerra, por decreto del Gobierno de la nación de 19 de abril de 1901, con honores de capitán general, reconocidos por decreto de 10 de agosto de 1955.

Porque nuestra ciudad, eminente-mente marinera, inició su poderoso impulso a comienzos del siglo XIII con el castillo de Logar de la Puente (más tarde de San Romualdo), precisamente en la misma centuria en que S. Simón Stock llamó «Estrella del mar» a la Santísima Virgen del Monte Carmelo.

Con estos fundamentos o pilares, nada escapa en la Isla a la influencia carmelitana y marinera.

Y sus fiestas, recogiendo la savia de ese ambiente excepcional, se extienden en diversidad de formas y expresiones por todos los puntos cardinales: desde río Arillo a puente Zuazo y desde La Carraca a Gallineras, saltando por encima de esos ancestrales caños, salinas y esteros, y, también, a caballo de los buques de guerra e incluso de algún que otro típico candray, para trasladar lo mejor de la Isla mucho más allá de los confines de la provincia gaditana.

No se puede, no se sabe, desligar a San Fernando de la Virgen del Carmen y de la Marina de Guerra. Las tres facetas (como han afirmado reiteradamente los distintos alcaldes de la Isla) son una sola cosa, en perfecta conexión y hermandad de ideales, de sentimientos y de aspiraciones. Llevan así 700 años de sólida coyuntura, en una amalgama de espíritu y materia que sólo el fin de todo lo creado puede romper.

Y todas nuestras inquietudes, nuestros avatares, nuestras evoluciones, la belleza de estas fiestas patronales (cada vez más sugerentes) tienen aquel punto insoslayable.

San Fernando, en estos días de la pasada feria, ha estallado en explosiones de cordialidad y de simpatía, impulsadas por la salinera mayor de las Fiestas del Carmen y de la Sal y las gentiles señoritas que forman su corte de honor.

Ha estallado, también, en explosiones de veneración y de religiosidad hacia su Virgen cañaílla y callejolera (como cariñosamente se la llama) durante los cultos en su honor.

Con un panorama así, la Isla, marinera por todos los poros, navega por los rumbos más exactos y prometedores. Vamos todos a pilotar la nave con decisión y con destreza y, sobre todo, con un corazón amplio y generoso hacia los tripulantes que, en estos días, vienen de fuera, para convivir sobre la cubierta de esta embarcación blanca, luminosa y tradicionalmente acogedora.

En esta magnífica festividad del 16 de julio en que los fervores de todos los isleños tienen como meta y esperanza la Virgen marinera, mi recuerdo más sentido es para dos excepcionales isleños que, año tras año, en esta conmemoración y en cuantas ocasiones se presentaban, supieron dedicar los más rendidos elogios a la Reina y Señora de la Isla y Capitana de los hombres que de la mar viven y en la mar luchan.

Me refiero a Gaspar Fernández de León, que durante más de 50 años fue redactor-corresponsal de «DIARIO DE CADIZ» en San Fernando (mi inolvidable antecesor) y al ilustre poeta Gabriel González Camoyano, ambos paladines incansables de la devoción carmelitana.

También, para otros excelentes compañeros con quienes tuve lazos de amistad y camaradería: Pedro Martínez Gay, Antonio Ramírez Conesa, Francisco Gutiérrez Agabo, Felipe García Cantalejo, Diego Berraquero Miril, José Carretero Troya, Antonio del Río Collado, Francisco Montes Aguilera, Manuel V. de la Corte y del Río y, por último, a Nicolás Alonso Sánchez, que dedicó su vida a captar las más bellas imágenes de la Isla, sus personajes y sus rincones. Todos unidos en sus comunes afectos a la Patrona, en una sucesión de anhelos y fervores.

12 hombres ligados a la prensa y a la Patrona, magníficos profesionales, que sumaron muchos tantos en la vida para ofrecerlos en la eternidad al Todopoderoso, por intermedio de la Santísima Virgen del Carmen Coronada, la «Virgen cañaílla» de sus amores. Desde aquí mi homenaje más sentido y emocionado para estos hombres que nos precedieron en la vida eterna.







 

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