Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
La costa occidental de Andalucía toma en su mitad la forma de un medio círculo, cuyo extremo sur se completa con una lengua de tierra de 3 millas de longitud, en cuyo extremo se encuentra la ciudad de Cádiz. El mar que corre entre la costa y esta lengua de tierra, es marco aquí de una de las más hermosas bahías de Europa, que en su ensanchamiento máximo sería igualable al lago de Ginebra entre Nyon y Evian. Su ubicación da a Cádiz un aire inmejorable, y una temperatura media que en esta latitud no se puede prever. El aire marino, que en sí mismo es tranquilizante y fortalecedor, amortigua la canícula veraniega, y hace un invierno, de por sí ya suave, algo parecido a una primavera. El verano, tan caluroso como quiera serlo entre las 10 y 13 horas, después del mediodía es regularmente más frío; el viento de mar (la Marea) se hace más intenso de hora en hora hasta el atardecer, y sopla durante las noches siempre refrescando. Por eso se goza en Cádiz, la mayor parte del día, de la temperatura ideal, mientras que en el interior del país, por ejemplo en Madrid, se hace insoportable; pero hará aquí, por el contrario, tres veces más fuerte, tan pronto como el Solano, o viento del Sudeste comience a soplar. Este viento viene desde la cercana costa de África casi asfixiante sobre la ciudad. La atmósfera, entonces, pareciera quemar en el real sentido de la palabra, y de tiempo en tiempo se siente una nueva oleada de calor; es la sensación exacta que tendríamos si nos acercáramos a la boca de un gran horno encendido. Sin embargo, en general, no sopla en realidad ningún viento, el aire está más en calma justamente bajo el más fuerte Solano, porque él pareciera destruir completamente su elasticidad. La atmósfera está entonces cubierta con un vaho blancuzco apenas perceptible, y el Sol, también al medio día, como cubierto con un velo translúcido. Por eso parece el Sol tener un disco mayor y una radiación más amortiguada. El mar calmo y tranquilo, como en un lago suizo, y el agua asombrosamente caliente, los peces suben frecuentemente a la superficie, y parecen estar cansados. También los animales terrestres sienten el influjo del Solano. Los pájaros vuelan más bajo, los perros se esconden, los gatos parecen volverse furiosos, los mulos jadean incesantemente y toman sólo la mitad de su alimento, los cerdos buscan enterrarse en la tierra. Sobre los hombres, el Solano actúa según las distintas constituciones, ya más intensa, ya más suavemente, sin embargo pareciera en todos producir una fuerte tensión de los nervios y fiebres, y una precipitada circulación de sangre.

Tan reducido como sea el perímetro de Cádiz, tantos edificios se han superpuesto en ese angosto espacio tan superpoblado. Se calcula 78.000 habitantes, y una vista sobre las calles angostas y las casas tan apretadas y altas parecen confirmar completamente este dato.

En lo referente a edificación, pareciera que el clima cimentó para siempre las viejas costumbres moriscas. Techos chatos con pequeñas torrezuelas y pisos bajos floridos; patios empedrados con sillares, y tan pulcros, que sirven como salas aireadas; galerías que recorren todos los pisos alrededor del patio; piezas grandes, cuidadosamente repintadas en blanco y con ventanas reducidas, todo lleva el carácter africano. Por la altura del caserío, las callejuelas son algo lóbregas, pero ellas, de noche, están bien alumbradas y con su inmejorable empedrado conservadas tan limpias, como en Holanda. Sin embargo tiene Cádiz también algunas calles anchas, entre las que la llamada «calle Ancha» es la más hermosa, y además tres plazas grandes y dos más pequeñas.

Las inmediaciones de Cádiz, desde el lado de tierra muestra precisamente a los extraños un escenario tan magnífico como único.

La última milla se recorre sobre un camino angosto de arena entre la bahía y el Océano. Se reconoce por delante la ciudad en blanco brillante, con sus torres y murallas y se observa a la izquierda el dilatado Océano, sobre el cual el fuerte de San Sebastián juntamente con el Faro parecieran flotar, por estar edificados en un angosto arsenal que se desprende de la lengua de tierra y que durante la pleamar queda tapada por el agua. A tres cuartos de hora de Cádiz el camino se hace más ancho, pero siempre se tiene la bahía y el océano a la vista. El camino es completamente desierto, pero pronto se encuentra una línea de casucas y, al fondo, por ambos lados, muchos jardines bonitos, rodeados de cercos bien trabajados.

Se entra al Portón donde por ambos lados al fondo de la fortificación, a la derecha la bahía y a la izquierda se agita el Océano, y se está en contados minutos en Cádiz.

Un hermoso lugar libre, con hermosos edificios, hace simpática la primera impresión, pero el camino de tierra, estrecho, junto a la muralla disminuiría esa primera impresión si la Plaza de la Mar, en la Puerta de la Mar no existiese.

La primera impresión de esta Plaza, y de los grupos de personas que aquí se encuentran, muestra desde muchos puntos de vista un espectáculo totalmente nuevo. Una línea larga de cuartuchos bajos, donde sólo se venden aves vivas, que semanalmente vienen de las costas bereberes, todo en colorida mezcla; una cantidad de mesas altas con una variada selección de pescados, entre los que está representado el pescado de espada; un mujerío con canastos llenos de los más extraños moluscos y otra población marina; vendedores de limonadas y naranjadas, cuyas piezucas están adornadas con ramas verdes y con limones, entre las cuales hay pequeños surtidores de agua; aguateros con sus carros de empujar, encima de los cuales, en tablones recortados, se encuentran grandes cántaros de piedra con copas de vidrio; un gran número de cuartuchos de frutas, en los que melones, granadas, higos y naranjas, limones dulces y uvas, abreviando, frutas de verano de todas clases se encuentran expuestos junto a incontables canastos de verduras en la más gran variedad; vendedores de grillos, que ofrecen esos ruidosos animalejos en pequeñas jaulitas de alambre de bronce, o en casuchas de madera pintada, para dejar en el dormitorio de los amantes, en especial de las damas; marroquíes con sus pantalones abullonados, barbas negras y pipas largas sentados junto a sus canastos de dátiles; mesas con cuadros religiosos y gorras marineras, figones y tabernas en pequeñas casuchas, todas revestidas con tela de lino o con ramaje verde. Agreguen ustedes a estas peculiaridades de Cádiz algo de tumulto y variedad de la plaza madrileña y tendréis entonces un cuadro completo de la Plaza del Mar.

Las murallas gaditanas están entre las más hermosas y largas que yo haya visto; por eso las toman como lugar de paseos. Se tiene al oeste una encantadora impresión de la bahía, de la costa de enfrente, y con el muy frecuentado muelle al fondo; se observa además, y aún mejor al sur o al oeste, la infaltable superficie de la mar, y se descubre ahora muy claro la flota de bloqueo inglesa.

Una pequeña parte, al oeste, está plantada con cinco hileras de olmos formando dos avenidas. Los árboles son tan pequeños y tan poco frondosos, que muestran de inmediato el influjo del suelo pedregoso del aire marino y del clima tórrido. Con todo eso, es este sector, especialmente al atardecer, el más visitado. El aire marino revivificador, la cantidad de mujeres hermosas y vivaces, la iluminación de las casas cercanas, el canto soñador y la música alegre, todo, hace este paseo, en las noches veraniegas, realmente encantador, a lo cual contribuye no poco la vista del firmamento, en un cielo diáfano y luminoso.

Por lo demás, una gran parte de la muralla, que al mediodía está en parte a la sombra, sirve como lugar cómodo para una siesta para las clases más bajas, que hacen pocos cumplidos. En un banco, o solamente reclinados en el muro, refrescados por el viento marino frío, acostumbran aguateros, changadores, la soldadesca, marineros, y otros, dormir aquí muy tranquilos.

Para el goce de los sentidos y el disfrutar de la vida, no hay ningún lugar mejor que en Cádiz. Figones, bodegas y bares se encuentran en gran número. El vino ardiente del cabo de Rota, de Jerez, de Málaga y otros, frutas seleccionadas, se venden a los precios más reducidos, y todos los comestibles se encuentran en exceso. Se encuentran neverías mantenidas por italianos, donde existen los más delicados manjares, y el lujo de las mesas está también en la clase media muy bien representado. Sin embargo, le falta a Cádiz una importante necesidad de la vida, agua fresca, por eso se debe traer sobre la bahía, desde el Puerto de Santa María, de ahí se ven siempre descargando miles de toneles de determinados botes. El agua es mala, con mucho calcáreo y muy poco oxígeno, el cual, además, por el calor y el transporte se pierde totalmente. Encima de todo eso, tiene sabor al tonel, ya que los últimos restos no se pueden eliminar totalmente. Por eso el agua es el bebestible más insalubre y miserable que se pueda imaginar.

Al que le guste observar el influjo del clima en las formas y costumbres, encontrará lo mismo desde las fronteras al norte de España hasta el extremo de Andalucía, pero con una gran variedad de matices. En Andalucía lleva todo el carácter del clima tórrido; todo se lo exagera hasta el extremo; el disfrutar de la vida es salvaje y fogoso; las relaciones hacia el sexo femenino, sin frenos, y más disoluto que en otras partes.

La belleza de las mujeres andaluzas, su vivacidad, su disposición soñadora, su temperamento excitable, parece en Cádiz superar todo lo visto hasta ahora. Menos dando que exigiendo, más difícil de satisfacer que de excitar, parecen haber dedicado su belleza para la diversión, y su vida a la sensualidad. En ningún lugar puede buscarse la relación de ambos sexos con menos trabas y con mayor pasión, en ningún lugar el amor sensual llega a ser tanto como la primordial necesidad de la vida; pero también en ningún lugar el influjo del clima desarmará hasta al más severo de los jueces en lo moral. Pero nunca son los estímulos del placer tan impetuosos y las pasiones más intensas que cuando sopla el Solano. En esos días, en que se respira la voluptuosidad junto con el aire, en que una embriaguez involuntaria se apodera de todos los sentidos, y cada imagen casi sola llena la fantasía, parece la satisfacción convertirse en una ley de las necesidades físicas, la cual sólo mediante el sentimiento y el ejemplo se recordará vívidamente.

Si algo pudiera amortiguar el movimiento de la sangre en alguna forma, lo serían los baños de mar, a los cuales a menudo acostumbran a ir ambos sexos. Las mujeres se bañan delante del portón, en un determinado lugar de la playa, y las entradas están custodiadas por unos centinelas de caballería, no es extraño que amantes favorecidos engañen los ojos del custodio bajo una basquina y una mantilla; y lo que debiera borrar los anhelos, los enciende aún más violentamente. Justamente eso vi en el muelle, en bajamar, jóvenes y jovencitas, sin diferencia, sin ropas y sin inconvenientes, bañarse juntos.

En una ciudad como Cádiz no puede faltar el teatro. Tiene en realidad un teatro mucho más grande y cómo que Madrid, a pesar que su exterior parece insignificante. La separación del salón es distinto al que generalmente se usa en España, y se aproxima más al francés, pero todas sus localidades son numeradas; y se tiene, en absoluto, que tomar el asiento cuyo número esté en el billete. Las decoraciones son tan magníficas como de buen gusto. Pero lo que a los gaditanos más atrae al teatro son los Sainetes y los Boleros, que se marcan cada vez en el programa especialmente. El Bolero es un cuadro vivo del placer por todos sus matices; desde el primer instante del deseo hasta el último de la satisfacción. Pero la sucesión completa de los movimientos lleva el carácter del desarrollo; al comienzo oculto y al final a la luz desnuda. Separado de todo lo que pueda molestar esa ilusión, se presentan esos cuadros con una fuerza que trae en forma vívida, por igual, recuerdos y esperanzas, sin hacerlos ruborizar.

El clima, la virilidad, la belleza y la habilidad caracterizan a los andaluces exclusivamente para este baile. Se lo ve por una bailarina y un «Bailaor», cuya belleza será sólo sobrepasada por su arte, y que en Cádiz se pagará con miles. ¿Un baile, que tan vivamente habla a los sentimientos, que es la naturaleza misma; un baile que expresa un goce, el cual parece estar libre de egoísmos del ser humano, no debería ser más encantador que todo el resto?

Yo les he descrito el lujo de Cádiz, déjenme examinar el origen del mismo. Una desastrosa guerra con Francia, y una peor aún con Inglaterra, ha destruido casi completamente el comercio de los españoles. Una flota inglesa bloquea sus mejores puertos hace ya dos años, y los corsarios ingleses intranquilizan sin pausa sus costas.

Tan estrecho como quiera ser este bloqueo, pronto la astucia encontró forma de burlarlo, y pronto la política forma de suavizarlo.

Además, la aproximación de los Gabinetes inglés y español pareciera tener también ahora (verano de 1798) un influjo muy importante sobre el bloqueo. Oficiales ingleses vienen disfrazados a Cádiz, para descansar del aburrimiento de la vida a bordo; botes españoles toman la ropa de a bordo para lavar y equipar la flota con vinos y frutas; un barco danés está listo para salir con un cargamento muy abundante y un pase del almirante inglés para entrar en Cádiz.

Dos palabras todavía sobre las fondas, «Fonda de la Paloma» en la Puerta del Mar, para viajeros muy ricos. «Posada de las cuatro Naciones», para otras gentes, que sus gastos diarios quieran mantener reducidos a 1 y 1/2 piastra.







 

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