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Antonio da Pita miró a Consuelo entornando sus ojillos maliciosos y le comentó un poco irreverente:-Pero Consuelo, te has empeñado tú sola en hacerme millonario...

Consuelo no estaba ese día para muchas disquisiciones metafísicas y no comprendió muy bien por dónde iba el Dr. da Pita con sus sutilezas. La mañana había comenzado algo nefasta. Se había encontrado una arruga nueva a la altura del carrillo derecho. Estaba comenzando a perder la calma y la esperanza. Pero no -pensó-, no podía darse por vencida. Aún no, a pesar de sus treinta y cinco intervenciones. Sobre todo ahora que tenía que trabajarse al cirujano con su excelsa propuesta...
Como si saliera de un sueño lejano Consuelo preguntó al médico:

-¿Es que no vas a poder hacerlo, Antonio?

El Dr. da Pita ya no tenía casi acento brasileño. Llevaba diez años en España y a penas le quedaba un cierto sonsonete cantarino de su Río natal. Y ya no sabía qué hacer con Consuelo. Cierto era que su profesión de cirujano estético siempre le había deparado pacientes especiales, algunos, incluso, especialísimas, pero Consuelo comenzaba a batir todos los récords.

-No, no es que no se pueda, Consuelo -contestó con una sonrisa el doctor-, lo que hay que plantearse es si se debe...
-¿A estas alturas -comentó Consuelo-, te vas a plantear problemas filosóficos?
-Ya sabes que no es lo mío -admitió Antonio-, pero uno también tiene su corazoncito...
-Sí, sí -bromeó Consuelo-, de oro de veinticuatro quilates y de diamantes...

Sería las trigésimo sexta intervención de cirugía estética que el Dr. da Pita debería realizar en Consuelo. La progresión fue imparable: comenzó con una blefaroplastia para continuar con otoplastias, rinoplastia, abdominoplastia, liftins, y, casi cada dos o tres meses, con todo tipo de estiramientos, absorciones, plastias, esculpidos y modificaciones estéticas. Desde el comienzo del vello en la testa, hasta los dedos de los pies. No había parte de la anatomía primitiva de Consuelo a la que Antonio no hubiera metido mano con su bisturí y sus drenajes. Y el resultado comenzaba a parecer un híbrido extraño, a medio camino entre un humanoide y un robot mecánico. Pero lo más extraordinario, lo más alarmante incluso, era que Consuelo estaba encantada. Se veía a sí misma cada vez más atractiva y más perfecta. Y daba la sensación de que nada ni nadie sería capaz de pararla.

Pero lo de ahora era ya rizar el rizo -pensó da Pita mientras hacía como si se estudiaba su historial clínico que por otro lado se conocía de memoria.

-¿Pero no comprendes, Consuelo, que esa intervención no está descrita en los libros, que nadie la ha realizado hasta ahora?
-¿Pero se puede hacer técnicamente? -preguntó con ansias Consuelo sin darle tiempo al médico a continuar.
-Como poder hacerse... -intentó responder Antonio.
-Pues eso es lo importante -cortó Consuelo-. Si quieres te firmo todos los papeles que desees -dijo algo más asentada.
-No se trata de papeles, Consuelo -respondió Antonio-, sino de ética.
-¿De qué cosa? -se rió malévola Consuelo-. ¡No me cuentes milongas, doctorcito! -dijo burlona.
-Pero necesitaré la ayuda de varios especialistas, Consuelo -comentó el Dr. da Pita intentando frenar a su paciente-. Y económicamente...
-Ya sabes que no tengo problemas económicos, Antonio, no seas pesado -cortó Consuelo-. Tú ocúpate de la parte técnica, que del resto me ocupo yo...
-Bien, tú ganas, Consuelo, pero no digas que no te lo he avisado -dijo abatido el médico dejando caer la historia y cruzando los brazos sobre el pecho-. Te avisaré cuando lo tenga todo dispuesto.

Al cabo de un mes en la Clínica Los Nardos estaba ya todo preparado para la operación. Al Dr. da Pita no le había sido nada fácil poder conseguir la colaboración de un urólogo y de un ginecólogo para la intervención novedosa y extraña que tenía que realizar. Varios colegas famosos se negaron rotundamente, pero al final el dinero y la novedad pudieron más que los problemas morales o deontológico, y pudo conseguir que dos prestigiosos especialistas se apuntaran al ensayo.

Una hora antes de la señalada para el quirófano el Dr. da Pita se pasó por la habitación donde Consuelo esperaba tranquila y expectante.

-¿Estás segura, Consuelo, de que quieres seguir adelante? -le preguntó el médico en un último intento.
-Por supuesto -respondió Consuelo sin un ápice de duda.
-Te recuerdo que no puedo garantizarte el éxito -dijo Antonio.
-Ya lo sé, doctorcito -sonrió Consuelo.
-Y que los papeles que me has firmado me protegen de cualquier demanda... -siguió el médico.
-Que sí, que sí, doctorcito -respondió mecánica Consuelo.
-Y que te cobro por adelantado... -insistió el doctor.
-OK, doctorcito -se cansó Consuelo-. Ya está todo más que hablado, ¿no? Y no te preocupes: la trasferencia llegará mañana a tu cuenta corriente.

Antonio dirigió la vista a la prima de Consuelo, que era la única persona que la acompañaba desde siempre en todas sus intervenciones plásticas, hizo un gesto con los ojos como de abatimiento, y se retiró hacia el quirófano.

La operación había durado más de ocho horas. Las primeras fases se habían ejecutado dentro de lo previsible: el injerto de vello en facies, brazo y pierna del lado derecho, y la extirpación de la mama del mismo lado, se realizaron siguiendo los protocolos clásicos y sin demasiadas complicaciones. Mucho más laborioso y complejo fue el trasplante de pene y de testículos en sustitución del clítoris y manteniendo la vagina y los ovarios.

En la fase de clitoridectomía se había producido una hemorragia profusa de la red arteriolar de este órgano que obligó a transfundir 1.500 cc de concentrado de hematíes a Consuelo. Al final todo se había realizado siguiendo los deseos de la paciente: un cuerpo mitad masculino y mitad femenino y con unos genitales dobles.

A los 60 años Consuelo había decidido experimentar por sí misma las sensaciones dobles de una sexualidad híbrida y sin cortapisas, completa, dual.

Ahora Consuelo se encontraba ya en la habitación 125 de la clínica con todo el cuerpo vendado como una momia.

Aparentemente la operación había sido todo un éxito. El Dr. da Pita charló un rato con su prima y dio las últimas instrucciones a la enfermera de planta antes de retirarse, cansado y sudoroso.

A la mañana siguiente el Dr. da Pita se presentó en la clínica a primera hora. La enfermera le comentó que había pasado una noche razonablemente bien con los sedantes, y que no tenía fiebre. Antonio abrió la puerta de la habitación sin llamar y vio a Consuelo con una sonrisa en los labios.

-Parece que lo has conseguido, doctorcito -comentó Consuelo cuando lo vio aparecer con un hilo de voz tenue.
-Nos ha costado, Consuelo, pero en fin, parece que todo ha salido bien -respondió da Pita-. ¿Cómo te encuentras?

Consuelo intentó incorporarse para responder pero en ese momento se le torció la sonrisa y una mueca dolorosa se instauró entre sus labios. Un estertor hiposo se le metió en el pecho mientras caía desvanecida en la cama. Antonio se abalanzó sobre su paciente mientras apretaba compulsivamente el timbre de la habitación. Cuando llegó el anestesista de la UVI y las enfermeras solo pudieron determinar su fallecimiento por una embolia pulmonar masiva.

El Dr. da Pita estuvo charlando con la prima de Consuelo, que había presenciado el óbito, y le explicó lo terriblemente frecuentes que en esas operaciones tan agresivas y extensas son las embolias, a pesar de los tratamientos preventivos con heparina. Nada se podía hacer, como ella misma había presenciado, concluyó el médico.

Da Pita firmó los oportunos formularios y dio las órdenes precisas para el sepelio y la incineración.

En la cafetería de la clínica se encontró con los colegas que le habían ayudado en la operación.

Les relató el fatal desenlace y todos asintieron con tristeza en lo previsible del evento. Antes de irse a su elegante consulta, Antonio da Pita, les comentó:

-En cierto modo casi ha sido lo mejor. No quiero ni pensar las secuelas sicológicas que habría tenido la pobre Consuelo...

Y cuando ya salía por la puerta giró sobre sus pasos y acercándose a sus colegas les susurró:

-Ah..., y la trasferencia a mi cuenta de 20 millones ya ha sido realizada. Mañana sin falta hacemos el reparto...






 

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