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LA VOZ DEL DUQUE-POETA

«Para siempre, tal vez para siempre
hoy te pierdo, oh, mi patria querida!,
y a arrastrar voy la mísera vida
en destierro espantoso y cruel.»
Duque de Rivas

duqueRivas

La Audiencia de Sevilla, dócil a los designios de Fernando VII, condenó al Duque de Rivas a muerte en rebeldía. Las amenazas contra la libertad y la vida sólo puede conjurarlas el duque saliendo del territorio nacional. La causa de todo ha sido la firmísima y muy fervorosa actuación del poeta, al servicio de la causa de la libertad, durante el trienio 1820-1823 («los tres mal llamados años», en la terminología del «Deseado»).

En los días finales de 1823, restablecido el poder absoluto de Fernando VII por las fuerzas invasoras acaudilladas por el duque de Angulema (los llamados «cien mil hijos de San Luis»), el duque-poeta arriba a Gibraltar. Allí permanece hasta mayo de 1924, de donde marcha a Londres. En la capital británica vive, durante siete meses, la azarosa existencia del emigrado. Decide marchar a Italia, para residir en los Estados Pontificios. Pero surge entonces un motivo romántico, que le obliga a volver a Gibraltar. Don Ángel de Saavedra quiere casarse con su prometida (María de la Encarnación de Cueto y Ortega, hermana del marqués de Valmar). Gibraltar, que ha significado para el duque la liberación de peligros en 1823, constituye ahora el escenario de la iniciación conyugal. Doble motivación romántica: libertad y amor. Para un poeta exiliado, toda una plenitud de sentido. El exilio, sea en territorio británico, italiano o francés (Gibraltar, Londres, Liorna, Malta, Orleans, París...), se prolonga hasta después de fallecido Fernando VII. Don Ángel de Saavedra penetra en España por Figueras el 11 de enero de 1834. Una época brillante y triunfal se inicia para el duque-poeta. Cargos políticos, diplomáticos, académicos... Y consagración como escritor (poeta, dramaturgo, ensayista...).No vuelve a hallarse en peligro la libertad o la vida del autor de Don Álvaro -salvo en el año de 1854, con motivo de la revolución acaudillada por Espartero y O’Donnell (progresismo y Unión Liberal). Don Ángel de Saavedra, el autor de poemas como «El Desterrado», «El sueño del proscrito» y «El faro de Malta», ha experimentado una mutación de matiz político... No ataca ya el «despotismo horrendo», ni piensa tanto en la «libertad preciosa»... Ahora es el poeta conservador que escribe «La asonada» y llama al pueblo «plebe amotinada». Los sucesos de 1840 -y luego los de 1854- le sobrecogen y espantan. Siendo embajador en Nápoles, reprende a su subordinado don Juan Valera, porque éste se muestra partidario del «progreso» y del «espíritu del siglo». Para el liberal del período 1820-1823, para el expatriado de la década 1823-1833, Espartero y la Milicia Nacional constituyen algo horrendo y espantoso. ¿Qué ha ocurrido? Sencillamente una sustitución de modalidad de cautiverio. Si antes el cautiverio ha consistido en la expatriación, en la imposibilidad de permanecer en España, donde un Tribunal fernandino le ha condenado a muerte; ahora el cautiverio estriba en que el duque-poeta se ha dejado aprisionar por prejuicios ultraconservadores... ¡Triste sino de un viejo liberal, prisionero de contradicciones incomprensibles! Contradicciones, sí... Años de guerra contra el despotismo. Y, cuando la libertad triunfa, adscripción a tendencias antiliberales. ¿Por qué? Quizás, el romanticismo lleve aparejado un sentimiento de insatisfacción continua, de color permanente... Y un poeta se debate en ese círculo vicioso que lleva de la dictadura a la revolución y viceversa. Nació don Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano en Córdoba, el 10 marzo de 1791. Fue segundo hijo de la nobilísima familia de los Duques de Rivas, cuyo origen se remonta a la Edad Media. Estudió en el Seminario de Nobles de Madrid. Fue Ángel de Saavedra valiente militar; Nicomedes Pastor Díaz cuenta de forma pormenorizada el ejemplar comportamiento del joven oficial -tenía dieciocho años- que no sólo se negó a obedecer la orden de Murat de reprimir al sublevado Colegio de Artillería de Segovia, sino que se unió al ejército de liberación contra los franceses. Constitucionalista convencido y amigo íntimo de don Antonio Alcalá Galiano, don Ángel de Saavedra tomó partido por los liberales exaltados durante el Trienio Constitucional, fue diputado en Cortes y votó la incapacidad de Fernando VII. Más tarde fue Embajador en Nápoles y dirigió también la legación de París. Fue Ministro de la Corona, Presidente del Consejo de Estado, Presidente del Ateneo de Madrid, Presidente de la Real Academia e incluso Presidente de Gobierno durante poco menos de dos días (en julio de 1854) hasta la llegada de Espartero, que obligó al duque-poeta a refugiarse en la Embajada Francesa.

A la llegada de Narváez al poder, con quien el Duque tenía buena amistad, Rivas fue nombrado Embajador en la Corte de Napoleón III, y la emperatriz Eugenia lo recibió con grandes muestras de afecto, concediéndosele en 1859 la Gran Cruz de la Legión de Honor.

Colmado de honores, siendo caballero de justicia de la Orden de Malta, caballero de Santiago, caballero de la insigne Orden del Toisón de Oro, Coronel de Caballería, académico de número de la Real Academia de la Lengua y Presidente de la misma desde 1862, murió el Duque de Rivas en Madrid el 22 de junio de 1865.

Si como poeta se inició en las huellas de Meléndez, pronto evolucionó hacia el romanticismo en El paso honroso, Florinda, El faro de Malta, que poseen ya una ambientación romántica de tempestades y noche que anuncian los romances históricos, aunque siguiendo normas neoclásicas los compongan en octavas reales.

Durante el exilio se produce el salto definitivo y se pasa a las filas románticas con el El moro expósito o Córdoba en el siglo décimo, poema dramático en doce cantos y romances endecasílabos, sobre la leyenda de los infantes de Lara centrada en el triste sino del bastardo Mudarra.

Don Álvaro o la fuerza del sino, estrenada en marzo de 1835, es para la literatura española lo que el Hernani para la francesa: la imposición del nuevo espíritu en literatura. En esta pieza Rivas mezcla prosa y verso, tragedia y comedia, desprecia las unidades, emplea los caracteres típicamente románticos como sentimentalismo desbordado, tormentas, suicidio, desafíos, etc., hasta el punto de que pocas veces se han reunido, ni siquiera en el Tenorio, tantos ingredientes de la escuela.

Es autor, además, de Romances históricos, dieciocho en número, cuyos asuntos están inspirados en distintos períodos de la historia española, en la mejor tradición del romancero. Suele destacarse, de su etapa final, una obra dramática de carácter shakesperiano, El desengaño en un sueño, que remite tanto al autor de La Tempestad como a Calderón de la Barca.

Aunque don Ángel de Saavedra escribió una tragedia tan importante y tan significativa como Don Álvaro, y aunque en sus demás obras dramáticas haya mucho que alabar, no fue fundamentalmente un hombre de teatro, sino uno de los mejores cultivadores de la poesía narrativa, si no, acaso, el mejor, de nuestras letras contemporáneas.

Sus méritos en el cultivo del género teatral han oscurecido los que hicieron de él un original e importante poeta lírico del romanticismo español.

Y es que, como dijo nuestro duque-poeta: «Lo pasado nada es ya. / El porvenir no llegó. / Lo presente es... ¿qué se yo?».






 

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