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Una vez mas a William Chester se le paró el reloj, pues llega tarde y ya hace tiempo dieron las doce campanadas. Lady Macsody y su cuñada la Hellen sonríen, se besan y llenan con sus ayes la vacía estancia. Visten con sus enormes sábanas blancas y preparan la baraja para pasar la noche. Yo me coloqué mi chilaba, también blanca, que es lo que uso siempre en mis apariciones, y aunque algo molesto, me coloqué el miriñaque que le da al trasero un toque de distinción.

Me puse en los tobillos las largas cadenas, que adquirí durante uno de mis viajes por Escocia, que me costaron un riñón. Pero mis apariciones con estas cadenas dan lo suyo y siempre gustan a los comensales de Míster Coolie a quien nos aparecemos cada primero de mes a cambio de utilizar el castillo.

Esta noche los invitados de Míster Coolie son unos desventurados búlgaros, príncipes de aquellas tierras tan desconocidas. Los invitados nos miran con cierto recelo, como si no diesen crédito a lo que ven ni escucharan los gritos con que les obsequiamos.

Estos búlgaros llevan gran cantidad de niños y nos sacan la lengua, mofándose de nosotros, los pobres fantasmas; nos sacan la lengua y tiran de las blancas sábanas. Los papás apenas si se dan cuenta de lo importante que son nuestras apariciones y no se dan cuenta del esfuerzo que nos cuesta para asustarles. Hoy día la gente no vibra ni se asusta. Con el paso de los siglos eso de ser fantasmas ha perdido interés. No somos nada. Ni la prensa ni la radio ni los medios de comunicación hablan ya de nosotros y muy pronto sólo quedaremos como recuerdo entre los libros de Walter Scott.

Míster William Chester hace su entrada, pero su presencia apenas si da una exclamación de agrado entre las señoras búlgaras. William Chester tiene buena presencia y eso siempre impone. Viste con elegancia, dentro de su armadura de oro. Como los invitados se cansan pronto de nuestra presencia saludamos al señor del castillo y nos embarcamos en el juego del bacarrá. Los invitados de míster Coolie se dan a la bebida.

No podemos seguir así. Ya nadie nos respeta. Como soy relativamente joven voy a aceptar la oferta del Conde de Vallehermoso para dar unas representaciones en su castillo de Ayala, como complemento de las cenas medievales con que asombra a los turistas. Será una forma de reivindicarme, de volver a ser alguien.

Aunque la oferta es buena, a veces dudo si podré sobremorír en aquellas tierras castellanas, tan áridas, tan de secano. Pero con probar no perderé nada. Un par de siglos allí se pasarán pronto.

Después veré.

 






 

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