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¿Poesía anecdótica o poesía sin tema, o sea, pura, como pretendieron Juan Ramón Jiménez y sus seguidores de la Generación del 27?Si echamos una ojeada a la literatura de la segunda mitad del siglo XIX nos daremos cuenta de que lo que había que contar predominaba furiosamente en la obra.

Recordemos la temática de novelistas como Pérez Galdós, Blasco Ibáñez, Pardo Bazán o el mismo Clarín, tanto en La regenta como en su tan sentimental y delicioso cuento Adiós, Cordera. El teatro de la época -Echegaray, Tamayo y Baus- no está en absoluto exento de lo «demasiado humano», como diría Nietzsche. En la poesía el realismo, desde Campoamor hasta los poetas menos conocidos -algunos de ellos, periodistas y novelistas que dominaban la métrica al uso-, el realismo es ya sentimentalismo, aun así, muchos poemas de esos años finiseculares, en nuestra época, de tanta confusión estilística e intrusismo, serían modelos de buen hacer poesía, si no fuese por el lenguaje lastrado y estereotipado ya en el tópico.

Como sabemos también, el movimiento modernista inmediato sacudió el árbol de la literatura y el arte de tal manera que se desprendieron todas las hojarascas y quedaron los muñones para nuevos y exquisitos retoños.

Sin embargo, para nuestras intenciones es necesario partir de las tentativas vanguardistas. Ellas introdujeron las ambiciones -casi deportivas- de una creatividad sin apoyo en los grandes sentimientos, que habían servido de fuente temática a las generaciones anteriores. ¿Era esto posible? ¿Podía el escritor o el artista olvidar el filón de lo humano para elaborar por sí mismo un metal artístico o literario sin mezcla de una preocupación que implicase al lector?

De momento, el arte nuevo se desvinculaba del gran público y por ello, como dice Ortega y Gasset en La deshumanización del arte, corría el riesgo de hacerse de minorías y antipopular. Por ejemplo, un cuadro del Picasso cubista o un poema del Alberti superrealista eran para gente iniciada. La otra gente, la corriente, no pasaba, a lo máximo, de la irritación ante semejantes manifestaciones. Es más, si miramos un cuadro de Boccioni o leemos atentamente un poema ultrarrealista de Gerardo Diego, ¿qué podemos opinar?

Posiblemente un técnico en el asunto, después de una reflexión escrupulosa, opina, o afirma, según el grado de conocimiento adquirido, que el artista pinta o compone sus propias ideas, independizado de un esclavizador mimetismo a la realidad. Que el artista en estas materias no cuente nada más que con su subjetividad y una consumada maestría, no le justifica ante el gran público, que quiere ver en la obra artística reflejados sus sentimientos, sean de buen burgués o no.

El gran público no se sitúa ante la obra artística con ánimo de investigar y suponer la proyección de unas ideas precursoras de mundos futuros por descubrir; entiéndase, mundos psicológicos que cristalizarán en la vida social un día, como la libertad del romántico cuajó en un nuevo tipo de vida (véase sobre este tema el célebre artículo de Larra).

Como verá el lector, intentamos comprobar si la literatura y el arte pueden ir más allá de la anécdota y del tema, por elegante que sea, o bien tendremos que volver a Antonio Machado:

Canto y cuento es la poesía.
Se canta una viva historia,
cantando su melodía...

De todos modos, aunque el poeta de más aparentemente espontáneo surrealismo nos quiera sorprender con su creación, hay una intencionalidad en ese gesto despreocupado y lúdico. Una intencionalidad que procede de una cosmovisión del mundo, por fragmentaria y fugaz que parezca.

Entonces el surrealismo, cualquiera que fuese su modalidad artística, sería una deformación ingenua de un mundo entretejido inevitablemente por los dedos sensatos o disparatados de la lógica de cada uno.






 

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