Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Mi ruta turística veraniega me llevó, a principios del pasado mes de agosto, a la, en otros tiempos deseada, ciudad extremeña de Mérida. Sí, como algunos estarán pensando, a mí también se me pasó por la cabeza que era una locura atreverme a desafiar el calor de secano que golpea aquellas tierras en esas fechas, pero, con la osadía que me daba mi deseo de conocer aquel lugar, la voluntad de aprovechar la invitación que me hacían y con una botella de agua siempre en la mano, me aventuré a patearme el rico casco cultural de la ciudad. Y, como suele suceder en estos lugares, mi mente estuvo volando con las antiguas civilizaciones que se asentaron y dejaron su huella en aquella localidad extremeña, pero eso no se lo voy a contar a ustedes porque estoy segura de que lo pueden encontrar mejor detallado en cualquier libro de Historia, aunque sí les voy a hacer partícipes de los pensamientos peregrinos que me vinieron, bajo aquella abrumadora calor, en el momento de consuelo que logré sentir bajo la acariciante sombra de un olivo en la árabe Alcazaba emeritense. Circulaban a mi alrededor numerosos turistas, sofocados por el calor como yo, asombrados ante los medios de subsistencia y de defensa que empleaban aquellos pueblos de tanto siglos ha, y se me ocurrió a mí imaginar las impresiones de unos lejanos futuros visitantes en la que fuera Augusta Emérita para los romanos.

El lugar en que me encontraba está situado casi a la puerta del famoso y fuerte puente romano por el que ahora sólo se pasea; fue punto estratégico para aquel pueblo y también para los árabes que llegaron siglos más tarde y construyeron sobre él su Alcazaba defensiva, y, si lo miramos bien, la misma utilidad le dieron los cristianos tras la Reconquista, pues la Orden de Santiago hizo construir un convento en aquella plaza como medio apropiado de resguardar aquel lugar con su fe.

Hoy, en aquella zona conventual, la Junta de Extremadura ha asentado su sede, y, querámoslo o no, estos organismos administrativos constituyen el medio de defensa más natural del burocratizado ciudadano del siglo XXI. Imaginé que, aunque mucho más documentada, esta circunstancia también será un día contemplada como un hecho histórico por los turistas de los siglos venideros, que no sólo se contentarán con navegar por Internet, y sentí cierto aliento de satisfacción soñando que, si llega este tiempo y no mandamos antes todo al garete, nosotros vamos a parecer más civilizados que nuestros belicosos antecesores, luchando administrativamente por nuestros derechos. La nube de confusión vendrá cuando investiguen tantos casos de corrupción como nos sacuden estos días, aunque quizás esos papeles desaparezcan todos misteriosamente del mapa, y, además, esas horripilantes muestras de nuestra civilización no tuvieron cabida en mis románticas ensoñaciones de esos momentos.

Y esa noche, un poco fortalecida ya por la casi inexistente brisa del anochecer, asistí a una fabulosa obra teatral, sobre la atemporal temática de la muerte, que un grupo local representaba en el imponente Anfiteatro romano. Y de nuevo vinieron a mis mientes los ávidos viajeros del futuro admirando cómo un lugar construido para celebrar las más espantosas luchas de los esclavos con las fieras, era luego utilizado por los hombres del XXI para representar artísticas actuaciones teatrales.

Y ese día me acosté reconfortada por la suerte de vivir en un mundo como en el que habito, y por la fortuna de pertenecer a ese cuarto de la humanidad que puede vivir tan confortablemente como nosotros vivimos.






 

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