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El anarquismo está obsoleto. Pero no todo el mundo lo sabe. De hecho, hoy en día se está poniendo de moda. Algunos movimientos juveniles, algunos representantes de la cultura, algunos nostálgicos y algún que otro fantasma, están adoptado el concepto de "anarquismo" para definirse. En nuestra misma ciudad hay al menos una agrupación juvenil isleña que se declara "anarquista" y pueden leerse en nuestras calles al menos un par de pintadas que traducen bastante bien el mensaje de esta ideología: "Destruyamos lo erróneamente construido. ¡Abajo el Estado!" (en la rotonda que hay en la confluencia de la calle Juan de Austria, el puente de la Casería y Pery Junquera) y "Ni Dios, ni patria, ni ley" (cerca del restaurante "Macarena", en los pisos de León Herrero).

Posiblemente no estuviera de más pensar un poco sobre lo que está pasando. A los oídos de muchos, el término tiene connotaciones altamente positivas. Suena a justicia, a solidaridad, a esperanza de un mundo sin pobres, a cambio radical hacia mejor, a reparto equitativo de la riqueza, a fraternidad, a ecología, a feminismo, a rebeldía, a juventud... Pero yo creo que quien se afirma anarquista debe ser, o bien un ignorante, o bien un iluso, o bien un convenido: ignorante si no sabe lo que significa verdaderamente el anarquismo; iluso si piensa que el bienestar de los pueblos está, no ya al margen, sino en franca contradicción con unas leyes del progreso económico y social, las cuales no son éticas, pero sí eficaces; convenido si utiliza el disfraz anarquista para adoptar el aspecto de "intelectual de izquierdas, rebelde, solidario y concienciado" que le permita distanciarse de nosotros, gentes normales, que quedamos señalados como integrantes indiferenciados de una masa social egoísta, reaccionaria, burguesa e incapaz para el pensamiento crítico. Quizá cabría añadir lo que dice un colega mío, que el anarquismo es una "actitud" vital. Y quizá también a quienes pretenden denunciar la insuficiencia de la democracia para atender a los problemas del mundo actual, bien para intentar enderezarla un poco, bien para intentar acabar con ella. Pero estos últimos son los que yo llamo "ilusos". En efecto, no se puede pensar en destruir el sistema (la democracia representativa) si no se dispone de un sistema político alternativo que funcione mejor.

Pero estamos hablando del anarquismo sin haberlo definido todavía. Así pues ¿qué es realmente el anarquismo? El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española lo define así: «Doctrina basada en la abolición de toda forma de Estado o de gobierno y en la exaltación de la libertad del individuo.»Este primer acercamiento al concepto nos deja, sin embargo, enormemente insatisfechos. Pues tan acostumbrados estamos a la estructuración de los pueblos y territorios en Estados nacionales dirigidos por los gobiernos centrales, regionales y locales (en el caso español habría que añadir el gobierno provincial), que la mayoría de nosotros somos incapaces siquiera de imaginar cómo puede ser un mundo basado en estas dos ideas. La primera, de carácter destructivo, supone un esfuerzo inútil y desesperado que uno puede llegar a entender con algo de esfuerzo; en cambio la segunda... eso de la "exaltación" debe ser explicado porque no se entiende qué pueda significar.

Si pretendemos aclararnos acudiendo a la historia del anarquismo, que ustedes mismos pueden consultar en las enciclopedias (no caerá esa breva), nos encontramos con un caos irreconciliable de posturas, sucesos y personajes. Parece como si, en vez de un pensamiento político, estuviéramos hablando de una variopinta explosión de ideas, actos y sentimientos de todos aquellos que no encuentran abrigo en la sociedad capitalista del siglo XIX y XX. Fueron anarquistas los asesinos de tres presidentes de Gobierno españoles: Cánovas del Castillo, en 1897; José Canalejas, en 1912 y Eduardo Dato, en 1921.

Anarquistas españoles fueron los que tripulaban el primer carro de combate que, bajo la capitanía del general De Gaulle, entró en 1945 en el París liberado de la ocupación alemana. Anarquista fue el mayo del 68 francés. Anarquista fue la revuelta y represión sangrienta de los habitantes de Casas Viejas en 1933. Anarquista es la escuela de Frankfurt (Horkheimer, Adorno, Marcuse...), el existencialismo francés (Camus, Sartre, Beauvoir...) y otros muchos representantes del pensamiento de nuestro siglo.

En conclusión, parece que el anarquismo es un movimiento casi informe. Lo único que está claro es su afán anticapitalista y antidemocrático, por cuanto que piensa que la democracia es un instrumento de perpetuación de la desigualdad económica, política y social: «la democracia consolida la dominación más firmemente que el absolutismo» (en el "Prefacio" de El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse). El anarquismo pretende ser, por tanto, el instrumento para la defensa de la dignidad del hombre frente a los abusos del poder establecido. Suele aparecer ligado a las clases bajas, pero también a los filósofos. Los primeros se acogen a esta ideología porque desconfían de sus representantes políticos, sean de izquierdas o de derechas, pues no creen que tengan poder real para arreglar nada en tanto se atengan al juego viciado del sistema democrático. Los segundos, que no suelen ser amigos de poder sino de la verdad, porque, contra lo que pensaba la élite intelectual del siglo pasado, razonan que el progreso tecnológico y científico no revierte en el bienestar de la humanidad sino que perpetúa las desigualdades entre los pueblos y convierte a los "beneficiarios" del progreso en miembros deshumanizados de la maquinaria consumista.

En un sentido más amplio, anarquista es también quien pasa de la política, quien va a lo suyo y quiere que le dejen en paz porque desconfía de las bondades de la democracia, quien se revela contra la impunidad con la que gobiernos y multinacionales estropean el clima, provocan guerras y mantienen en la penuria más absoluta a la mayor parte de la humanidad. Anarquista es quien no vota porque se niega a votar. Anarquistas somos casi todos de vez en cuando.

Pero el anarquismo es un error. No se puede destruir nuestro modo de vida, por horribles que sean sus consecuencias, si no disponemos de nada mejor. En Casas Viejas, el colectivismo, o sea, acabar con los terratenientes y trabajar la tierra sin deberle nada a nadie, tuvo mucho sentido en su tiempo. Pero hoy en día es absurdo pensar que podemos vivir al margen de la democracia y al margen de la economía de mercado. La globalización es una realidad (de la que hablaremos en el próximo artículo) y la anarquía es un modo bastante absurdo de luchar contra los efectos de esta realidad sobre el bienestar de los hombres. Absurdo porque no plantea alternativas sensatas y eficaces de convivencia social.
 






 

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