Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
A mí, no sé si para bien o para mal, me encanta escuchar a todo el que habla con propiedad y desenvoltura. Desde luego, no todo lo que se oye es bueno, pero concretamente las anécdotas hay que admitir que algunas son ingeniosas. Éstas, como todos sabemos, son infinitas y de distintas especies y, a veces, incluso nos divierte, mucho más si la persona que la comenta tiene lo que se dice «chispa», claro que tu ánimo debe estar predispuesto para saber «degustarla», porque evidentemente hay personas tan «especiales» que no son capaces de oír prácticamente a nadie. Por lo que estoy convencida de que tan silenciosas personas que casi nada les distrae -y viven no sé para qué- intuyo que no me leerán ni aunque se lo recete el doctor -peor para ellos- pero en cambio otros muchos sí lo harán, y esta ilusionada esperanza es la que hoy me mueve a interrumpir mi calurosa «siesta» y ponerme a escribir, naturalmente, de anécdotas. Me encantaba hablar con Jacinta, y hablo en pasado porque desgraciadamente ésta pasó a «mejor vida». Su conversación era fluida y chispeante. Poseía un don especial que te envolvía, vamos, que el tiempo a su lado se te hacía más corto.

Una mañana del año 81, que salía sin coche, me la encontré en la avenida. Desde luego, no hay nada tan estimulante como disfrutar de un paseo peatonal, sólo así podrás engancharte con alguna amiga, y si el fortuito encuentro lo tuve con Jacinta, indudablemente para mí fue un día afortunado. Después del afectuoso saludo nos dirigimos hacia una típica cafetería y nos tomamos un cafelito con churros. Entre las muchas cosas que me contó mi amiga, la anécdota referente al golpe de estado del 23 F, que como ya sabéis coprotagonizó Tejero, fue sin lugar a dudas la que produjo al final mi hilaridad. Comentaba Jacinta: «estaba en casa arreglándome para salir, como todos los días, cuando oigo por el transistor los primeros momentos del asalto al Congreso. Por su trascendencia me impresionó tanto que puse toda mi atención para no perderme detalle y, comprendiendo que aquello podía durar sabe Dios cuánto y lo que estaba sucediendo no era como para dejarlo de oír por un paseo, decidí quedarme en casa a la escucha; pero, claro, mano sobre mano, no lo consideré lógico, por lo que me preparé los utensilios de la limpieza y me dispuse a fregar portón y puertas de mi pequeño pasillo, que buena falta les hacía, ya que eran blancas y disimulaba poco el tiempo transcurrido que no las limpiaba a conciencia. En medio de aquel suspense retransmitido, yo refregaba con furia cada trozo de madera hasta dejarlo como los «chorros del oro». El tiempo corría y el conflicto, hasta con tiros, continuaba en todo su apogeo, que a mí, como me imagino que a muchos españoles, me tenía sobrecogida. El «cuco» sonó anunciándome que la hora de llegar mi marido estaba muy próxima. Afortunadamente la comida la tenía hecha y la limpieza también había tocado a su fin. Efectivamente, a la hora prevista entró mi esposo, me besa y pasa sin mirar hacia el interior. Con voz decepcionada le pregunto: -¿Es posible que no te hayas dado cuenta de nada al entrar?-, y me contesta de mal talante: -Claro que sí, que no estás arreglada para irnos a la calle-. La respuesta evidenciaba que ignoraba lo que estaba aconteciendo en España, por lo que, brevemente, lo puse al corriente, pero, sin dejar de pensar en mi limpieza, le dije al final: -Hombre, tienes toda la razón al decir que no estoy arreglada y lamento que no supieras el por qué. Indudablemente la retransmisión de lo que estaba sucediendo en el Parlamento acaparó toda mi atención, y mientras lo oía decidí aprovechar el tiempo en algo positivo. Si te hubieses fijado, nada más entrar, en el reluciente brillo de las puertas del pasillo y portón..., pero veo, como siempre, que para tí mi trabajo no cuenta.

Después de mi perorata que pronuncié llena de indignación, ¿a que no sabe lo que me dijo con su habitual ironía mi adorado tormento?: -Como que tú, Jacinta, tiene que haber un «Golpe de Estado» para que limpies la casa...

La segunda anécdota ha sido más reciente y fui testigo presencial. Estábamos en el hospital «La Esperanza» donde le estaban aplicando a mi marido unas sesiones de rayos «microonda» en las rodillas. Cuando dan las once la consulta de rehabilitación se interrumpe porque, según manifestó la enfermera, a esa hora tenía por costumbre irse todo el personal a tomar el aperitivo, y no se reanudaba hasta media hora después. Todos nos sentamos en la sala de espera, a excepción de una señora que se quedó en el pasillo con expresión contrariada. Yo estaba junto a la puerta que siempre permanece abierta, por lo que pude ver y escuchar. Se le acercó un mozo y le preguntó: -Señora, ¿espera usted a alguien?-, y ella, con toda seriedad le contestó: -Espero a que el personal sanitario vuelva del «recreo»-. Al oír esto, él, asombrado, le deletrea: -¿Del re-cre-o?-, y ella, para dorar la píldora le comenta: -Hombre, tomar un aperitivo no deja de ser un recreo para el paladar, ¿no?-. -Tiene usted mucha razón-. Y sin más, se marchó, como los demás, hacia el «recreo».

Y ya, para terminar, una perruna que me contó un amigo hace unos días. Me comentaba Pepe que había sacado a su caniche a pasear por los alrededores de los jardines próximos a su hogar. El perro iba suelto, enseguida apareció una perra en escena, joven y de más alzada que el suyo, acompañada, naturalmente, por su amo -un niño de unos diez añitos-. Los perros se olieron y reconocieron mutuamente. Al perro de Pepe se le pusieron los «dientes» largos, y algo más... pero comprendiendo que no disponía de la altura para «cubrir el objetivo», optó por levantar la patita y rociar con una espléndida meada a la atractiva perrita -que posiblemente esperaba algo más-. El niño, que como Pepe presenció lo ocurrido, se fue para éste y con voz compungida le dijo: -Señor, su perro se ha meado encima de mi perrita. Mi amigo se quedó un tanto estupefacto por la breve amonestación del chiquillo; entonces, con voz grave y la seriedad que requería el caso, le comentó al crío: -Chico, ¿tú has bautizado a tu perrita?-. -No, señor-. -Pues esto es lo que ha hecho el mío, ¡bautizarla!-. Ante tan rotunda afirmación el niño, con gesto de sorpresa, le dijo con cierta timidez: -Ah, si es así, le quedo agradecido a su caniche, y perdone señor...







 

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