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LA VOZ DE UN AMERICANISTA

«Nuestra administración sabe hallar dinero
cuando lo necesita para sostener organismos
inútiles o perjudiciales, y sólo emplea el argumento
de la penuria cuando se habla de reforzar los gastos
relativos a órdenes tan fundamentales de la vida
nacional como la enseñanza.»
Rafael Altamira

Rafael Altamira

Rafael Altamira es un hombre de indiscutible valía intelectual y ética y de posiciones sociales progresistas y comprometidas, que consideraba que la acción social transformadora era un trabajo colectivo. Para Altamira la falta de democracia tiene como consecuencia el atraso, la incultura y la pobreza. El diagnóstico, aunque genérico, parece acertado, el problema básico de la España del 98 es, en primer lugar, que no existe la democracia. Este aspecto debe completarse con el análisis del atraso y la falta de sólida opinión pública que por su atraso sufría el país. Así, pues, España lo que necesita es una profunda Regeneración. Esta Regeneración tiene una primera parte fundamental, decisiva: la moral pública. Para conseguirlo es necesario acabar con el monopolio de la oligarquía y con el sistema caciquil, aislar la corrupción y sanear la vida pública impidiendo que la participación en ella suponga egoísmo y lucro propios y abandono de responsabilidades ante la colectividad.

Las Leyes de Indias -era el máximo especialista en Derecho Indiano- constituían para Altamira «el más alto ejemplo de legislación amparadora y tutelar de los humildes e incultos». Gracias a esta política de protección se consiguieron novedades de orden social casi revolucionarias como fijar la jornada de trabajo o dar un salario a los obreros que convirtieron en pionera a España entre todas las potencias europeas.

Rafael Altamira y Crevea nace en 1866 en Alicante; ciudad en la que pasa sus primeros años y en la que cursa el bachillerato. En julio de 1882 se traslada a Valencia para estudiar Derecho. Realiza el doctorado en Madrid, donde entra en contacto con la Institución Libre de Enseñanza, que marcará sus ideas, sus preocupaciones educativas y su actitud ética. Trabaja en el Museo de Instrucción Primera, más adelante Museo Pedagógico y escribe La enseñanza en la historia, que se publica en 1891. Dirige el periódico republicano La Justicia, y la Revista Crítica de Historia y Literatura Españolas, Portuguesas e Hispanoamericanas. Gana la cátedra de Historia del Derecho Español en la Universidad de Oviedo. Contribuye a la literatura posterior al desastre del 98 con su Psicología del pueblo español y participa en la Extensión Universitaria. Publica y traduce obras, entre las que sobresale la Historia de España y de la civilización española. En 1909 realizó un viaje por casi toda Hispanoamérica de notable repercusión para España y los países visitados y que se encuentra relatado en su libro Mi viaje a América. A su regreso fue nombrado director general de Enseñanza Primaria. Nombrado luego profesor del Instituto Diplomático y Consular en 1914 gana la cátedra de Historia de las Instituciones Políticas y Civiles de América en la Universidad de Madrid.

En la Primera Guerra Mundial trabaja a favor de los aliados y publica La guerra actual y la opinión española. En 1920 es elegido miembro de la Comisión de Juristas encargado por el Consejo de la Sociedad de las Naciones de redactar el anteproyecto del Tribunal de Justicia Internacional y en 1921 es nombrado uno de los nueve jueces primeros titulares del mismo, desde 1921 hasta 1940 en que deja funcionar el Tribunal. Altamira despliega una gran actividad internacional jurídica y pacifista. En 1922 se le nombra académico de la Real Academia de la Historia.

En 1929 comienza la preparación de sus Obras completas en las que se incluyen, además de otras ya citadas, su Historia de la civilización española, el Epítome de historia de España, Cuestiones modernas de historia, De historia y arte, Cuestiones obreras, Giner educador, Ideario político, etc. La guerra y el exilio le impedirán la realización del proyecto.

Con cerca de ochenta años, y tras una odisea en Francia ocupada por los alemanes, Rafael Altamira llega a Estados Unidos, de paso para la ciudad de México, donde se encontraban exiliados sus dos hijas, Pilar y Nela, y sus respectivas familias. Durante la travesía marítima se fracturó la cadera, lo que le obligó a dedicar sus primeros meses de estancia en México a atender su padecimiento.

Altamira dicta cursos en el Colegio de México y en la Universidad Nacional Autónoma de México y participa en actividades del exilio republicano.

La obra de Altamira en sus años de exilio hasta su muerte, tanto en Francia como en México, fue la de completar trabajos ya iniciados años antes, como el Diccionario castellano de palabras jurídicas y técnicas tomadas de la legislación indiana y su estado Análisis de la recopilación de las Leyes de Indias de 1680.México le rindió varios homenajes, que culminaron con el que le rindió el Instituto Panamericano de Geografía e Historia en 1947 al otorgarle el primer premio de Historia de América por la labor que desarrolló durante su vida. Rafael Altamira muere en México en 1951, no sin antes haber sido propuesto para el premio Nobel de la Paz, que no se le pudo conceder por haber muerto un poco antes del fallo del Tribunal.

El proyecto último de Altamira es la consecución de una convivencia de pueblos a través de una educación que fomente el entendimiento, la curiosidad y la educación para la paz y sea capaz de profundizar en una sociedad abierta, participativa y solidaria. «La Universidad debe trabajar por la paz -escribía Altamira-; debe, como representante de las más altas cualidades del espíritu, a la vez que afirmar el sentido racional de la lucha por el derecho, que proclamó Ihering, tratar de suprimir de las relaciones internacionales el sello de barbarie y de rapacidad que aún tiene hoy».






 

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