Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Cuando era un niño mi padre me contó la historia de alguien que va a pedir trabajo, pero no logra obtenerlo; cuando salía de la oficina donde lo entrevistaron se agachó a recoger un alfiler, y con esa actitud logró que su entrevistador cambiara de opinión y le diera el empleo por su gran sentido económico: ¡era Rockefeller! … desde entonces no cojo nada del suelo.

Pero antes de que mi padre me contara eso y durante unas vacaciones en la costa, había conocido a una niña muy especial que también estaba de vacaciones, salimos a caminar y a dejar huellas sobre la arena de la playa, a escuchar el mar dentro de un caracol, hasta que ella empezó a recoger cosas del suelo y a guardarlas en un pequeño bolso que llevaba, era imposible no sentir que los objetos que ella recogía ejercían una extraña fascinación luego de pasar por sus manos. Mientras estaban en el suelo no tenían dueño y no tenían vida; pero ella era experta en darle nuevas tareas a esas cosas y con una facilidad manual las convertía en collares, pulseras, anillos y diademas.

Esa fue mi tarea preferida en esos días de vacaciones, madrugar a recoger cosas de múltiples tamaños, formas, colores y valores. Tenía ante mí un inmenso mundo por descubrir y ante esta idea y esa nueva compañía; empecé entonces a caminar cabizbajo por la playa, en búsqueda de objetos que una vez salvados del anonimato, pasarían a formar parte de nuestro inventario.

Con esa grata compañía me volví un experto en el tema de reutilizar las cosas, de darles un nuevo aire, de revivirlas, era una labor que me deparaba inmensas satisfacciones, me sentía como un paramédico que salvaba de la agonía a un objeto para darle una nueva dimensión, para que ese objeto se encontrara con un destino nuevo y lo afrontara con otros ojos. A los pocos días la niña regresó a su ciudad con su familia y después nosotros también regresamos de las vacaciones, perdí todo contacto con ella.

En las calles del barrio donde vivía y tratando torpemente de imitar las habilidades de la niña de la playa, hice algunos collares y pulseras que aunque no tenían la belleza que ella les imprimía, sí fueron muy bien recibidos dentro de mi grupo de compañeros de juegos. Las niñas querían lucir un collar hecho por mí, los niños querían tener las pulseras y un niño que nunca antes había visto me preguntó si querría enseñarle a hacerlo, era tal mi felicidad que acepté encantado compartir mis nuevas habilidades aprendidas.

Empecé por tratar de enseñarle de donde tomar la materia prima y cómo seleccionar las cosas que se han de recoger del suelo para darles nueva vida, pero aprendía tan lento que yo me la pasaba recogiendo y él solo señalando con el dedo tal cantidad de cosas que me pareció que ni siquiera quería distinguir acerca de que recoger y que no.

Pero esa mirada clavada abajo me empezó a traer problemas, creí que ese niño había confundido mi actitud de buscador que siempre estaba atareado, con la actitud de un títere que podía manipular a su antojo, primero empezó a señalarme objetos y a verme elaborar con ellos pulseras y collares, luego preguntaba que si podía regalarle los nuevos objetos creados y explicarle de nuevo todo el proceso, después ni siquiera me acompañaba a recoger las cosas del suelo aunque estaba presente cuando les daba nueva vida, luego no estaba en nada pero quería que le regalara todo lo que hacía.

Una tarde lo vi cuando regresaba de la escuela, en compañía de una hermosa niña de ojos grandes, así que cuando él fue a buscarme para conseguir uno de mis objetos, le pedí que me presentara a la niña con la que estuvo esa tarde; yo mantenía la cabeza clavada en el suelo buscando objetos así que no observé el gesto de su cara, pensé que no le había agradado mucho la idea pues él se había quedado callado.

Ante su extraño silencio insistí en el tema, y mientras mi mirada había encontrado una hermosa piedra que podría servirme para hacer el collar que le regalaría cuando me la presentara, le dije que yo quería conocer aquella niña que me parecía encantadora; él solo atinó a decir que yo debía ocuparme de seguir buscando cosas en el suelo, ya que necesitaba un precioso collar para regalárselo a ella.

Concluí que me quería utilizar para llevarle una sorpresa a la niña, y que no estaba muy interesado en que ella se enterara de quien era el que le daba vida a los objetos en forma de pulsera o de collar; deduje que su intención era sorprenderla a costa de mi esfuerzo y decidí jugar su mismo juego, así que le dije que listo, que le tendría una sorpresa al día siguiente, y él se fue ilusionado.

La tarde siguiente los ví de nuevo y corrí para alcanzarlos, cuando estaba cerca de ellos, aminoré el paso y lo saludé, el se volteó y caminó hacia mi con gesto de sorpresa, se le veía nervioso y su intención al parecer era que yo no me cruzara con ella, así que me preguntó casi susurrando ¿tienes la pulsera?, claro que la tenía, la había hecho con el mayor de mis esfuerzos y con la mayor ilusión de conocer a aquella niña, pero no se la pensaba entregar a él.

Al tratar de levantar la cabeza para explicarle que el juego había terminado, noté que me era difícil mantenerla erguida y noté también que él estaba asustado de que lo enfrentara, además caí en la cuenta de que era la primera vez que estábamos frente a frente, así que clavé mis ojos en los suyos y entonces él me volvió a preguntar acerca de la pulsera y me dijo que si la tenía, mejor que no se la entregara delante de ella. Se me subió la rabia a la cabeza, y lo miré con furia, su cara parecía la de un animal atrapado, tal vez sabía que la mirada significaba que yo no iba a recolectar mas objetos para él, ni a darles un nuevo uso, ni a regalárselos, así que me dijo que estaba bien si no le regalaba nada, que él conseguiría otra sorpresa para la niña; mi enojo creció y se reflejó en mis ojos, lo miré como un objeto que debía cambiar de uso, supe que ya había pasado de compañero de juego a rival en el amor.

Aunque estábamos frente a frente mi mirada tenía la perspectiva de que yo lo observaba como si él estuviera en el suelo, allí lo quería ver y le di un empujón que lo tumbó, en eso la niña de grandes ojos salió corriendo hacia mí; creí que iba a decirme que lo sabía todo, que estaba esperando que él le regalara la pulsera para reírsele en la cara y decirle que ya sabía que era yo quien las hacía, pensé que iba a decirme que lo dejáramos allí tendido en el suelo y que nos fuéramos a recoger objetos y a darles nueva vida, pero ella me empujó y lo levantó a él, así que intuí que ella aún no lo sabía, que era el momento de explicarle que el regalo sorpresa de la pulsera era una obra mía y que ese niño me iba a suplantar.

Ella no me dio tiempo a decir nada, me miró mientras yo me incorporaba del suelo y me dijo que no me metiera con su hermano si no quería problemas con ella. ¿su hermano? pregunté tontamente; el niño mientras se sacudía la ropa me dijo que ya no quería la pulsera para regalársela de cumpleaños a su hermana, y que tampoco quería volver a verme. Ella por supuesto tampoco quería saber nada de mí y se fueron, dejándome allí en el suelo, con la hermosa pulsera en la mano, queriendo ser un objeto que alguien recogiera y le diera un nuevo uso.

Luego de esa tarde y de mi estúpida presentación, el niño no volvió a ser mi compañero de juegos, ni yo volví a recoger cosas del suelo, pasó mucho tiempo antes de que pudiera recoger del suelo mi estado de ánimo, mi autoestima y mi orgullo.

Si mi padre antes de llevarme de vacaciones a la playa, me hubiera contado la anécdota de Rockefeller y su manía de coger cosas del suelo, me habría ahorrado tener que conocer a esas dos preciosas y enigmáticas niñas, que pasaron rápidamente por mi vida, y que me dejaron el corazón destrozado y tendido en el suelo.
  






 

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