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Ríos de tinta se han escrito y se escribirán con relación a la catástrofe del famoso y desgraciado once de septiembre.

Me imagino que muchos, como me ha ocurrido a mí, habrán vivido un proceso de reflexión a raíz de lo sucedido. En mi caso el proceso duró unos pocos días, pero la toma de conciencia para mí, al final de la asimilación de los impactantes acontecimientos, fue dramática en sí misma.

Al principio no podía dormir por las noches pensando en las familias rotas, en los niños huérfanos, en los que podrían aún estar vivos, terriblemente vivos, bajo la cárcel mortal de toneladas de escombros. El sufrimiento me caló hondo, y lo hice mío. Vi el mundo como un espacio peligroso y corrompido en el que quizás se esté poniendo en juego el futuro de la vida. Con aquellas dos torres inmensas se derrumbaban retazos de esperanza, bloques de amor, vestigios de razón… ¿Se derrumbaba… qué? Ahí empezó el profundo proceso del que os hablo.

La indiferencia se despertaba y me dolía la evidencia punzante del "yo confieso" que me mostraba la cara del mundo, la cara de Occidente y mi propia cara. Seis mil muertos occidentales habían logrado sobrecogerme hasta quitarme el sueño, sin una sola imagen cruenta de muertos, sin una sola gota de sangre mostrada.

El dolor imaginado en la carne de Occidente se volvía mi propio dolor, con una identificación de la que jamás me había percatado.

Yo, que me he considerado durante tanto tiempo ciudadana del mundo, sin más patria que mi propia conciencia, evaluaba míseramente el dolor con baremos distintos cuando los que sufrían eran "los míos". Resulta, muy a mi pesar, que ese pueblo "mío", mi cultura, la gran evolucionada, la desarrollada cultura de Occidente, el "primer mundo", ha pecado, como yo, de la más cruel indiferencia, del egoísmo más despreciable. Nosotros, poseedores de tanta riqueza, del conocimiento y la educación, de los mayores medios y recursos… Vemos como mueren millones de seres humanos en el mundo, sin conmovernos. No quiero ni pensar que sea cierto que se nos pedirá rendir cuentas de nuestros "talentos", como cita el libro sagrado del cristianismo, la religión de nuestro Occidente.

Durante todo el año, durante tantos años, hemos ido viendo imágenes de niños desnutridos, muriendo en la miseria. Hemos visto sus ojos suplicantes, vencidos ante la enfermedad y el desamparo de sus horribles tristezas de infancia… Y hemos continuado con nuestra actividad diaria, al calor de nuestros cómodos hogares inalterados ante el hielo del corazón deshumanizado. El corazón de Occidente. Sigue siendo horrible todo el dolor que sufrió Manhattan el once de septiembre. Sigue siendo sobrecogedor pensar en tantas familias rotas… Un acto terrorista de ese calibre sólo pueden llevarlo a cabo fanáticos con ideas monstruosas; enemigos de la vida. Pero que esta catástrofe que nos ha ocurrido a "nosotros", la pérdida de esas seis mil vidas que tanto nos duelen, nos han hagan recordar que aquel mismo día, en el mundo morían treinta y cinco mil niños…Que al menos todo esto nos sirva para darnos cuenta del mundo que hemos creado, de la injusticia que estamos permitiendo, de toda la miseria que estamos ignorando, y de todo el dolor que no hemos querido que nos duela.

Porque si no, si seguimos levantando estandartes de orgullo y de poder, el egoísmo acabará condenando este mundo, que es de todos y en el que debería haber para todos.







 

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