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Hay mucha gente que cuando viaja le encanta conversar con la primera persona que se pone a su lado y sin ningún pudor cuentan su vida y milagros sin percatarse del poco interés que esto puede suponer para la persona que les escucha. A mí me pasa todo lo contrario, cuando viajo lo único que deseo es concentrarme en mis pensamientos, recordar lo que dejé atrás y rememorar todo lo vivido. Que una persona desconocida a la que nunca más volveré a ver invada mi tranquilidad y mi silencio es algo que me disgusta enormemente. Y sin embargo en este último viaje me ocurrió algo inesperado e imprevisible que me hizo cambiar mi modo de pensar. Me ocurrió este extraño suceso en la sala de espera del vuelo Sevilla-Ginebra.

Mientras daban la señal de salida me abstraí de nuevo en todo lo que acababa de dejar. Un señor de mediana edad y con una extraña vestimenta se sentó a mi lado y sin presentación previa me dijo que se llamaba Siddarta Gautama, o algo así, y a continuación y con acento extranjero me preciso que no era ningún charlatán, sino un mensajero del Dalai Lama. «La misión mía es la de transmitir con toda humildad las enseñanzas de nuestro modo de vida y ayudar a mi prójimo de sus problemas cotidianos y sus inquietudes, de la desmoralización humana que invade nuestro planeta y cada día se hace más profunda e intolerable...» A punto de despegar me vi de nuevo al lado de esta persona que me inspiraba paz y confianza y una vez en el aire le oí decir con acento grave y persuasivo. «Soy feliz al haber elegido este modo de vida. El budismo es simplemente una filosofía, una tradición que nos enseña a vivir con toda simplicidad. El materialismo no tiene cabida en nuestra existencia, rechazamos la avidez y la codicia que solo sirve para envenenarnos y empobrecer nuestra corta existencia. El Budismo tiene infinidad de adeptos en la India, Tíbet y parte de Asia donde comenzó hace más de 2.500 años y fluye cada vez más por su doctrina humanista en la que se consagra mucho tiempo a meditar sobre el sufrimiento humano. Nuestra disciplina es enorme y sobre todas las cosas, tratamos de separarnos de los bienes material y de todo arraigo que pueda hacernos olvidar que todo lo que poseemos se quedará aquí. No hay más que el presente. No tenemos nada que esperar después de la muerte. Nosotros somos responsables de nuestros actos basados en la tolerancia que nos desculpabiliza de nuestros errores y nos ayuda en la búsqueda de nosotros mismos.»

Un viaje tan aleccionador y constructivo me hizo pensar que de otras culturas y creencias siempre tenemos algo que aprender y nunca debemos rechazar la palabra de aquel que quiere transmitirnos su mensaje repleto de sabiduría, serenidad y paz interior.




 

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