Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Pues qué quieren que les diga. Las bodas, aunque pueda sorprenderles, no me gustan. Sí, ya sé que son festivas, alegres, que en ellas vemos y charlamos con lindas señoras elegantemente vestidas o semidesnudas luciendo sugestivos escotes, ceñidos vestidos y vaporosos chales. Todo eso lo sé y lo disfrutan mis ojos, pero tienen las bodas otros riesgos o incomodidades que luego comentaré. Cuando era pequeño, un chaval, disfrutaba en las fiestas de cumpleaños de primitos o compañeros de clase y cada una de las invitaciones que recibía para asistir era, para mí, un motivo de alegría y nerviosismo. Luego, años más tarde, llegaron las comuniones, después las bodas de mis amigos y la mía propia. Los bautizos de mis hijos y sobrinos y otra vez las comuniones de aquellos que nos seguían, generacionalmente hablando. Por entonces crecía en edad, he acumulado años y poco a poco, con ello, voy soportando peor los compromisos sociales. Ahora, cuando ya peino canas en mi escaso cabello, le llega el turno a las bodas de los hijos de nuestros amigos, de la contable de la oficina, de la hija de la mujer de la limpieza que lleva veinte años en casa y otras muchas a las que somos invitados por afinidades semejantes y se da la circunstancia de que las bodas actuales difieren mucho de aquellas otras en las que hace veinte años me divertía.

Ahora, más que entonces, las bodas se organizan para los novios (antes se invitaba a los compromisos de los padres y apenas acudían media docena de jóvenes muy íntimos y allegados de los nuevos esposos). Resulta, pues, que en las bodas me siento congregado por compromiso, ubicado en una mesa en la que normalmente no conozco a nadie, conversando, fríamente, de banalidades y deseando que comience el baile para marcarme un vals con mi mujer, luego el pasodoble, que siempre espero con ilusión y, sin dejar pasar muchos minutos más, buscar a quienes nos invitaron para despedirme y justificar, ante su insistencia para que nos quedemos, los motivos que nos hacen abandonar la fiesta en hora tan temprana, cuando en realidad la hora no es temprana pues si nos ponemos a contar desde que nos acicalamos en casa, la ceremonia religiosa en una bella ermita situada a decenas de kilómetros de la ciudad, el desplazamiento hasta el precioso castillo, también a unos cuantos kilómetros de la ermita, las dos horas que pasamos de pie durante el aperitivo, sosteniendo en la mano la copa vacía y diciendo "no gracias" a los camareros cuando nos ofrecen, una tras otra, las bandejas de croquetas, fritos y virutas de jamón. Sumemos también las tres largas horas de la cena, con entrega de muñequitos incluida entre los asistentes más jóvenes, mientras los novios deambulan sorteando mesas al compás de una música actual pero insoportablemente estridente. Sumémoslo todo y verán que la hora, a la que suelo marcharme, nunca es temprana.

Y lo peor de todo aún no lo he dicho. Lo peor de todo es que la invitación llega con una antelación pasmosa para que nos dé tiempo de apuntarlo, de tenerlo en cuenta, de posponer o anular cualquier otro acontecimiento, incluso profesional, por muy importante que sea y claro, esta antelación me niega la posibilidad de aducir motivos para no asistir a tan fausto acontecimiento que, en realidad, es lo que me gustaría.

Los entierros son otra cosa.

Surgen de improviso, sin premeditación ni intención por parte del finado, y no se cursan invitaciones, lo que nos permite, si interesase, hacernos los "longuis".

A los entierros sí me gusta asistir. Voy libremente sólo a aquellos en los que el protagonista o sus allegados me interesan por motivos exclusivamente afectivos. Voy a los entierros de aquellos a los que quiero o quise y no me importa que se trastoque, en minutos, toda mi agenda. No me importa conducir toda la noche durante largas horas para recorrer cientos de kilómetros, si fuese preciso, y llegar a tiempo para entrar en la iglesia, rezar por el muerto y abrazar sinceramente y con todas mis fuerzas a los que sufren por el acontecimiento.

Así que, ya lo saben, no me inviten a sus bodas y prometo acudir a sus entierros.





 

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