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Ambrosio Spínola, jefe del Ejército de los Países Bajos que en 1604 hizo capitular a la ciudad marítima de Ostende, ocuparía en 1625 la que parecía inexpugnable ciudad holandesa de Breda e inmortalizaría el insuperable pincel de Velázquez, en el archiconocido cuadro de «Las Lanzas». Iniciaría su carrera militar combatiendo en la mar, pero impresionado por el aciago final de su hermano, pasó a combatir en tierra, con lo que la Marina perdió un buen almirante, pero el ejército ganó a uno de sus mejores generales.

Quevedo dedicó al almirante genovés Federico Spínola este soneto:

Blandamente descansen, caminante,
Debajo de estos mármoles helados,
Los huesos, en cenizas desatados,
Del Marte genovés siempre triunfante.

No lo pises, no pases adelante,
Que es profanar despojos respetados.
Cuando no de la muerte, de los hados,
Que obligan a la fama que los cante.

El rayo artificioso de la guerra,
Emula de virtud la diestra airada,
En esta piedra a Federico encierra;

Que la muerte en el plomo disfrazada;
No se la puede dar, en mar ni tierra,
Sin favor de su mano y de su espada.

Admiró a todos los combatientes de esta campaña la bravura y serenidad del Duque, de las que sus superiores dieron cuenta al general jefe Ambrosio Spínola, que aunque afligido por la perdida de su hermano, transmitió la noticia al Archiduque de Flandes, quien envió expresamente a un gentilhombre para felicitar a Don Pedro por su primera acción de guerra acaecida en el mar.

Después partió al sitio de Grave, al mando de una fuerza de infantería. Su primera acción fue atacar a las tropas del conde Mauricio de Nassau con un arrojo calificado de temerario, perdiendo treinta hombres y el caballo que montaba y recibiendo en una pierna herida de mosquete, que sin ser grave por no tocar el hueso, le retuvo un mes inmóvil en cama, y que le haría sufrir el resto de su vida.

Ya restablecido, en 1604 marchó a Londres para conocer la capital y todo lo concerniente a las campañas marítimas que le interesaban no menos que las terrestres.

Dedicada al Archiduque Alberto de Flandes escribió «Memoria de la Campaña de 1605», en la que comentaba las operaciones y los recursos desplegados tanto por Spínola como por su enemigo el conde Mauricio; capitanes ambos sobresalientes del arte de la guerra.

En una acción en que atacaba el Duque con las fuerzas a su mando la plaza de Grool el año 1.606, una bala le arrancó el dedo pulgar de la mano derecha.

Acabada la campaña de 1606 con tanta gloria, y sentados los preliminares de la tregua con los holandeses, aprovechó la ocasión para visitar este país para él muy interesante por ser esencialmente marítimo. Al regreso solicitó de los archiduques licencia para volver a España. Por las acciones bélicas en las que dejó bien demostradas su capacidad y bravura, tras el asalto a Grool se le concedió el Toisón de Oro.

Ya en Madrid, el Rey lo recibió en audiencia privada pidiéndole que reunido ante su persona el Consejo, diera cuenta del estado en que quedaba Flandes, con su opinión personal de las consecuencias de la tregua.

Con su natural elocuencia y soltura disertó durante dos horas y sin descender a pormenores de estado, acciones bélicas y hacienda, expresándose con claridad, método y precisión, sin alardes de diplomático ni pretensiones -según frase suya- «de embellecer con adornos la palabra, que es uno de los mayores males que afligen a España».

Impresionado el Consejo con su flamante oratoria, se le anunció que había sido nombrado por el Rey Gentilhombre de Cámara con plaza en el Consejo de Portugal, lo que le valió que en adelante se le pidiese parecer en todos los asuntos relacionados con Flandes, especialmente de la tregua definitiva con Holanda.

Un entretenimiento que puede parecer pueril consumía entonces parte de la actividad del Duque. Se ejercitaba en el manejo de la pluma y de la espada, para dar mayor actividad a la mano mutilada, logrando con paciencia y práctica continua, vencer en buena parte las dificultades, alcanzando hasta ser diestro en el manejo de la pistola.

El decreto de expulsión de los moriscos ocasionó al Duque serios disgustos, por ser el único sostenedor en el Consejo de la inconveniencia de las medidas adoptadas sobre el asunto y que coincidían con la opinión general.

Por aquel entonces preocupaba la situación de Sicilia. En un período de treinta años los turcos habían efectuado mas de ochenta desembarcos en puntos distintos de sus costas, y realizado varios saqueos. El Duque en uno de sus arranques de oratoria, se atrevió a decir que el Rey no tenía de la soberanía de la isla más que el título, disfrutando el usufructo de los corsarios turcos y que mantenía un representante gacetero de la corte para avisar los desembarcos, incendio de ciudades y asaltos de castillos.

En la corte no sonaban bien los acentos de la verdad. Sin embargo el hecho indiscutible es que se acordó designar al Duque como Virrey de Sicilia, cuyo nombramiento recibió el 18 de septiembre de 1606. La primera medida que tomó Don Pedro al recibir el nombramiento, fue la de solicitar el detenido examen de las memorias de los virreyes desde veinte años atrás, junto con cualquier otro documento de archivo que estimase digno de estudio, mandando en consecuencia sacar copias o extractos de los que apartaba, que en limpio resultaron seis resmas de papel.

Deseoso de quedar bien documentado, preguntó además a tres personajes que residían en Madrid y conocían bien la situación administrativa de la isla, para que le diesen noticias verbales y particulares. Se procuró además cuantos libros tratasen del carácter y costumbres de los sicilianos. Se informó de estadísticas, producción, riquezas, puertos, estados de las fortificaciones, etc. Debido al continuo malestar que existía en la isla, obtuvo no sin dificultad poderes extraordinarios extensivos a la revisión de causas criminales y promesa de una buena escuadra de galeras; lo que con más insistencia y razón reclamaba.

Salió de Madrid para embarcar en las galeras en Barcelona. La escuadra de galeras se hallaba en Cartagena, pero en tan deficiente estado, que no la esperó y embarcó en Nápoles, haciendo escala en Marsella, Villafranca y Génova, entreteniéndose durante la travesía con la lectura de manuscritos relativos a su nuevo destino. Agasajado en todos los puertos en que efectuaba escala, llegó a Nilazzo el 9 de marzo de 1611.


Virrey de Sicilia

Entró el Duque en Palermo con el aparato y ceremonial que realzaba la autoridad de los virreyes; las calles adornadas de colgaduras, formadas la tropas, reunidos en brillante comitiva los señores de la isla, y el pueblo en la carrera gozando del ambiente festivo y de lo vistoso del espectáculo. Tres días duraron las fiestas, con bailes y funciones populares. Terminados los festejos apareció un bando con ocho artículos, por los que la nueva autoridad ponía en conocimiento del público, que informado el Rey de los homicidios, robos y escándalos que tenían atemorizado al pueblo, le había encargado administrar justicia, con revisión de las causas y procesos que lo requiriesen, estando dispuesto a cumplir con exquisito celo el Real mandato sobre las ordenanzas y anunciaba el mayor rigor con los que diesen protección a los delincuentes; reformar el abuso del derecho de asilo en lugar sagrado; el severo castigo del portador de armas cortas blancas o de fuego, que desde aquel momento quedaban nuevamente prohibidas, así como su predisposición a usar clemencia con los criminales que en el termino de ocho días se presentasen voluntariamente a las autoridades.

Para apreciar el contenido del edicto es preciso conocer que la isla de Sicilia, venía de muy atrás siendo campo franco en que hacían vida a su gusto los truhanes de toda Italia y aún de muchos lugares de Europa. El carácter inquieto de los isleños, los rencores y libertades, y mas que nada la impunidad de que hasta entonces se había gozado, daban a Sicilia la fama de cueva de bandido.

Los más encumbrados señores tenían a sueldo cuadrillas de matones, utilizados más que en propia defensa, en satisfacer agravios y venganzas, amparando los crímenes que se cometían. Todos se hallaban armados y no pasaba día sin encuentro, ni noche sin asalto.

Como del bando se burlaron e hicieron caso omiso algunos poderosos que no tenían más ley que su propia voluntad, dispuso algunos escarmientos que hicieron variar de manera del pensar y de actuar a muchos.

Un ejemplar castigo enseñó al pueblo como se practicaba justicia: Dos nobles fueron ejecutados en la plaza pública por ocultar a unos homicidas. Siete asesinos, ladrones e incendiarios pasaron a la horca y doce convictos de delitos menores fueron enviados a galeras.

Bajo estas normas visitó el Duque las poblaciones, puertos y fuertes de la isla, examinando las necesidades y oyendo a los que pedían justicia. Puso especial atención en el litoral, a cuyas fortificaciones dotó de defensa artillera y municiones. Se mostró severo con los gobernadores que tenían descuidadas sus obligaciones. Montó fábricas, abasteció almacenes y arsenales con toda clase de pertrechos, preparándose del modo mas eficaz para recibir a la armada turca que, según informes recibidos, bajaría próximamente a Calabria y Sicilia.

En cuanto a las galeras, defensa principal del reino, contaba con nueve, que, llegaron de Barcelona a Nápoles al mando de Octavio de Aragón. No traían víveres ni pertrechos y si una exigua tripulación. Hubo que dejar tres desarmadas, no pudiendo zarpar para Sicilia. Por ello decidió preparar la formación de una escuadra, construyendo gradas, trayendo de Génova personal de maestranza y sentando las quillas de galeras y galeones. Buscó capitanes de mar de sólida preparación, sin tener muy en cuenta la nacionalidad ni el sueldo.

Llegaba el momento acariciado desde su juventud: En menos de un año de gobierno había limpiado su territorio de malhechores; su autoridad era temida y respetada; los tribunales enaltecidos; su persona, considerada como íntegra y justiciera, apreciado por todas las clases sociales que conocían su rectitud y afabilidad. Daba audiencia a la gente común, complaciéndose en juzgar en público asuntos de escasa cuantía, usando la clemencia y la gracia cuando no perjudicaba a la ley y al derecho.


(Continúa el próximo número)







 

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