Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Estoy segura de que muchos fuimos presa del pánico cuando, recién comidos –especifico el momento por la mala digestión que tuvimos ese día-, escuchábamos que un tercer avión suicida hacía blanco en el Pentágono estadounidense. Era el colmo de la desfachatez ante los todopoderosos de nuestro siglo. En ese momento, también debimos ser muchos los que, catastróficamente, vaticinamos la tercera guerra mundial, previendo que los ataques no dejarían de sucederse. Afortunadamente, por decirlo de alguna manera, los artefactos dejaron de caer del cielo para hacernos conscientes del panorama desolador que habían dejado en la tierra. Una masacre de ese calibre sólo puede ser concebida por unas mentes enfermizas que alimentan el más rotundo desprecio a la vida, a esa única vida cuya existencia conocemos a ciencia cierta y a la que todos los profetas de nuestra historia tienden a adornar de bondades para que transcurra más placenteramente. Para ellos es tiempo de pensar en una "guerra-santa", como si esos conceptos hubieran podido ser concebidos juntos alguna vez por alguna cabeza-medio santa siquiera. Pero no son ellos los únicos malvados de la historia, pues los que ahora han sido salvajemente ultrajados fueron los que en otro tiempo estuvieron a favor del asentamiento de un régimen político que siembra el fanatismo en su pueblo y que tanto ha maltratado a la mujer. Entonces, se trataba de ir contra su, en otros tiempos, gran enemigo –estrategias de la guerra-fría-, ahora, el horror se ha colado en su propia casa. Y si la muerte y la destrucción no tienen el espanto en su propia palabra, los ciudadanos de todo el mundo fuimos golpeados durante largas horas, e incluso días, con las imágenes del desastre en nuestra televisión. Es su misión, informar... y remover nuestra conciencia manipulando, que también es su cometido, la semilla del odio en nuestro interior para hacernos ver necesaria una intervención militar contra un pueblo que malvive preso del hambre y de un fanatismo opresor. Bush no ha podido ser contenido más y ha sucumbido a los inhumanos deseos de sus patriotas pidiendo venganza. Y digo "inhumanos" no sólo por decir lo que siempre se dice de los deseos bélicos, sino porque habría que considerar, verdaderamente, que la humanidad en el hombre se hace y no se nace con ella, y se hace cultivando esos valores de los que un mundo en donde tres cuartas partes de sus pobladores pasan hambre carece. Dominados por el "Don Dinero" permitimos tal desigualdad en el mundo que, sin quererlo, avivamos la hostilidad del pobre hacia el rico y ponemos en sus manos el armamento necesario en un sucio negocio que se vuelve contra nosotros. ¿Y quiere alguien que hablemos de humanidad? ¿No será de la que hay que sembrar en el hombre? Todos aliados justamente contra el terrorismo que hizo temblar a los americanos. ¿No es un terrorismo también, aunque solapado, el que mueran de hambre cada día tantos niños y mayores mientras el primer mundo malgasta su dinero? Bueno... pues no iba por ahí mi discurso, pero se pone una a charlar..., o a escribir, que es lo mismo aunque haciendo una llamada a esa humanidad que todos llevamos escondida en algún rinconcito de nuestro ser y a la que es necesario despertar. Quería yo hacerles partícipes de ese nuevo sentimiento que ha asomado en los corazones de los que no viajan por temor a los aviones, o a cualquier aparato con ruedas, o de los que no dicen "esta boca es mía" para no levantar una posible mano ofensora contra él. ¡Señores, que a la vista de los acontecimientos que nos sacuden en las últimas semanas, "aquí no se salva ni Dios"!. Pasados unos días de este lamentable suceso, una explosión en una fábrica de fertilizantes químicos en Toulouse, Francia, hacía sospechar de otra posible maniobra cavilada por la malsana mente de algún grupo terrorista; sin abandonar ninguna conjetura, en ese caso parece que sí se trató de un fallo en la seguridad de una factoría que era como una bomba colocada cerca de zonas habitadas. Pero nuestros recelos no quedaron ahí. El pasado 27 de septiembre un ciudadano suizo cometió un asesinato múltiple en el Parlamento cantonal de Zug como medida de protesta ante el rechazo de un recurso que tenía interpuesto en esta Cámara. El desalmado no sólo no sintió respeto por su vida, sino que tampoco por la de 14 personas que trabajaban en aquel infortunado lugar. Las noticias se hacían eco del alto nivel de seguridad que se respira en este cantón sueco. Y las últimas semanas todos los medios nos angustian los días con la aterradora idea de la ya incipiente guerra bacteriológica. Sólo hay que recoger la correspondencia, o trabajar con ella, para ser afectado por las diminutas partículas de lo que puede ser un mortal veneno llamado Ántrax.

A la vista de estos macabros sucesos, no podemos dejar de sentir cierto espanto ante la incertidumbre que amenaza nuestra existencia en la época de las altas tecnologías que velan por el ciudadano de occidente. ¿Y todavía van a querer escudos antimisiles para proteger su territorio contra sus enemigos?

Los adversarios están entre nosotros, conviviendo en este sistema que propugna la desigualdad, alimentando odios y recelos. La solución no está en sofisticadas medidas de seguridad ante seres con un nulo amor por sus personas; más bien habría que pensar en un régimen mundial más equitativo que impulsara el estado del bienestar en todas las sociedades. Siempre habrá ricos y pobres, pero no algunos sentados ante opulentos manjares mientras otros mueren sin un pan que llevarse a la boca. Y... más preocupación por la educación y el bienestar de nuestro espíritu, que preocupados sólo por el aspecto material estamos criando una raza de enfermos mentales sin consideración hacia sus vidas y, lo que es peor, hacia la de los demás.






 

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