Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Esta sencilla historia va dedicada a las señoras casadas veteranas, ya que las jóvenes de hoy quizás la encuentren trasnochada, aunque no descarto la posibilidad, pese a los tan «cacareados» derechos de igualdad que actualmente creemos tener, que existan hombres como el protagonista de mi relato, ya que el machismo exacerbado, para nuestra desgracia, aún perdura en algunos «sujetos» que permanecen «anclados en el tiempo», pienso que tal vez ello se deba a motivos genéticos. Comienzo la historia:

La Sra. Manuela pesaba en «canal» unos ciento treinta kilos, aunque afirma que, cuando se casó hace ya algunos años, era extremadamente delgada, pero posiblemente las frustraciones con las que tuvo que enfrentarse la hizo refugiarse en la COMIDA como único consuelo. Me asegura que se había metido, por consejos de amigas, a distintos regímenes alimentarios, siendo al final asidua paciente de un prestigioso endocrino, aunque lamentablemente sin resultados positivos; pero, he aquí que ¡al fin! encontró la fórmula en su propia casa. Estén atentas a la sabia receta que generosamente nos brinda, por si alguna lectora la toma en consideración: «amigas, si queréis perder las grasas, ¡tengan al marido en casa!» Os puedo asegurar que, desde que mi marido está jubilado, mi robusta imagen está francamente mejorando, y mis dos perritas todavía muy gordas, estoy convencida que dentro de muy poco serán una sombra..., porque las normas que se traza el jubilado son de lo más estrictas. En todo nos quiere achicar la ración. Si vieran ustedes el placer que experimenta el «dictador» cuando me dice con la energía que lo caracteriza: «¡hay que comer menos!, con ello gozaremos todos de mejor salud y pondremos valla al colesterol». Y yo, que tampoco soy muda, le contesto: sí, tienes toda la razón, y también habrá más dinero para el ataúd, ¿no? Sin querer reparar en mi observación, me pregunta: por cierto, ¿qué comemos hoy?, le respondo: potaje, pero ¿sin aceite como te ordené? Chiquillo, tan sólo dos gotas y un chorizo tan pequeño, tan pequeño, que apenas se ve. Furioso me replica: ¡de chorizo nada! Tratando de convencerlo dulcifico la voz y le digo: mira, Pepe, tú te llevas el gusto, yo me como solamente la puntita, el resto lo guardo y las pobres perras se comen la guita. Él, ya más sosegado, me dice: bueno, si es así, conforme, pero no te olvides ni por un momento de lo que me tiene prohibido el doctor, entérate bien, Manuela, ¡ni pizca de sal!, la sal es veneno para el corazón. Y mira por dónde, en ese preciso momento la publicidad de la radio local decía: «radio la Isla, la radio con sal». Al oír esto me grita con marcada indignación, ¡¡apaga esa radiooo!!, qué provocación, digo, poner en mi casa la radio con sal para que me suba también la tensión. Hija, qué poca cabeza te dio tu madre. Intento evadirme de su presencia para no contestarle, pero el «dictador» me para en seco con un estentóreo grito. ¡A mí nadie me deja con la palabra en la boca!, así que no te vayas, que otra cosita quiero censurarte. Vamos a ver, ¿por qué gastas tanto papel en el water?, todos los días observo este derroche y comprenderás, Manuela, que esto hay que suprimirlo, porque ya sabes que en mi jubilación pierdo casi treinta mil; yo, con un trocito de papel me cubro el dedito y tengo bastante -sí, claro, y después las huellas las dejas marcadas en tus calzoncillos y esas, naturalmente, son ¡para mí! Con esta verdad logro que se suavice un poco, aunque no consigo callarlo, y en su serie de críticas me reprocha precisamente algo que sin poder remediarlo es mi punto débil, por lo que me reprende: -y sobre todo el teléfono, te tengo dicho montones de veces que sólo las llamadas estrictas y urgentes, vamos, que no lo utilices sólo para distraerte; cuando lo hagas, que sea por verdadera necesidad, y, por supuesto, sólo dos o tres minutos, no hay por qué hablar más, cuando ellos te llamen, entonces aprovechas, le largas el rollo en prosa o poemas, eso me da igual. En fin, estas son las normas, y no admito protestas, así que no hablemos más, ahorra tu energía ¡para trabajar!, que es para lo que habéis venido al mundo las mujeres...

Me quedé de piedra, así que haciendo mutis me fui a la cocina, cogí la fregona, y con el coraje de siete leonas, escamondé el suelo fingiendo hipócritamente humildad, y cuando estoy «retorciendo» el palo en el cubo, no puedo evitar el hacerme la ilusión que es algún «pescuezo»..., y es entonces, verdaderamente entonces, cuando siento en lo más profundo de mi ser una gran nostalgia, ¡por mi LIBERTAD!

Hoy he querido bromear con algo tan serio como el problema de Manuela, en el que muchas -qué duda cabe- se verán inmersas, aunque no dejo de reconocer que en el fondo es pura broma, exageraciones de esta tierra «BLANCA Y VERDE», radiante, pletórica, cálida y alegre; única en el mundo como es, ¡nuestra ANDALUCÍA!,

...exageraciones,
que a veces se vuelcan
en el compañero;
pero el día que uno
de los dos emprenda
el largo viaje
hacia el triste «exilio»
donde no hay regreso,
entonces la pena
nos traspasa el alma,
entonces, la pena,
¡no tiene consuelo!







 

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