Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Lejos de mi casa, pero cerca de mi escuela de barrio, había una gran zona verde llena de árboles de guayabas y naranjas; allí pasé muchas tardes de mi niñez en compañía de mis amigos de barrio, contando historias, elevando cometas, jugando al escondite, al seguimiento, y trepando a los árboles para coger guayabas y naranjas.

Recuerdo esas maravillosas tardes rodeado de árboles y de amigos; extraño las veces que estuvimos sentados sobre la hierba escuchando las historias llenas de espantos, brujas y hombres sin cabeza que le gustaba narrar a Diego, cuantas veces salimos de allí corriendo al escuchar un sonido que creíamos era de una de las brujas que se había salido del cuento y nos empezaba a perseguir para capturarnos y hacer de nosotros unos hombres sin cabeza; allí aprendimos lo importante que era estar atento a todo lo que ocurría y por supuesto, lo importante que era saber correr a gran velocidad.

Siempre terminaban así las historias de nuestro amigo, cada uno tomaba su maleta de la escuela y salía huyendo de las brujas, nos escurríamos ágilmente por entre los árboles y salíamos de nuevo a la calle a reírnos de las brujas que no nos alcanzaron y a bromear con los amigos que corrían con menor velocidad; aunque no siempre el que más corría se salvaba de nuestras bromas, pues varias veces sucedió que el que llegaba primero a la calle había dejado olvidada su maleta por el afán de huir de las brujas y debía entonces decidir si devolverse y enfrentar a las brujas o quedarse y enfrentar nuestras bromas.

Los días que hacía mucho viento nuestras madres nos ponían a elegir entre ponernos el saco o quedarnos en casa; como nos encantaba salir a elevar cometas con los amigos, pues nos encontrábamos todos en la escuela luciendo los sacos y llevando en la mano las más vistosas cometas y nos íbamos para el mismo sitio donde antes estaban las brujas; ese día nadie hablaba de ellas ni tampoco salíamos huyendo, al parecer sus madres también les daban a elegir y ellas preferían no ponerse los sacos.

Sin brujas de por medio y con mucho viento a favor, volaban nuestras cometas pidiendo cada vez mas cuerda para cruzar el cielo; cuando alguno de los amigos se demoraba mas de la cuenta para lanzarla al aire o en un descuido enredaba la cuerda de otra, se convertía en el blanco de todas las bromas, recuerdo que un día le estábamos haciendo bromas a un amigo que había llevado la cometa más grande y colorida de todas pero no había podido elevarla, en su desespero por hacerlo salió corriendo y por no mirar el suelo se tropezó con algo y se cayó al suelo, lo que hizo que todos nos riéramos aun mas de su desgracia, pero él levantó el objeto con el que se había tropezado y entonces empezamos a burlarnos de Diego, pues se trataba de la maleta que él en su carrera de las brujas había dejado allí tirada la tarde anterior.

Otros días convertíamos esa gran zona en un fabuloso escondite, hacíamos una rueda y cantábamos alguna canción mientras íbamos señalando con el dedo, aquel a quien le terminara la canción mientras era señalado, pasaba a ser el encargado de buscarnos; se paraba frente a un árbol y empezaba a contar hasta diez y nosotros a su espalda corríamos a escondernos por todo el lugar. Diego era muy hábil en el juego, no tanto para esconderse como para elegir quien debería ser el encargado de buscarnos, pues él empezaba siempre la canción e iba señalando, así que siempre dejaba al niño que le caía mal, al mas nuevo en el grupo o al mas tonto para que nos buscara.

Mi escondite favorito era encima de un naranjo cerca del tronco donde estaba el niño contando, o detrás de un árbol de guayabas desde donde pudiera ver los movimientos de quien nos buscaba; cuando él se alejaba lo suficiente tratando de encontrarnos y ante el menor descuido, salía rápidamente de mi escondite y corría hacia el árbol donde había contado y gritaba, “libertad para mí”, lo que hacía que se debiera esforzar aún mas en buscar el resto de amigos, pues de no encontrarlos o de encontrarlos y no correr rápido hacia el árbol a gritar a “un, dos, tres por fulanito”, se la pasaría toda la tarde viendo como nos escondíamos mientras él hacía el peor papel del juego, el encargado de buscar.

Cuando jugábamos seguimiento había que esforzarse el doble, pues no solo se trataba de hacer a la perfección cada uno de los movimientos y piruetas que hacía el líder del grupo, sino de evitar que te patearan en las últimas letras de la palabra artículo, si no eras capaz de lograrlo; claro que en este como en los otros juegos había un secreto para poderlo disfrutar sin salir muy golpeado, consistía en hacerse muy amigo de Diego pues era él quien “calificaba” el desempeño de los seguidores y era él quien empezaba la serie de patadas en las nalgas de los que perdían.

Pararse debajo de un árbol y saltar hasta coger una rama específica, lograba que el mas pequeño obtuviera su buena serie de patadas, correr rápidamente desde un lugar hasta otro tenía siempre como perdedor al mas torpe del grupo; Diego se sabía cada una de las debilidades de los compañeros de juego, así que le era muy fácil escoger quien seria el próximo en ser pateado en donde la espalda cambia de nombre; pero una vez su seguimiento fue tan complejo que ninguno de nosotros lo pudo seguir en sus piruetas, era tan obvio que ni siquiera pudo seleccionar a su antojo quienes sí habían pasado la prueba y quienes no (como en otras oportunidades), así que se las arregló para golpear a unos con tanta fuerza y a otros tan suavemente que para saber si alguien estaba entre el grupo de los preferidos de Diego no era sino mirar si caminaba sin problema o si cojeaba por el dolor después de la patada.

No siempre los árboles tenían frutos, pero en cada oportunidad nos subíamos a coger naranjas que servían unas para calmar la sed y otras como misiles para tumbar las demás que estaban fuera de nuestro alcance; yo creo que de este ejercicio de tumbar naranjas con naranjas Diego obtuvo su certera puntería, muy famosa en el barrio pues todos lo culpaban cuando aparecían ventanas y bombillas rotas.

El árbol de guayabas era el mas sencillo de trepar, pero había que estar muy atento a las hormigas que subían y bajaban por su tronco, pues si permanecías mucho tiempo allí trepado, llenaban tus brazos y piernas con muchas ronchas, una vez Diego estuvo allí durante mas de quince minutos, expuesto a la picazón de las hormigas y nos gritaba que solo le hacían cosquillas, cuando lo logramos hacer bajar y lo acompañamos a su casa, su madre se asustó mucho al verlo así y nos preguntó si lo habían atacado las abejas y él dijo que se había caído accidentalmente en un hormiguero.

Cada vez que podía, él nos hablaba de que en realidad solo sentía cosquillas y que si alguien quería ser su verdadero amigo, debía demostrar que era capaz de hacer lo mismo; de esta manera surgió una especie de prueba de iniciación que llamamos la prueba de las cosquillas, que consistía en quitarse la camiseta, bajarse la pantaloneta y sentarse sobre un hormiguero.

Un día llegaron a la casa de Diego unos visitantes muy elegantes, en un hermoso auto, el padre de Diego corría de un lado a otro, tratando de complacerlos en todo, aunque la noche anterior le habíamos oído decir que su cuñado ( y jefe ) era un ser déspota y arbitrario.

Diego me invitó para que jugáramos con su primo, que era un niño vestido de marinero, el niño resultó ser como su papá, era un mal compañero de juego, exigía que jugáramos lo que él quería, las reglas se las inventaba él y siempre le convenían, si le ganábamos en el juego, su argumento era subir el tono de voz y gritar que le estábamos haciendo trampa, si tomabas un juguete y luego él se antojaba de tenerlo, debías dárselo, de lo contrario se ponía a llorar y cuando venían sus padres les decía que se lo habías arrebatado y lo habías golpeado; aunque ganas no me faltaron de pegarle su buen empujón, no lo hice esperando que Diego se encargara del asunto, ya que era experto en esos menesteres; pero si la actitud grosera y egocéntrica del primo me sorprendía, la actitud de Diego me asombraba... no entendía como podía tolerar a ese caramargado en su vestido de marinero sin decirle nada.

Unos amigos llegaron a la casa de Diego y nos invitaron a salir para jugar al escondite, era nuestra oportunidad de huir de la compañía de ese tirano, pero a Diego se le ocurrió la genial idea de invitarlo, yo lo miré con cara de disgusto pero él me guiñó un ojo y me dijo que su primo no era tan malo y que pronto cambiará si se sentía parte del grupo; yo de inmediato pensé en el ritual de iniciación en el grupo y en los gritos que daría cuando lo sentáramos sin su vestidito de marinero sobre el hormiguero; así que con una mirada pícara y una amplia sonrisa le dije que claro, que ya veríamos como cambiaba de actitud.

El primo marinero iba feliz creyéndose miembro de la tripulación (no sabía lo que le esperaba) y mientras íbamos camino hacia la zona verde, empezamos el juego del seguimiento, obviamente Diego iba de primero y empezó a correr, el primo llegó de último y ya todos sabíamos cual era el precio a pagar.

El no aceptó que había llegado de último y empezó a darnos instrucciones en su particular estilo: nos miró como si se estuviera tirando un pedo y nos gritó que no era el último, que el juego estaba anulado y que hiciéramos una fila detrás de él, todos lo miramos perplejos mientras esperábamos el momento de darle de patadas, miramos a Diego esperando que lo hiciera, pero él anuló el juego, ante el desconcierto de todos.

Cuando llegamos a la zona verde llena de árboles de guayabas y naranjas, el primo marinero ya se creía el Capitán del barco y comenzó a dar órdenes para que formáramos dos equipos para jugar “el rey dice”, un nuevo juego que consistía en acatar todas las órdenes que se le ocurrían al rey, el equipo que primero lo hiciera, acumulaba puntos; el primo marinero había pasado de capitán a majestad con la complacencia de Diego.

Una vez terminamos de complacer todas las estupideces que se le ocurrían al primo, el equipo ganador tuvo que cargar al rey en hombros; mientras los demás aplaudían. Cuando llevábamos el rey a hombros dije que era la oportunidad de que “formara parte del grupo” y que lo lleváramos a la prueba de las cosquillas; como el primo no sabía de qué se trataba aceptó feliz, pero Diego no dejó y regresamos a nuestras casas con el sabor amargo de no podernos desquitar del tirano.

Pasaron muchos años y tuve poco tiempo para dedicarle a los amigos de mis aventuras, la mayoría nos graduamos en la Universidad hace unos diez años; ayer me encontré casualmente con Diego cuando caminaba por un centro comercial, intercambiamos los números telefónicos y me invitó a que viniera a su oficina y aquí estoy... en la deslumbrante oficina del gerente de ventas de una gran compañía esperando a que llegue.

Desde la oficina de Diego puedo ver y oír lo que ocurre en la oficina del frente; es una oficina típica de un Presidente de empresa, con la fotografía del propietario de la firma, un gran sillón y un gran escritorio; cuatro materos, dos sillas, un teléfono y muchos papeles apilados a los que se les empieza a notar el tiempo que llevan allí.

Escucho los gritos airados del hijo del dueño de la empresa sentado en su silla de presidente y veo los manotazos que dá en el escritorio mientras sus empleados tratan de complacerle en sus caprichos de niño malcriado; tiene una cara mezcla de mal genio, amargado y envidioso; me parece recordarlo en su vestidito de marinero y me arrepiento profundamente de no haberlo sentado en aquel hormiguero.
  






 

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