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Hoy pienso que algunos recuerdos de amor deberían quedarse para siempre donde estaban. Es cierto que uno los revive cuando los invoca, pero otra cosa muy distinta es que vuelvan a hacerse realidad. Hoy he descubierto que los recuerdos no son sueños; no viven en el futuro ni en la fantasía. Habitan sólo en el pasado.

A veces confundimos los sueños con las memorias. Nos refugiamos en los recuerdos cuando el presente nos resulta doloroso, y soñamos… Soñamos hoy con aquél que amamos un día y que nos amó tanto, como si un amor del pasado pudiera paliar el desamor de nuestro presente. Hoy a mí se me ha muerto un recuerdo, el mejor de ellos. Un sueño-recuerdo que me sirvió como recurso tantas veces, cuando me sentía sola y una mirada hacia atrás me traía tiernas caricias y añejos abrazos de consuelo.

Hacía diecinueve años que nos quisimos, y hoy ha vuelto… La vida, que me ha traído el mejor de mis recuerdos, a cambio se ha llevado el que yo creía el mejor de mis sueños. En 1982 yo estudiaba en Londres. Para sacar un dinero extra, los jueves cantaba en uno de los teatros al aire libre del conocido Covent Garden de "My Fair Lady", y en Portobello Road cada sábado. Un sábado nos conocimos. Se acercó a mí con sus magníficos ojos verdes y su metro noventa de estatura. Era guapísimo, pero eso no fue lo que más me atrajo de él. Su mirada era tan bella, tan tierna y a la vez tan triste, que nunca unos ojos me habían inspirado tanta paz. Días más tarde ocurrió lo mismo con sus caricias, con la gravedad de su voz en mi oído, con sus brazos rodeándome, sentados en un banco de cualquier parque… Él también era extranjero en ese país, y juntos nos hicimos ciudadanos de nuestro amor compartido. Durante meses le fuimos poniendo color a la gama de grises londinense, y las calles se inundaron con nuestros pasos y nuestros besos. Mis mejores recuerdos de aquel tiempo en Londres llevan su nombre, así como la añoranza del amor verdadero llevaba su sello. Me cuidó. Me hizo sentir pequeña e importante a la vez; diminuta princesa de cuento reposando en su mano cálida. Él fue mi reino.

La vida nos separaba un año después, y yo me resigné componiendo para él una canción que aún sigue despertando celos entre mis demás canciones. Aquella llevaba prendido mi corazón en cada estrofa y su ritmo, inspirado en él, recordaba la cadente tristeza del Cáucaso, su tierra de origen. Nuestra despedida de aquel día se grabó en mi memoria a fuego de nostalgia, y aquel abrazo se mantuvo siempre tan vivo, que era a él al que recurría cuando necesitaba sentirme abrazada, en muchos momentos desde entonces.

Pero nunca había sido tan consciente, como hoy, de todo lo que ocurre durante diecinueve años… Dentro de nosotros, en el mundo, en los otros, en nuestras esperanzas, en nuestros anhelos, en nuestras metas… "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos", decía Bécquer… Y hasta ahora no le había dado importancia a ese verso. Su mirada ya no es triste, sino amarga; ha dejado de creer en todo lo que a mí me sigue dando fuerzas para que la vida sea una lucha con sentido. De repente descubro que él ya nunca podría protegerme de nada; que sería siempre mi exceso de vida lo que a él le protegiera de la muerte de sus sueños. Me dice que ya sólo cree en el respeto que se convierte en algo parecido al amor con el tiempo; y yo siento que me quedo con el amor que sigue siendo respeto con el paso de los años. Me comenta su deseo de venir a España a vivir; me propone comenzar una amistad que un día pudiera convertirse en algo más… Ilustra su propuesta con un triste comentario sobre la necesidad de buena compañía, y añade algo sobre la mutua conveniencia de volver quizás a estar juntos… Qué vanas y huecas me suenan sus palabras; qué distinta a aquella gravedad de su voz hablándome al oído. Busco un gesto de ternura en su expresión, mientras habla, pero no lo encuentro. Hoy asisto al funeral de un viejo sueño que no es más que un recuerdo irrecuperable. Ya nunca más volveré a refugiarme en la memoria de sus brazos, porque ya sé que aquellos brazos dejaron de existir. Cuando escuche el tango "Volver" de Gardel, ya no oiré su nombre detrás de la melodía, y cuando vuelva a ver nuestras fotos y a releer nuestras cartas, será como asistir a un homenaje en el cementerio del pasado.

Me siento triste, de luto por algo que en mí se ha muerto. Le acerco una taza de café, y al rozarle siento en mis dedos el escalofrío amarillento de la historia. Miro mis manos para comprobar si están vacías. Pero no, no lo están… Me queda la luz de mi hoy, me queda quien soy, mejorando la que fui. Quien ha sobrevivido al dolor con estoico entusiasmo. Quien aún sueña y espera, aunque para soñar y fortalecer la esperanza ya no me quede más remedio que mirar hacia delante. 







 

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