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Las palabras del guía turístico relataban una historia que, inmediatamente, ella relacionó con lo que consideraba su más fastidiosa obsesión. Llegaban a sus oídos con la cadencia que nos avisa en las películas de las más funestas predicciones. En el Despacho de Coroneles del Alcázar toledano, ante los retratos de todos los que allí habían ejercido su mando, Gema vivió uno de los momentos más molestos de su excursión. Aquello la reafirmaba en su profundo deseo de ser incinerada en el momento de su muerte y así abandonar la inquietud por la suerte que podía correr su cuerpo una vez que no hubiera aliento de vida en él. Tenía doce años cuando esa idea empezó a martirizarla al ver en un macabro documental los restos de los cuerpos que estaban siendo desenterrados del jardín de un asesino en serie que había sido detenido. Sola en casa, sin nadie que controlara el contenido de las desagradables imágenes que emitía la televisión, en uno de sus numerosos alardes de morbosidad, Gema contempló, con los ojos entornados por el horror, las espantosas imágenes de los cuerpos en diversas etapas de putrefacción. Cuando sus padres volvieron, mientras daba vueltas con la cuchara al tazón de sopa caliente que su madre había preparado para cenar, y que fue imposible digerir esa noche por un estómago agarrotado por la impresión, la joven afirmó su voluntad de querer ser quemada cuando muriera. Su madre, con expresión de extrañeza en los ojos, regañó a su hija por hablar de esas cosas mientras comían y aseguraba que esos temas no eran propios de una niña de su edad. La joven calló, aguantó los sermones por no probar bocado y esperó pacientemente a que todos estuvieran sentados ante la televisión para reafirmar en un tono decisivo: "Pues yo no quiero que mis carnes se pudran, yo quiero que me quemen". Su madre no se pudo resistir y fue hacia ella increpándola por hablar de cosas tan desagradables y le pidió que le hiciera saber qué programa había visto en la televisión.

Gema soñó muchas veces y mantuvo aquellas espeluznantes imágenes en su pensamiento, pero jamás tuvo la ocurrencia de sacar el tema a colación en casa hasta que ocho años más tarde, siendo estudiante de tercero de Medicina, escuchó de un médico forense los pasos que seguían los cuerpos de los fallecidos hasta ser preparados para su descanso final. Nunca una gota había colmado tanto la capacidad de un vaso, porque ya, con la suficiencia que le daban sus años y sus estudios y buscando momentos apropiados para esa clase de conversación, informó a su familia de su firme voluntad de ser incinerada. Esta vez, su madre le sonrió augurando que por ley de vida ellos debían morir antes que ella, pero que si un accidente ocurriera ella no podía hacer algo contra sus costumbres y convicciones. Gema se defendió ya no sólo con argumentos de podredumbre humana sino también con los de no querer que su cuerpo fuera tratado como el de una marioneta. Dijo no poder entender la absurda idea que aparecía en la Biblia de que resucitaremos en cuerpo y en alma. ¿Dónde estaban los cuerpos de tantos cristianos que nos antecedieron en los siglos? Para ella eso le sonaba a reencarnación. ¿Quién sabía? Su madre se dolió por las tonterías paranoicas de su hija, volvió a confirmar sus creencias y a asegurarle que, en ese estado, ya no se enteraría de nada.

Han transcurrido cinco años desde aquel segundo episodio, ya Gema apenas vuelve a acordarse del tema, pero hoy, en su visita turística al Alcázar de la ciudad de Toledo, con el relato de los últimos momentos del coronel Niceto Mayoral y Zaldívar ha vuelto a hacer su aparición aquel fantasma de sus años ya pasados. Muerto en 1904 sin haber dejado un retrato pintado, como era costumbre, para dejar constancia de su mando en aquel acuartelamiento, había sido tomado de su lecho fúnebre, vestido con sus galas militares y colocado en situación de pose para que el pintor captara la inexistencia de vida que podía quedar en un cadáver. Ahora la atracción festiva de aquel macabro episodio era que cada miembro del grupo de excursionistas debía pasar ante la hilera de retratos y adivinar cuál era el del infortunado Niceto. Gema, llevada por el empujón de la gente, se vio desfilando ante aquella fila de galones, que ya no mandaban nada, y cuando llegó ante dicha pintura y adivinó rápidamente su cara de muñeco sin expresión vociferó que aquel acertijo no tenía ninguna gracia y que al pobre muerto lo debían haber dejado en paz.






 

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