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Este tema admite varios enfoques. Podemos hablar de genes, de educación, de valores, de la libertad de cada uno, de la plasticidad de la naturaleza humana, de la sociedad y sus prejuicios, de los derechos de los homosexuales, de la historia de la homosexualidad, del diverso tratamiento que las distintas culturas dan al tema, etc. Lo que está claro, sea cual sea el tema elegido, es que la homosexualidad es un asunto cotidiano, un tema de estudio e investigación y la circunstancia personal de bastante gente. Los filósofos, antropólogos, psicólogos, sociólogos, biólogos y también los políticos y la gente de religión, piensan mucho en este tema. También las artes, principalmente el cine y literatura, intentan asimilar, más con la emoción que con el pensamiento, esta realidad que, si bien no es nueva, ha recibido modernamente una flamante dignidad, nacida de la lucha diaria contra la segregación, de la autoafirmación de quienes se declaran homosexuales, del orgullo de ser distintos sin dejar de ser tan humanos como tú o como yo. Una dignidad que descansa en el hecho indiscutible de que el homosexual no hace daño a nadie con su actitud. Una difícil dignidad que se enfrenta a la intransigencia de los prejuicios de todos nosotros.

No negaré que los homosexuales no son gente normal: en efecto, nosotros, como ocurre en el resto de las especies, tenemos una dimensión sexual originalmente proyectada para la perpetuación de la especie. Parece que lo normal, por tanto, es ser heterosexual y tener hijos. Dicho de otro modo, muy poca gente es normal, pues la mayoría de la gente que conozco usa medios anticonceptivos o practica el coitus interruptus. Del mismo modo, negamos nuestra biología cuando nos comprometemos a ser fieles a nuestra pareja: de otro modo no se entiende por qué es necesario firmar papeles, hacer juramentos y, sobre todo, tener una voluntad tan firme para lograr el más o menos difícil objetivo de no poner los cuernos a nuestro compañero/a. O sea, que por lo visto la gente -toda la gente- es bastante antinatural. Evidentemente será así siempre que pensemos al ser humano desde el estrecho prisma de la biología, cuyas reglas parece que no nos afectan demasiado en ningún sentido: comemos los alimentos cocinados en vez de crudos, nos empeñamos en volar por los aires (¿acaso Dios nos ha dado alas?), nos quitamos pelos de la cara y de otras partes, nos vestimos, cultivamos, inventamos, etc. ¿A dónde quiero llegar? Pues a que el hombre, a pesar de su instinto, hace un poco lo que le da la gana. Pienso que muchos homosexuales son así porque se enamoran de quien les da la gana, y no de quien se supone que deben enamorarse.

Sin embargo, ¿me atreveré a negar que sexualidad es de esas pocas cosas que se despiertan naturalmente hacia el sexo contrario, independientemente de la cultura en la que se nazca y que, por tanto, el homosexual es claramente un desviado? Una cosa es que el hombre sea tan plástico como para adoptar el modo de ser que le dé la gana y otra cosa es negar la universalidad de la inclinación natural hacia el sexo opuesto. ¿Podemos, en efecto, afirmar la existencia de una inclinación homosexual natural que no sea fruto de una desviación o perversión genética u hormonal? La respuesta es que sí. Hay quienes argumentan esta posibilidad como sigue...

La mayoría de las sociedades en las que la homosexualidad ha estado bien vista son sociedades diseñadas por y para la guerra. El fomento de la homosexualidad entre los guerreros tiene ciertas ventajas sobre la actitud contraria, las cuales nadie puede negar: evitación de distracciones familiares, mayor cohesión de la tropa, eliminación de la competencia por las hembras y dedicación exclusiva a actividades y actitudes varoniles tales como la caza, la agresividad, la competición y el culto a la actividad física. A este hecho unamos otro: que el ser humano depende totalmente para su supervivencia de la protección del grupo social, siendo su bienestar secundario respecto al del grupo. Y unamos otro más: que no hace falta que yo mismo procree para que mi estirpe genética no perezca, sino que basta con que lo haga un/a hermano/a mío/a (él/ella porta mis genes), pues la lucha por la reproducción tiene lugar a nivel genético, no a nivel individual. De estos tres datos podemos deducir que no es absurda la estrategia evolutiva de propiciar sociedades con miembros homosexuales. Por el contrario, la tremenda lucha por la supervivencia impone muchas veces la necesidad de sacrificar la capacidad reproductora de algunos individuos en beneficio del grupo. También podemos deducir de esta argumentación que la homosexualidad femenina es un subproducto de la masculina, una especie de efecto colateral no deseado que, debido al machismo predominante en las sociedades guerreras, no tendrá la más mínima consecuencia, pues a la mujer de estas sociedades no se le pide permiso para el matrimonio ni para hacerle hijos. Una última deducción es que el estereotipo del homosexual afeminado debe ser falso: los homosexuales deben ser al menos tan "viriles" (fuertes, valientes, nobles) como cualquiera. Cuando hay homosexuales afeminados, será por una causa cultural, a saber, la necesidad asumir un papel femenino con fines de adaptación social: por ejemplo, me imagino que un homosexual huirá de aquellos puestos laborales en los que pueda ser discriminado por su condición sexual, como es el caso de la política o de las fuerzas de seguridad del Estado. Por otro lado, la aceptación y desocultamiento de la condición homosexual debe ser algo tan "liberador" que deja a la persona, de algún modo, al margen de las expectativas sociales y familiares, pudiendo desarrollar vocaciones que los heterosexuales convencionales no suelen llegar a plantearse, como por ejemplo la decoración o la moda.

En conclusión, los homosexuales pueden serlo de nacimiento. Y también es verdad, como dije antes, que la naturaleza humana es tan maleable que podemos hacernos homosexuales (o, con más propiedad, bisexuales) si nos da la gana de enamorarnos de las personas independientemente de su sexo. En ninguno de los dos casos podemos, creo yo, hablar de nada obsceno ni perverso: desde el punto de vista evolutivo la homosexualidad sería beneficiosa para la supervivencia del grupo; desde el punto de vista de la libertad de cada cual, lo importante es ser feliz y no hacer daño a nadie. Por todo ello concluyo que si algún día mi hijo, que tiene sólo unos meses, me dijera que es gay, le diré que "vale" y punto. Y no es que todo valga (intentaré que no me salga un alcohólico ni un neo-fascista ni ninguna gilipollez por el estilo). Es que no vería nada malo en que lo fuera. Lo malo sería que negase una inclinación natural. Y también sería malo que tuviese miedo a decidir qué quiere hacer con su vida.
 






 

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