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(En recuerdo a Fátima Mimoum Mohatar
con el cariño más limpio y emocionado posible)


Cuando yo nací la Fatma me miró encogiendo sus ojillos negros y pequeños, y tapándose la boca con la mano, como siempre que se ruborizaba, le dijo a mi madre: este habibi va a ser mi ninio...No sé si fue desde entonces cuando me empezaron todos a llamar Bibi, que era una españolización cómoda y cortita del epíteto árabe que la Fatma me había puesto ya desde la cuna: Habibi (cariño mío). Porque yo seguí siendo Bibi para toda la familia, pero sobre todo para la Fatma, mi Fatma, hasta que un día triste, nublado y plomizo de un Agosto ya lejano, me separé de ella en las escalinatas del barco que me trasladaba, con toda la familia, a la Península.

Yo no había visto nunca llorar a la Fatma, pero aquel día lejano, que aún está próximo en mi corazón y en mi recuerdo, la Fatma, llorando como una niña, se agarraba a mi brazo de jovencito de 16 años y me decía:

-No, mi Bibian, no...Yo intentaba entonces calmarla, aunque tenía bastante claro que posiblemente nunca más volvería a verla, que su edad indefinida, desconocida pero avanzada, no me permitiría más que mantenerla en el recuerdo. Pero la Fatma cada vez se aferraba más a mí entre hipidos que me desgarraban y me dejaban un tremendo nudo en la garganta.

-No, tu no, tu no marches a Espania...Yo la acariciaba con toda la ternura que mis varoniles 16 años me permitían y le decía que la esperaríamos en Madrid al cabo de unos meses cuando ella pudiera arreglar los papeles para el viaje, pero bien sabía yo que la Fatma nunca saldría de Melilla, ni siquiera por su Bibian, porque no sabría qué hacer en una ciudad extraña en la que no podría hablar por las tardes con la Malika, o con su sobrina Raisa, o con su cuñado Abdull. Porque la Fatma era un poco como la ministra in péctore de Asuntos Sociales de la zona magrebí de Melilla. Su carácter independiente y su inteligencia natural la habían convertido en una pieza clave e imprescindible para la comunidad rifeña de la zona. No había disputa familiar en la que la Fatma no fuera preguntada y oída en una especie de tribunal popular en el que ella ejercía, a pesar de ser analfabeta, como jueza de paz y convivencia. Y, sí, la Fatma era analfabeta. Aún recuerdo aquellas cartas llenas de encanto y cariño que la Fatma me dictaba, desde el primitivismo puro de su pensamiento, y que yo trasladaba al papel al pie de la letra:

-Primo, ¿estás bien? Yo muy bien, gracias a Alá.

-Dice la Malika que la funa que tienes en Tánger que la cuides. Que cuando pueda irá a verla.

-Raisa se ha colocado en casa con unos señores con posibles que la tratan bien.

-Y Abdelkader quiere hablar conmigo para casarse con Raisa.

-Yo creo, primo, que Abdelkader puede ser buen marido.

-¿Y por allí, todo bien?

-Cuando vengas a Melilla no olvides llamarme.

-Salam ali kum, primo.

Fuera de su misión como casamentera y jueza de paz, la Fatma tenía un carácter de lo más sui géneris. Ella nunca quiso casarse porque decía que para que un hombre la pegara y la cambiara por otra cuando fuera algo vieja mejor se quedaba como estaba. En casa era toda una institución y nunca permitió que ninguna otra criada se acercara por casa para ofrecer su trabajo. Cuando esto acontecía, de tarde en tarde, la Fatma esperaba a la advenediza a la puerta de casa y le decía:

-¿Tu sabes que esta casa es mía? ¿Tu sabes que es la casa de mi Bibian? ¿Tu sabes que es la casa de mi familia espaniola? ¡Anda y márchate! Porque la Fatma no aceptaba, ni siquiera después de alguno de aquellos enfados terribles con mi madre en los que juraba en cherja y luego se auto-despedía por un tiempo, que nadie pudiera ocupar su lugar imprescindible, y durante todos aquellos días montaba guardia cerca de la puerta de la casa, sin entrar, hasta que ella decidía que había llegado el tiempo del perdón y del olvido.

Pero al margen de sus enfados transitorios la Fatma era, sobre todo para mí, el cariño más profundo y puro con el que fui aprendiendo la vida. Con ella aprendí a coger los chumbos con aquel palo de escoba que ella me fabricaba para que mis manos no se lastimaran. Con ella aprendí a pelarlos y a saborearlos. Con ella me fui integrando en las tradiciones rifeñas, y con ella tomaba el té con hierbabuena en las tardes en que el viento de levante ponía tontas las sonrisas mientras me contaba las leyendas bereberes que había aprendido de sus mayores.

Por eso cuando se la tuvieron que llevar al hospital con una apendicitis aguda la Fatma solo permitió que fuera yo el que le acompañara antes de la operación. Sus ojos negros y brillantes estaban entonces apagados y su sonrisa parecía solo una mueca por el dolor. Allí, en la habitación, la Fatma me iba susurrando:

-Si yo me muero, mi Bibian, todo lo que tengo es tuyo... Le das a Malika las chilabas y los pañuelos... Y a Abdull le dices que me entierren en Frahana... Pero todo lo demás es para ti...Yo tenía un nudo en la garganta porque me parecía que la Fatma estaba muy grave, y porque se me antojaba que sus ojos ya estaban empezando a mirar para adentro. Pero le decía:

-Mi Fatma, tu eres fuerte. Tu no eres Alijudi mala raza. Tu eres mi morita berebere...Y la Fatma me miraba con una sonrisa apagada y dolorosa entre sus labios.

No pudo entonces la peritonitis con ella, y después de un tiempo la Fatma andaba por nuestra casa, como siempre, con sus rituales religiosos y dejando bien apartadas sus manos del JALUFO, del cerdo del cocido o de cualquier alimento que ella no tuviese la certeza de con qué estaba cocinado. Mi madre le decía muchas veces:

-Fatma, prueba estos pasteles que son muy buenos...Y la Fatma, poniendo cara de sabia despistada, le contestaba:

-No, señora, a la Fatma no gustar esos pasteles...Porque a pesar de llevar quince años en casa seguía pensando que podrían llevar algún condimento de jalufo aquellos pasteles que ella no había elaborado.

Y lo decía desde la certeza de que nunca intentaríamos engañarla en sus tradiciones religiosas, pero también desde esa íntima convicción de ser una practicante musulmana dentro de una familia cristiana a la que quería como si fuera la suya propia, a pesar de no haberse atrevido nunca a mirar de frente a mi padre, porque una buena musulmana no debía de mirar nunca a los ojos de un señor mayor y sobre todo con el pelo blanco.

Así era la Fatma: una institución a la que nunca habría podido olvidar. Pero lo que no pudieron las diferencias étnicas y culturales sí lo pudieron el tiempo y la distancia.

Cuando pocas semanas después de recibir su última carta escrita por Malika y sospechar una extraña despedida cogí un avión y aterricé en Melilla ya intuía que nunca más iba a volver a ver a mi Fatma. Me dijeron sus amigas que había dejado de trabajar poco después de nuestra partida y que desde hacía unos días nadie había vuelto a saber de ella...

Aunque yo creo que la Fatma sabe, esté donde esté, que yo la tengo bien guardada en un rincón muy especial de mi admiración y mi cariño.

(Nunca pude encontrar en el cementerio de Frahana ninguna tumba con el nombre de mi Fatma para dejarle unas hojas de hierbabuena bien verde y olorosa)






 

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