Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
La Sra. Lola, aparte de buenísima persona, era una excelente cocinera. Cuando estaba en plena faena el olor de sus guisos despertaba el apetito de todo el vecindario, y es realmente difícil cuando se hace para muchos comensales saber acertar en el «punto», pero ella se lo daba a tal extremo que se hacía acreedora de los más estimulantes elogios. Menos mal, porque la pobre no ganaba más que eso, y como contrapunto algún que otro disgustillo, como por ejemplo, el día que con todo género de detalles preparaba un buen pargo o urta al horno. Aunque en aquellos tiempos la mayoría de las casas no disponían de este elemento calorífico, por lo que no les quedaba otro remedio que recurrir al horno de su panadería, y Lola lo hacía en el de su amigo Antonio que lo tenía a dos pasos de su casa. Lo que ella presumía cuando iba con su hermosa tartera rebosante de avíos y cubierta de nuestro aceite de oliva virgen, donde no podía faltar la buena ración del mejor vino de Chiclana. Vamos, que entraba ganas de comérselo hasta crudo. Y esa, esa era la tentación a que ella exponía al panadero muy amigo, por cierto, de su hermano Manolo, que precisamente casi siempre estaba allí cuando sacaban del horno el pescado, ¿y quién se resistía a semejante placer de dioses? Y como los dos eran unos golosos, no podían soportar la tentación de mojar buenos sopones de pan en aquella exquisita salsa, hasta dejar la tartera casi seca. Cuando Lola iba a recogerla y la veía tan mermada le daba un verdadero insulto, porque en ella y en las patatitas radicaba la clave del buen sabor del conjunto, que los «tunantes» se la habían «pringao»... Había que oírla, pero después su hermano Manolo, con su buen humor, le quitaba el enfado y, hasta otra...Indudablemente, Lola era feliz con su gente y sus guisos. No tenía motivo para aburrirse, porque la familia era muy extensa y sus ratos libres los empleaba en la costura y en sus flores, sobre todo a éstas las cuidaba con esmerado mimo, y podía presumir, porque en el barrio no había macetas más preciosas que las suyas.

Así tenía la vida de ocupada Lola, cuando un buen día su hermano Adriano que vivía en Algeciras le pidió que acogiese a su hijo mayor, ya que pensaba estudiar en la afamada academia local del prestigioso matemático D. Pascual O´Dogherty. ¿Cómo podía negarle ese deseo a su hermano, si la casa era enorme? Aceptó encantada, además el muchacho era estupendo, formal, respetuoso y todo comprensión, que, por supuesto, la iba a necesitar para convivir con tantos primos de genio tan alegre como el cabeza de familia. Pero bueno, él sabía donde se metía, por lo que lógicamente tenía que tener «correa» para aguantar las bromas. Y ya lo creo que la tuvo.

Una noche que Manolo y uno de sus hijos regresaban tarde, la casa naturalmente en silencio, ya que casi todos dormían, cuando pasan por la habitación de Adrianito, Manolo lo despierta bruscamente y le dice: -Pero chico, ¿es que hoy no vas a ir a clase?, ¿sabes la hora que es?, sólo dispones de media hora para darle un breve repaso a los libros, venga, hombre, ¡levántate! El pobre chaval, creyendo que le estaba diciendo la verdad, se viste a toda prisa, coge los libros y, medio dormido, se va al comedor y los pone sobre la mesa. Cuando mira el reloj de pared ve que no son más que la una y media, y él se acostó a las 12, entonces siente unas risotadas enormes a su espalda y comprende que fue una broma de su tío Manolo, que sólo le faltó que le dijera: -¡Idiota!, métete otra vez en la cama.

El pobre estudiante lo estaba pasando «canutas», pero era tan buena persona y comprensivo que nunca le faltaba la sonrisa..., reconociendo que había que tener valor algunas veces para que ésta no se le tornase en lágrimas, como ocurrió cierta noche con la cena. Resulta que su tía Lola -sin llegar a saberse aún por qué- se le había «asentado» el potaje de habichuelas. En la casa todos lo notaron nada más llevarse la cuchara a la boca, por lo que ninguno pudo comerse el plato, pese a que eran tiempos de «hambruna», vamos, en plena posguerra. Afortunadamente, esa noche la cena no fue colectiva, pues no comieron todos juntos como tenían por costumbre. La penúltima fue la niña a la que acompañaba su novio; ésta, por supuesto, rechazó de inmediato las habichuelas. La tía, sin insistir, retiró el plato y le puso el postre. La chica cuando terminó se fue al salón con su amado y, para quitarse el mal sabor de boca, besó a su novio como loca. En medio de las carantoñas sintieron el ruido del portón y era el estudiante que venía a cenar y quedarse ya en la casa. El momento de la cena no querían perdérselo ni Piedad ni el novio, naturalmente lo seguían a distancia para no llamar la atención de la «víctima», que, todo confianza e ilusión, esperaba el plato. Cuando su tía se lo pone por delante, mira con admiración las habichuelas que pese al calentón no se habían desfigurado, aunque no pudo decir lo mismo al degustarlas. La primera cucharada reflejó en su semblante su sorpresa y contrariedad al pensar en la dura prueba por la que tendría que pasar. Bebió un buen trago de agua y se quedó meditativo hasta que aparece su tía Lola y le pregunta jubilosa: -¿Qué, cómo están esas habichuelas? Educadamente contesta: -¡Estupendas! Piadosa mentira, que se empeñó con estoico esfuerzo en continuar hasta terminar el horrendo plato. El pobre chico de cada cucharada tenía que beber agua a la carrera. Piedad y el novio, desde su punto de mira, se lo estaban pasando «bomba». Y al fin Lola esa noche pudo dormir tranquila, porque al menos a su sobrino Adriano le había «gustado» el potaje. No se lo podía creer, pues ni ella había sido capaz de comérselas. Indignada se decía: ¿cómo a mí, tan buena cocinera, ha podido sucederme esto?

Evidentemente, «al mejor cazador se le va la liebre»...







 

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