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Siempre he sentido gran curiosidad por saber de donde extraen sus temas los escritores; anteayer acompañé a un amigo a la librería y mientras él buscaba un libro para un regalo, yo estaba ojeando y hojeando libros que no iba a comprar, y tuve una revelación... por designios del azar descubrí la respuesta, leí que el escritor hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y se lo toma muy en serio.

Ahora que ya sabía el secreto mágico y para convertirme en uno de ellos, decidí recordar como eran mis juegos infantiles. Hice una lista rápida y vinieron a mi memoria la rayuela, el trompo, la cometa y el triciclo, pero de nada me sirvieron estos objetos reales para el objetivo que andaba buscando, así que en lugar de evocar los juegos opté por empezar a recordar como fantaseaba, como hacía castillos en el aire; como soñaba despierto cuando era niño.

Me vino a la memoria una fantasía que me acompañó por mucho tiempo y que yo recreaba y transformaba cada vez que podía para ponerle el sello del momento, pero que en realidad (que paradoja usar esta palabra aquí), era la misma. Se trataba de la ilusión de ser un gran artista, de tener mucho talento y de ser incomprendido por quienes me rodeaban, pero luego por las vueltas del destino lograba por fin el reconocimiento y la fama obteniendo el respeto de quienes en principio se burlaban. Tal vez era mi versión de algún cuento infantil en los que las plebeyas sufrían al principio y luego pasaban a princesas. Como era un niño el papel de cenicienta no se me acomodaba a la perfección, así que trataba de ajustarlo de otra forma. Luego la televisión y el cine me mostraron historias similares, el héroe de turno empezaba perdiendo pero al final era el absoluto ganador: ese era mi sueño.

Con intención de usar esta idea para hacer mis primeros pinitos en la literatura me enfrenté a la hoja en blanco y la dejé intacta; no surgía aún la anhelada chispa que me convertiría en escritor. Ante tamaña frustración me puse a releer la cenicienta, el patito feo, y otros cuentos similares buscando la inspiración... como se tardaba tanto en llegar, me fui a ver una película. En ella un músico toca ante las sillas vacías de un bar, su música es fabulosa pero nadie lo escucha. Consigue una audición con un director de orquesta muy famoso y con el único dinero que le quedaba alquila un frac para la ocasión; su jefe le despide por ausentarse del trabajo pero él está dispuesto a arriesgar todo para ser escuchado. El vestido le queda estrecho, pero a él solo le interesa su música; absorto en ella no se entera que la chaqueta del frac se rompe, y el público comienza a reírse hasta la carcajada, confundido no entiende los motivos hasta que un integrante de la orquesta le dice al oído lo que sucede.

El músico pierde la ilusión, tira el frac al suelo y llora amargamente su derrota. De pronto, el director de orquesta encargado de la audición, se levanta y rasga su propio frac, lo arroja al suelo y le ordena, solidario: "Continúe, por favor». Hay un gran silencio en la sala, los invitados al debut también se despojan de sus fracs y el músico inspirado obtiene el éxito unánime. La película me hizo llorar, pues vi mi deseo recrearse: fracasar para triunfar, he ahí el sueño.

Inspirado por lo que acababa de ver, llegué a mi casa con el ánimo de volver a enfrentarme a la máquina de escribir, y me senté de nuevo frente a la hoja en blanco; todo lo que pretendía decir ya estaba dicho en la película y yo era tan solo un espectador, eso no me convertía en escritor,; rasgué varias hojas, golpeé la máquina y lloré ante mi impotencia. No era capaz de escribir ni siquiera mis propias fantasías sin temor a ser juzgado. Llorando como un chiquillo a quien le han quitado su balón, sentí que me era más fácil confesar alguna culpa que volver a fantasear; dejé todo tirado y cuando me calmé pude meditar mas tranquilo acerca de lo ocurrido. Ya no tenía tema porque todo estaba dicho, nada podía hacer, excepto narrar lo sucedido para al menos calmar esta ansiedad de escribir. Aquí estoy, juntando letras frente a mi máquina y por fin he logrado contar una historia coherente; la pequeña catarsis logra su efecto y al ver como mancho de letras la blancura del papel me voy reafirmando en mi intención de ser un escritor. Mi mundo fantástico se ha vuelto realidad, ya sé de donde extraen sus temas los escritores, he terminado este escrito porque me lo he tomado muy en serio, se cumplió mi sueño y le he puesto el sello del momento. Tal vez este sea el primer escrito que elabore, pero no el último, pues sé muy bien que nada me es tan difícil como renunciar a un placer que he saboreado una vez.
  






 

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