Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Y apenas se cruzaron en el cielo las doce campanadas de la iglesia y se encendieron las luces con aquello de Feliz Año Nuevo y empezaron a oírse los gritos de felicidad de los vecinos, descorchando las botellas y besándose como animales, empezaron a escucharse los gritos de susto. Y como si las doce campanadas fueran una señal, empezaron a salir grupos de jóvenes de las calles, unos con pancartas, aullando como lobos, otros, también con pancartas gritando como energúmenos, observé, con susto, que los jóvenes, además de los gritos empezaron a darse de puñetazos, alabándose la sapiencia de unos y las burradas de otros. Y total porque unos opinaban que el nuevo siglo empezaba y con él lo del milenio y otros agredían con sus porrazos llamándoles ignorantes y analfabestias. Y la lucha empezada parecía tener su importancia, pues tuvieron que concurrir los guardias con sus porras para apaciguar los ánimos. Y todo por mantener sus posiciones de crítica y sapiencia, pues si para unos el año dos mil no era más que el año dos mil para otros era el año dos mil y uno más y sabe qué cosas más. Desde la sala de mi casa oía los desaforados gritos de los vecinos y me entró un temblor tal, como los que ofrece el invierno y me decidí a tomar un arma para salir a la calle y poner orden. Porque no era bueno para el pueblo el que unos dijeran blanco y otros negro. Y me aterraba oír que las voces y las insultos iban a más, por lo que los gritos de hijos de tal, imbéciles acomodados, burracas calleras y lindezas así de conocidas, cruzaron el aire y rompieron hasta lo que en aquel momento era considerado el pueblo más lindo y bienvenido del mundo. Y romper por un quítame allá estas pajas la armonía y el control, me parecieron demasiados peligros. La noche, oscura y fría estaba acogiendo la nevada y pese al ambiente poco propicio no se terminaban las disputas. Las voces de las mujeres sobresalían por encima de las voces varoniles, corno es el común. La locura por el cambio de siglo o del milenio estaba destruyendo las buenas costumbres. La locura andaba suelta por las calles de mi pueblo amado.

Y total, ¿para qué? ¿Qué razones justificarían semejantes estropicios?

Acomodado en la ventana empecé a sospechar sobre el grave problema, que no tenía a mis luces, ningún sentido. Esta vez los gritos de mis vecinos no eran por desliz de muchacha, ni por lo del riego de las habas ni por si el puerco de éste o aquél se comió la alfalfa del huerto ajeno ni por si estas matas eran de mi propiedad o no lo eran. Lo más absurdo de las gritos y trompazos era porque unos opinaban que el siglo empezaba ahora y otros opinaban todo lo contrario. ¡La gente se peleaba por aquello de las ingleses, lo del meridiano de Greenwich! ¡Vaya cosa tan absurda!

La guerra, empezada y sin control se iba adueñando de las calles y la plaza. No valían los gritos del señor cura intentando poner orden a la feligresía. El señor cura, un santo varón, amante del juego de cartas y lector impenitente de crucigramas y cartas del tarot.

Al pesar de mi oído de elefante sólo me llegan palabras sueltas y decidí que mi autoridad sería suficiente para concretar sobre el tema. No quería apoyar ni a unos ni a otros, sino todo lo contrario, pues todos eran mis votantes y amigos. Los jóvenes habían leído las tesis sobre el año del nacimiento de Jesucristo Nuestro Señor y decían que un año empezaba en el momento en que tenía su verdad, pero otros decían que si se tenía en cuenta la historia que debía ser cierta de un tal Herodías, el año no podía ser tomado sino cuatro años después y otros decían que si el nacimiento lo fue a finales de diciembre el año nuevo no podía ser en enero y que todo era una simple fábula para despistarnos. Y cuando en aquella confusión entendí que mi presencia ya podría tener su finalidad, tomé la calle y creí que era el momento justo y necesario para imponer silencio. Pero mi presencia no tuvo el impacto que yo pensé, al contrario, se encendieron las ánimos y empezaron a gritarme majaderías, y aunque les amenacé con mi bastón de mando se rieron a mis barbas y empezaron a decirme que era un grandullón analfabeto y simplón y que más me valía que tomase las de villadiego y que ellos resolverían la cuestión con palabras o mamporros, como era usual entre gente educada.

Como la cosa iba a más decidí esconderme en mi casa a la paz del sosiego, para tomarme un par de botellas del vino alegre y rubio de las viñas y ver en que concluía semejante locura. Al ver cómo despreciaban mi prestigio de hombre cabal y observando que nada conseguiría con mi prudencia, cerré boca y dando a mi figura un giro teatral me adentré en casa.

Fuera, las cosas iniciaron el silencio, debido a la fuerte nevada que empezaba a embarrar los suelos. El santo cura varón llamó a mi puerta y se ofreció a vaciar conmigo una botella, cosa que le agradecí para no encontrarme solo en diada tan beneficiosa. Nos bebimos cuatro, con lomos y lonchas de jamón curado y estuvimos hablando y opinando sobre lo de los ingleses y lo del meridiano de Greenwich y de tanta ignorancia como había en el mundo. Y con el santo cura varón decidimos que el año empezado era lo suficientemente grato para seguir bebiendo, cosa que hicimos sin grandes aspavientos.

Por la mañana, ya dormidos los vecinos, salimos a la calle para comprobar las desperfectos: vidrios rotos en la zapatería, botellas destrozadas entre la blancura de la nieve.

Y de los mil vecinos del pueblo conté como dos mil cadáveres y doce desaparecidos, poca cosa si se tiene en cuenta que nuestro pueblo siempre fue tomado como ejemplo de civilización, algo realmente bien merecido según mi parecer y según el parecer del cura santo varón.


 






 

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