Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Ya no se ven las estrellas desde la buhardilla. La ventana se estropeó, quedándose encajada hace ya un año, el pasado invierno. El polvo la ha ido cubriendo, velando la belleza que se suspende sobre el tejado cada noche. Hoy, un anhelo de luna y de constelaciones escondidas está dispuesto a encontrar la forma de limpiarla aunque no se pueda abrir. Cómo huelen a barro húmedo las tejas rotas. Aromas de verano confundidos con el aire frío, metálico del invierno, taladrando las fosas con su helada presencia, casi pétrea y dolorosa cuando al fin parece haber llegado hasta la cara interior de la frente. Pero el deseo impertérrito de contemplar el cielo desde dentro, selecciona entre todos el olor a verano de las tejas rotas y se decide a ignorar el frío. El anhelo de contemplar el exterior desde lo más íntimo de la cálida estancia, es como desear contemplar lo ajeno con los ojos del corazón, aceptando la dificultad de atravesar los obstáculos seguros. A veces la escalada por el muro se condiciona por el trasiego de este, otras por la inconsistencia de nuestro equilibrio, y no hay gatos dibujando siluetas en una noche azul cuando el frío duele en las manos y la escalada entraña un riesgo. Pero el tejado no se ha de perder de vista, como el peregrino soporta las vicisitudes de su vigilia soñando con el final del camino.

Algunas tejas se rompen a su paso sobre ellas. Quizás le cueste al tejado alguna pérdida por mor de una visión de estrellas, igual que la mente tiene que sacrificar algo propio por el bien de un anhelo del corazón. Los restos cantan con la voz de intemperie de las tejas, como los cristales rotos que alguna vez liberan la calle de su silencio desde una ventana abierta. Ahí está ya el marco del sucio cristal, guardando la esperanza de que todo lo que se ensucia estuvo limpio una vez y puede volver a limpiarse. El apoyo se pierde por un momento, cuando las manos que sostienen el cuerpo pasan por el trance en suspenso que las lleva hasta la ventana. Valentía del corazón que bien le valdría de complemento a la precaución de la mente. Lanzarse con cautela es saltar firmemente por encima de los miedos, cuando lo que el miedo protege vale menos que el fin que se persigue. Cuántas veces se elige el miedo por ignorar la nimiedad de lo que preserva.

Un paño humedecido con voluntad es todo lo que se requiere para hacer del cristal, de nuevo, canal de las estrellas. Tan sencillo como que todo el trabajo estaba en el trayecto.

El regreso al hogar siempre es más fácil; ya se conoce el camino cuando es el de vuelta, el de regresar a lo propio. Ahora la dificultad se halla en la meta; si no hay estrellas esa noche, si la luna no brilla, si el cansancio se rinde...

La noche derrocha constelaciones y el brillo perfilado de la luna se hace hueco entre ellas. El cansancio pospone su rendición, provisto de la fuerza del anhelo. Sin embargo, los ojos se ciegan ante el rayo certero de un pensamiento: Mañana reparaban la ventana.







 

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