Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Todos los días se iban a la costa y fijaban sus ojos en ese horizonte lejano. Allí se llevaban mucho tiempo soñando con algún día verse atravesando el estrecho de Gibraltar, que los llevaría a la liberación. Su país era hermoso, pero esa belleza no la podían disfrutar: hambre, miseria, humillación… Esa eran muchas de las cosas que les impedían ver ese paisaje de palmeras y esas costas de arenas rubias como el trigo en primavera, cuyas playas eran visitadas por esos turistas que venían de Europa, de España en particular, de la tierra de sus sueños y esperanzas. Abdul y Fátima hablaban de sus miedos. No tanto por ellos sino por el fruto de su amor que llevaba en su vientre. Le decía ella: -No quiero que nuestro hijo nazca en ésta miseria. Quiero que vea el amanecer con la esperanza de que el día es hermoso. -Sí, Fátima -le decía Abdul- Alá está con nosotros y algún día nuestras ilusiones las convertirá en realidad.

Y así día tras día miraban el horizonte, sobre todo esos días en que el sol lucía como nunca y el cielo estaba despejado y claro dejando ver la costa europea que tanto ansiaban.

Un día llegó Abdul más temprano que de costumbre. Se adivinaba la alegría en su rostro.

-¡Fátima, podemos hacerlo! Nos marcharemos y nuestro hijo nacerá allí donde la vida sonríe, donde la miseria no es miseria, porque no se pasa hambre ni frío, donde siempre hay pan y un techo para cobijarse.

Los ojos de ella brillaban, pero sólo fueron unos instantes, porque rápidamente se fijaron en su abultado vientre, que denotaba su avanzado estado de gestación. -Lo pondremos en peligro... -le decía.

Llevaban tiempo tratando de reunir los suficientes dirham para comprar dos plazas en una de esas barcas clandestinas que los conducirían a la tierra de sus sueños.

-No temas, Fátima, sólo son unas horas y Alá velará por nosotros.

Llegó el día deseado. Se empezaba a vislumbrar la claridad por el orto, y allí estaba aquella barcaza grande esperándoles en la playa. Todos los que esperaban eran hombres, algunos muy jóvenes y ella la única mujer y por demás embarazada. El patrón de la barca la mira con recelo.

-¿Para cuando espera al chico?

Abdul mintió. -Aún le quedan dos meses. Ocultó que a Fátima sólo le quedaban días para que naciera su criatura.

-Podría traernos complicaciones si se pone de parto -protestó el patrón-, pero bueno, si son dos meses no habrá problemas -dijo mirando el fajo de dirham que ya tenía en la mano.

El mar estaba liso. Su color verde azulado les hacía sentirse tranquilos transmitiéndoles esperanzas. Estaban de suerte. Ese día, veinticuatro de diciembre, no había lanchas de vigilancias y desembarcaron en una playa. Las ordenes eran que procuraran permanecer ocultos hasta el anochecer donde se desperdigarían para no ser atrapados. Ya cada uno era responsable de su destino.

Abdul y Fátima así lo hicieron y permanecieron escondidos tras unos matorrales del bosque de pinos que estaba cerca de la playa donde habían desembarcado.

Al hacerse de noche se pusieron a caminar. Llevaban una hora andando, cuando la cara se le contrajo a Fátima y se arrodilló en el suelo retorciéndose de dolor, sintiendo que algo se le rompía en sus entrañas. Algo viscoso empapaba su túnica. Los dos comprendieron que el momento del parto había llegado y un miedo atroz se apoderó de ellos.

Abdul mira alrededor, quería buscar un refugio. Hacía frío y Fátima temblaba de pánico y dolor, dolores intermitentes, que cada vez eran menos espaciados. De pronto se dio cuenta de que no muy lejos había luz. ¡Sí¡, alguien había cerca, y como pudieron se encaminaron hacía allá, parando cada vez que el dolor arreciaba.

Conforme se iban acercando oían cantos con panderetas que salían de aquella casa:

Es noche de navidad
Un niño nos va a nacer
No quiere oro ni mirra
Solo cobijado ser…

Abdul sabía bien que si lo descubrían lo podían apresar y devolver presto de nuevo a la miseria, pero miró a Fátima y no lo dudó. Llamó a la puerta y apareció la cara sorprendida de un hombre que no sabía qué hacer. Sólo los gritos de dolor de Fátima le hicieron reaccionar.-Ven, Ana, ven pronto...

Recogieron a la mujer del suelo y la entraron rápido, tras darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. En una habitación cerca de la cocina había una cama y la dejaron caer sobre ella.

Abdul ayudaba en lo que podía a aquel hombre; agua caliente, sabanas… Todo lo que Ana les iba pidiendo. Sonaban las doce campanadas en el reloj del salón, cuando se oyó el llanto de un niño. No pudo contener la emoción y con los ojos llenos de lágrimas corrió hacía donde estaba ese nuevo ser junto con la mujer que amaba.

Como en Belén, hace dos mil años un niño acababa de nacer.

Ana y su marido se miraban orgullosos y desviando la vista hacía el portal que estaba en una mesita bajo el árbol, vieron como el Niño que estaba en el pesebre les sonreía.

Con alegría Abdul y Fátima escuchaban lo que aquellas personas -que Alá les había puesto en su camino- les estaban diciendo. Ese niño que acababa de nacer les traía la felicidad. Su hijo al nacer en España era ciudadano español y por lo tanto podían obtener ellos también la misma nacionalidad legalmente. Nunca olvidarían aquella madrugada fría en las costas española, donde el milagro soñado se había producido.

Todos estaban felices. Mientras, seguían sonando esas canciones que Abdul y Fátima no entendían, pero sí Ana y su marido, que se miraron llenos de satisfacción:


Noche de paz,
noche de amor.
En Belén nace Dios
y los ángeles cantando están.
Gloria a Dios…
Gloria al rey celestial…
  






 

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