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Durante muchos años escribir relatos, generalmente entendidos, era un quehacer literario, hasta cierto punto, sencillo. Se trataba de contar una historia con un argumento adaptado a la extensión que los autores le imponían. Tenemos que en el siglo XIX, concretamente en el periodo realista, los novelistas más representativos escriben abundantes cuentos o relatos cortos. A partir de la segunda mitad del siglo XX, la presencia de los narradores de relatos se multiplica. Dejemos a un lado nombres y técnicas, pues no es eso en este artículo nuestro cometido. Solamente mencionaremos unos pocos nombres necesarios, tales como Edgard Allan Poe, Guy de Maupassant, Antón Chejov, Horacio Quiroga. Son nombres necesarios, pero no son todos. Pero lo que nos importa realmente ahora es saber qué hemos de entender por un cuento. Si consultamos a lectores de mediana cultura, aficionados a leer narraciones, nos dirán que el cuento es un trabajo breve en el que se desarrolla una acción determinada. La aceptación por parte de los lectores estará seguramente en el deleite que le produzca la lectura. Pero esos lectores, aunque sean cualificados como tales, no esbozarán una técnica a la que debiera ajustarse el relato. Es cierto que no les dará lo mismo un cuento que otro, pero en ningún momento, insisto, serán conscientes de que si el contenido estuviese ajustado a ciertos recursos, el efecto sería mucho mayor.

Precisamente los lectores comunes son los más sensibles, aunque no lo sepan, de que esos recursos pueden producir en ellos una adhesión mayor aún que si el relato en cuestión careciese de ellos. Nuestra tendencia hacia la lectura está impulsada por la curiosidad, pero, una vez que nos sumergimos en ella, echamos de menos la emoción, si la lectura no la inspira. Así pues, lo que siempre ha sido narración o relato, actualmente se decanta como cuento si reúne a los ojos de los más exigentes una serie de rasgos que han logrado colocar al cuento a un altura digna de todos los respetos. Escribir un cuento no es una aventurilla literaria en la que se desenvuelve una anécdota con características planas y convencionales. Escribir un cuento se ha convertido hoy en un ejercicio nada fácil para quien aspire a superar esa noción corriente y tradicional a la que nos referimos para designar una narración o relato en sentido muy general.

Una vez que hemos entrado en ese jardín versallesco que es hoy el cuento aderezado con sus artificios genuinos, no damos cuenta de que en nada se parece a las múltiples y abigarradas narraciones que leímos y que todavía hoy pasan por nuestras manos ingenuamente, incluso con un sello de clasicismo con el que se quieren prestigiar, pero lo que es el cuento ya tiene un cuerpo propio con elementos insoslayables de identificación, y lo que es más, seductores.

Aparte de los descubrimientos de los pioneros ya mencionados, tenemos que añadir la influencia del cine, en concreto la técnica del suspense. En otro artículo entraremos de lleno en esos procedimientos que han caracterizado, para una mayor gloria de la preceptiva, a los cuentos de grandes maestros, y a la larga lista de seguidores que han conseguido a su vez encontrar en esta pequeña joya de la literatura un reto que pone en juego el talento creador de cada uno. De momento, tenemos ya que distinguir, como hicimos arriba, a la narración -que también llamaremos relato- del cuento. Estas diferencias serán, como verá el lector, muy persuasivas.






 

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