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NavidadLa Navidad representa el hecho más trascendental de la vida humana, como es el de la venida de Dios al mundo en carne mortal. Nadie lo ignora, pero las posturas de los seres inteligentes son muy distintas en su enjuiciamiento En este siglo, a punto de terminar, se van a cumplir 2000 años de este acontecimiento excepcional. He tenido el privilegio de visitar en Belén el lugar donde nació Nuestro Señor Jesucristo durante el reinado de Augusto en Roma y de Herodes «El Grande» en Palestina. Sin embargo, para los creyentes son otros testimonios los que les impresionan con más fuerza de convicción. En San Fernando he hablado de temas religiosos con personas modestas y un hortelano, analfabeto, me dijo en su forma peculiar: «Yo, para creer, no necesito más enseñanza que la de observar todos los días las maravillas del universo, que ha tenido que hacer «alguien», me parece a mí»... O sea, la «fe del carbonero», tan popular y entrañable.

Ese punto de vista, tan arraigado en las clases populares, parece mentira que no sirva de guía a ciertas personas que por su cultura tienen más motivos para valorar la obra asombrosa, tan perfecta y sincronizada, del Todopoderoso. Es que algunos están tan ensoberbecidos que se creen dioses o desean que el mundo se ajuste a sus caprichos e intereses.

Confieso que mi desilusión fue grande al leer unas declaraciones de Pilar Urbano en una revista nacional sobre el Premio Nobel Dr. Severo Ochoa, entristecido por haber perdido a su esposa que era ferviente creyente, a cuya periodista el asturiano universal (que ya ha seguido a su esposa hacia la eternidad) proclamaba su incredulidad, a pesar de reconocer que ningún científico, de todas las épocas, ha podido dar una explicación clara a los orígenes de las maravillas del Universo. Y yo, como tantos otros, me pregunto: ¿para qué sirve la inteligencia de esos hombres de ciencia privilegiados si no se impresionan ante hechos evidentes? ¿Es posible que una maravilla como el Universo haya surgido por sí sola? ¿De la nada puede nacer algo sin unas manos y una inteligencia que le den vida? El hortelano a que antes aludo, con su intuición y con su fe, es el que más sabe... En ciertos políticos, su postura de indiferentes en materia religiosa es puro oportunismo, porque todos conocemos el caso del que fue presidente de la II República española don Manuel Azaña (que a su muerte causó gran desilusión entre sus partidarios) con motivo de haber sido asistido por un obispo francés en sus últimos momentos.

Por eso, La Navidad es el punto de arranque de los creyentes y se conmemora de mil maneras, siendo las más expresivas la instalación de «Belenes» en iglesias, centros militares y civiles, lugares piadosos de cofradías y hermandades y en casas particulares. Todo va encaminado a recordar la venida de Dios al mundo en carne mortal, como indicamos al principio y es de fe en el mundo cristiano.

Con ser todo lo dicho importantísimo, existe una faceta en la que Jesucristo hizo especial hincapié para ser practicada siempre y especialmente en la Navidad: la CARIDAD.

En la Isla, al igual que en todo el mundo católico, existen organismos caritativos vinculados a sus parroquias cuya actividad se desenvuelve ininterrumpidamente durante todo el año. No obstante, esa protección a los pobres se hace más acusada en estas fiestas navideñas, para que también ellos compartan la alegría que embarga a todos los cristianos.

El ejercicio de la caridad para con nuestros semejantes es, como nadie ignora, una obligación impuesta por Dios, que los cristianos deben estar siempre dispuestos a llevar a la práctica con loable desprendimiento. En el invierno, principalmente, la vida del pobre es de gran tristeza y desconsuelo; la falta de calor solar aumenta su desesperanza, siendo, por lo tanto, indispensable que con el calor de nuestra ayuda y la disposición noble de nuestros corazones, mitiguemos, en la medida de lo posible, su desgracia, preocupándonos un poco menos de nosotros y algo más de ellos.

En todas partes de la tierra existen los Epulones, que se preocupan nada más que de su propia mesa, como si el mundo girase sólo a su alrededor y el sol alumbrase para su regalo. Dios quiera que, poco a poco, vayan despertando sus conciencias dormidas; porque los Lázaros también tienen derecho a la felicidad terrena, ya que los ampara y defiende el evangelio. Y si con ellos nos mostramos caritativos, no podrán ser acusadores, sino defensores nuestros ante quien tiene todo el poder y toda la gloria, y es el arquitecto de esa maravilla del Universo, que sólo un ser excepcional ha podido construir.

Como final de estas consideraciones de ambiente navideño, y con especial referencia al ilustre científico incrédulo y al analfabeto hortelano de fe inquebrantable, me permito citar la popular sentencia poética, cuya autoría no recuerdo, que termina diciendo: «...al final de la jornada, el que se salva, SABE, y el que no, NO SABE NADA...»






 

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