Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
El combate de cabo Celidonia tuvo gran resonancia y sirvió de enseñanza a muchas Marinas. Ocasionó variados comentarios de la gente de mar. Hubo juicios de todo tipo que duraron muchos años. Por ejemplo, en el parte de Ribera se dijo que no fue echada al fondo más que una galera; en otras relaciones se afirma fueron cinco, y en otras, que dos fueron voladas. Corrió por Italia el rumor quizás exagerado, de haber muerto 1.200 genízaros y de marinería, más de 2.000 hombres. Por parte de la escuadra del Duque hubo 34 muertos, 93 heridos graves y muchos leves de astillazos y contusiones. Ribera fue levemente herido en la cara. Los galeones quedaron destrozados, sin palo ni verga entera y cortada la jarcia. La capitana y el patache tuvieron que ser remolcados. Ufanos de haber cumplido con su deber y vencido a tan poderoso enemigo, pasaron a Candia, y allí se reparó todo lo necesario, pasando después a Nápoles donde les esperaba el Duque. Este distinguió con premios a sus subordinados y el Rey honró al toledano capitán Ribera con el hábito de Santiago y título de almirante. Con esta acción la Marina del Duque de Osuna adquirió gran reputación y prestigio moral.

De la batalla naval de Celidonia, se publicaron en España varios relatos. El poeta y dramaturgo Luis Vélez de Guevara, autor del «Diablo cojuelo», se inspiró en ella para escribir la comedia titulada «El asombro de Turquía y el valiente toledano». Con tono encomiástico, dice entre otras frases:

Ese que hiciste capitán famoso,
Ese que el mundo por edades nombre,
De cuyo aliento Marte está envidioso,
De cuyo nombre tiembla cualquier hombre
A quien se debe el triunfo victorioso,
A quien se le atribuye por renombre
Ser vencedor de aquesta acción primera,
Ya sabes que es el Capitán Ribera.

El general aplauso tributado a Osuna era merecidísimo, aunque fuese sólo por pensar lo que hubiera sucedido en Calabria o Sicilia al ver llegar a las costas a 55 galeras turcas con mas de doce mil hombres dispuestas al desembarco. Por mala que fuese la disposición de algunos ministros hacia el Duque, no era lógico ir contra la opinión y el entusiasmo del pueblo, ante la evidencia de haber librado al reino de un gravísimo conflicto y de haber cortado una vez más las alas al turco.

Aprovechando tan buena coyuntura, así como que los cinco galeones estaban a punto de ser terminados, los despachó juntos a la mar al mando de Jacques Pierre, excelente capitán cuyos servicios venía utilizando desde Sicilia. A dichos galeones los bautizó con el nombre de «Las cinco llagas». Encomendó otra nao al capitán Pedro Sánchez, a quién siempre encargaba la delicada misión de descubierta, y durante cinco meses cruzaron por el archipiélago griego y costas de Turquía.

Sabiendo que había salido de Constantinopla el famoso renegado calabrés Azan con doce galeras, envió a su encuentro sólo diez, dando a entender así el desprecio que sentía por los turcos, sin engañarse en el resultado. En el combate que duró dos días y fue muy duro, escaparon tres naves; cinco fueron apresadas y destruidas las restantes, recuperándose dos bajeles japoneses que llevaban. Se destacó durante el combate el comportamiento de un soldado llamado Francisco Roel, que saltando a la nave capitana, permaneció en ella atacando y defendiéndose con espada y rodela, recibiendo varias heridas, siendo socorrido posteriormente.

La fortuna trajo de arribada al puerto de Nápoles una riquísima nave mercante veneciana que confiscó el Virrey inmediatamente, en calidad de represalia por ciertos agravios que decía se habían hecho a naves españolas. Reclamó el Senado, encargando al embajador en Madrid la negociación del asunto, que se dio por terminado, poniendo en manos del mismo embajador la cédula real que ordenaba la inmediata devolución de la presa.

Algún tiempo después apareció en la costa de Calabria Mahomad Asan, hijo del renegado vencido en el anterior combate, pretendiendo vengar con sangre y fuego aquella derrota, ya que las galeras del reino estaban lejos. Traía seis bien armadas y efectuando desembarcos en lugares pequeños, tomaba bastantes hombres que ocupaba como esclavos.
El Virrey quiso acudir al remedio, pero no pudo ya que no disponía más que de dos galera de Nápoles y una de Malta, y éstas tenían que dar la vuelta a la extremidad meridional de Italia. Mientras tanto el turco fue confiándose, pues daba por descontado su triunfo. Don Pedro Pimentel, que mandaba las galeras de España, tomó sin vacilar a la capitana turca, mientras él, que a la primera descarga tuvo la suerte de hundir una de las otras, secundaba el ataque al arma blanca. Finalmente la capitana y otra se rindieron, una tercera zozobró y las dos restantes huyeron. Murió Mahomad Asan al que una bala de cañón le arrancó una pierna; se hicieron trescientos prisioneros, liberando a otros tantos cautivos cristianos.


Anécdotas.

Dijimos al principio que el Duque de Osuna era hombre de genio vivo, pero también de mucho ingenio y sentido del humor. De él se pueden contar muchas anécdotas. Sólo relataré algunas. Había mandado a construir con el importe de las presas hechas al enemigo, un magnífico edificio para albergue de personas necesitadas. Cuando estuvo terminado corrió la voz de que iba a destinarlo a los cojos, dado el gran numero de ellos que había, a cada uno de los cuales se pagaría una pensión anual de veinte doblas, anunciando también que los que asistieran en el exterior el día de la inauguración, gozarían de ciertas ventajas. Fue muy numeroso el grupo de los lisiados que acudieron; tanto es así, que aunque el edificio se hubiese cuadruplicado no habrían tenido cabida.

El Virrey que asistió al acto, quedó perplejo, pues sabía que todos tenían derecho a una plaza, y no deseaba dar preferencia a unos sobres otros.

En vista de ello mandó poner a la puerta una viga a un palmo de altura y propuso la prueba del salto a los que quisieran aceptarla. Saltaron más de doscientos, que como es de suponer sólo tenían de cojos las muletas, y como los demás quedaron apesadumbrados pensando que el Duque se dejaba engañar y daba asilo a los que menos lo necesitaban, los tranquilizó diciendo:

«Amigos, conócese que tenéis las piernas malas, pero como observo que tenéis buenos brazos, no quedaréis sin albergue, que tengo para todos»; y en efecto, envió a unos a las galeras y a otros, a servir una campaña, pero sin cadena y con paga. El asilo fue destinado a los inválidos del mar.

En otra ocasión un hidalgo subordinado suyo, queriendo ganarse su confianza, le dijo que otro no le tenía aprecio, pues hablaba mal de él en cuantas ocasiones se le presentaban. Mandó llamar el Duque a su presencia al presunto criticón y a la vez citó al que le había puesto al corriente del asunto. Cuando éste, ya en el despacho, vio entrar al acusador quedó lívido y aún se sentiría peor cuando oyó que el Duque dijo al otro: «He mandado llamar a vuesa merced, para advertirle que cuando llevado de alguna mala pasión, murmurase de mí, no lo haga delante de este hidalgo que tenéis enfrente, porque luego me lo viene a decir». Ni que decir tiene que el hidalgo que creía conocer al Duque, no tenía la más remota idea de su modo de ser.

Era costumbre que el día de Reyes el Virrey visitase las galeras otorgando premios a los que se lo merecían. En una de estas visitas preguntaba a los forzados la causa de su castigo. Todos contestaban casi lo mismo: falso testimonio, malquerencia, crueldad de los juzgadores, etc. Llegó a uno que con desparpajo confesó merecer la pena y aun otras mayores, por los delitos que había cometido. El Duque le dijo al general que le acompañaba: «Echen de la galera a este criminal, no vaya a pervertirme a tantos inocentes», y dándole de su bolsillo veinte ducados para vestirse, dispuso ponerlo en libertad.


Triste final.

En los años de 1617 y 1618 corrieron por Venecia rumores referentes a una conjuración fraguada según se decía por el Duque de Osuna para sustraer del dominio de España el reino de Nápoles. Fue quizás la más peregrina de las distintas versiones que dieron acerca de la famosa conjuración, que por otra parte eran muy propias de la época, pues también dio que hablar la conocida por «conjuración de Sevilla». En lenguaje actual diríamos que las conjuraciones estaban entonces a la orden del día.

La muerte de Felipe III y la subida al trono de Felipe IV marcó el trágico fin de Osuna y de algunas otros nobles que como él, se habían destacado en sus servicios. Las maquinaciones, intrigas y medias verdades son artes conocidas en todos los tiempos de la vida humana, más acentuados aún en los que ocupan altos puestos de la sociedad.

Fue relevado de su puesto y se le ordenó presentarse en la Corte para defenderse de los cargos que se le imputaban. Cumplidas las fórmulas de entrega de mando y dejando a cargo de la duquesa el arreglo de los asuntos privados, pidió Don Pedro al nuevo virrey nombrado accidentalmente, cardenal Borja, que servía la embajada de Roma, una breve demora para solventar los asuntos que tenía pendientes.

Las galeras hasta entonces de su propiedad, pasaban a formar parte de la Armada Real. Su escuadra se componía de veinte galeones, veinte galeras y treinta buques menores, que no habían costado un real a la Corona. Había reformado una antigua costumbre en el mar: la de nombrar un sólo capitán por bajel en vez de los dos, de mar y de guerra, que la rutina mantenía.

Cuando llegó la orden de desarme de la escuadra de Duque, aún siguió Ribera en su puesto de almirante, obteniendo algunos triunfos. En 1621 transportó tropas a Milán, e hizo alguna operación incendiando varias naves en acciones rápidas, quedando últimamente como guarda de las costas sicilianas, hasta 1623 en que recibió orden de regresar a España con las naves a su cargo.

Zarpó el Duque para España, con el saludo de la artillería de los castillos y las naves, acudiendo al muelle el pueblo en masa, que quería darle testimonio de la estimación de que gozaba. Desembarcó en Marsella, deteniéndose en la ciudad, en la que también fue agasajado.

Llegando el Duque a Madrid rechazó enérgicamente ante el Consejo los cargos que formulaban sus adversarios. Aquél tomó en consideración las razones que elocuentemente expuso, inclinándose a conceder la reparación que solicitaba, que no era otra que regresar a Nápoles, de cuyo mando se le había despojado sin causa ni razón. Seguramente hubiese logrado su reposición, pero fue muy fuerte la oposición de parte de la nobleza.

Cuando esperaba ser oído por Felipe III, falleció el monarca.

Detenido en Miércoles Santo y conducido a la posesión de la Alameda, cercana a Madrid, que entonces pertenecía al Conde de Barajas, sufrió con centinelas de vista mayor rigor; se le sometió a una fórmula de proceso, cuyos cargos pasaban de quinientos, y de los que apenas se defendió.

(Continúa el próximo número)







 

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