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Por mucho moda que se nos quiera imponer desde las revistas más o menos oficializadas o consagradas por los poderes literarios, la poesía de la experiencia, entre el intimismo y la inquietud social, tendrá siempre sus cultivadores, y no porque se convierta en tendencia imperante, sino porque la poesía canta lo que se pierde, como dijo Antonio Machado, aunque en esta pérdida se incluya una crítica al pasado, que no siempre produce nostalgia ni merece ser idealizado.

En el libro Cantar ya no podremos como entonces tenemos, como en otros poemarios de Pérez Casaux, esa mirada retrospectiva que analiza ciertos aspectos entre la crítica -"Patrias de arrogancia y miedo"- y el sentimiento personal -"Odas de la tierra grande", "Miseria y canto del amor urbano" y "Celebración de la memoria"-.

El poeta, que no tiene pretensiones de un lenguaje poético que sorprenda al lector en la esquina de cualquier poema, adopta un estilo de comunicación sencillo, que está siempre de acuerdo con la espontaneidad de los contenidos.

Hay en Pérez Casaux una cosecha de experiencias que le sitúa afortunadamente en una posición social, que no evoca necesariamente la poesía de los cincuenta y sesenta. Hay frescura incluso cuando es necesario el matiz de trasfondo político, como en la primera parte, que no está en desacuerdo con el lirismo de las otras tres partes. En aquélla el poeta llega incluso a adoptar un cierto matiz de compromiso político (no en vano la dedica irónicamente, después de su experiencia en tierras catalanas, a Pujol); sin embargo, es en las tres restantes donde el poeta es fiel al lirismo de la experiencia, piedra de toque de toda verdadera poesía.







 

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