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AZUL CELESTE
La llegada al chalé, la ha hecho el nietecillo
mostrando su sonrisa azul
-en la luz de sus ojos
y de sus diminutos dientes-
tan límpida y tan pura como ésa que derrama,
próvido, el cielo en este día
de un final de septiembre
que ya cierra el verano
y quiere fenecer en un otoño
placentero y benigno.
Desde la escasa altura
de sus dos años
-gigante en el cariño para mí-,
me ha tendido los brazos.
Y sigue sonriendo.
Y sigue la celeste esfera
llena del claro azul que irradia el nieto,
como el ángel pequeño
que resplandece
en algún cuadro místico
de esos pintores que llenaron
con sus obras, tan dulces
-tan sobradas de espíritu-,
la gloria del trecento y quattrocento.
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