Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Por más que intenté evitarlo oí con toda claridad sus pasos. No serían ni las tres, que es cuando regresa Carlos, el vecino, después de cerrar su restaurante. Aunque Carlos procura no hacer ruido, el abrir y cerrar la puerta metálica de su garaje lo escucho siempre. Y fue a esta hora cuando oí los pasos de mi tío. Le oí, con toda claridad, el jadeo de su respiración a causa del asma que padece y escuché el zig zag de sus zapatillas alejándose. No es la primera vez que oigo sus pasos aunque, por la mañana, si le pregunto si durmió bien dice que como una roca. Pero yo sé que no es verdad, porque durante todo el día arrastra unos ojos cansados y rojos y se duerme viendo la televisión o saboreando el café de mediodía. Arrastra el sueño como un valiente. Yo sé que se desvela mucho con sus toses, sus paseos por la habitación y escucho el crujido del colchón cuando se revuelve en él, y esos pasos cercanos cerca de mi habitación, ese jadeo inconfundible y esos pasos que llegan y se van con suma cautela. Sé que me persigue en su pensamiento, que va de mí a todas horas. Es un hombre infortunado a quien le falta una compañera.

Yo estimo mucho a mi tío; siempre le consideré como a mi segundo padre. Sus atenciones, sus obsequios y su generosa aportación a los gastos de mi casa fueron siempre eficaces. Para él yo he sido la hija que nunca tuvo. Pero me temo que ahora, ahogado en su tristeza, vea en mí no a la hija que me considero, pero sí a la mujer que me considera él.

La situación es ésta: Mi marido se halla ausente por asuntos del trabajo. Y pensó que mi tío podría servirme de ayuda y le invitó a estar aquí conmigo. Sospecho que lo que mi marido pretende es que mi tío haga de espía, alguien que pudiese frenar mis deseos de libertad. Mi marido, ¡vaya mochuelo! ¿Puede dudar de mí, esa tonta que se dio por entero a él? Pues parece que sí, que duda. Pero me colocó al tío para que me espíe. Tan poca confianza me tiene. Mi tío, tan lleno de silencios.

Poco a poco he ido venciendo sus escrúpulos. Le he visto sonrojarse cuando coincidimos con destino al baño. Salgo de la ducha con mi albornoz blanco y mis piernas pasean alegres y sin recato por el piso. Los ojos de mi tío me siguen y me ve como a una mujer espléndida. Por esto sé que mi presencia le altera; por esto no puede conciliar el sueño y pasa y pasa frente a mi habitación hasta presentir que me acomodo al sueño. No puede, por más que mienta, dormir como una roca.

La vida aquí con mi tío se desliza sin problemas. Al menos sin problemas para mí. Desayunamos, salimos al parque a tomar el sol, descubriendo rincones ignorados, edificios que se construyen, plazuelas históricas donde juegan los niños, y donde los estudiantes se dan el primer beso. Visitamos los restaurantes, los cafés. Hablamos de nuestros problemas que siempre son sólo míos pues él guarda su silencio, como si ningún problema le asediase.

Me escucha con paciencia de hermano. Yo -al verle tan triste- le digo que se busque una mujer y rehaga su vida. Él dice que enviudó para ser viudo y que nanai, que le pasó la fiebre de la juventud y que por las mujeres que conoce mejor estar así, viendo pasar los días, esperando que la vejez aplaque sus sentidos. Y asegura que los sentidos se van con el tiempo y que vivir es otra cosa que sentir. Pero yo insisto: no está bien que un hombre esté solo.

Pero él dice que no, ea y que no es necesario insistir y aunque me ofrezco para buscarle compañera, él dice que tate que me meta en mis cosas.

Pero yo sé que mis cosas ya van siendo sus mismas cosas. En la quietud de mi piso me tropiezo constantemente con él. Tengo pesares por su soledad y si no fuera porque es como mi segundo padre entraría en su habitación y le ofrecería mis brazos.

Ya sé que puede parecer escandaloso, pero la vida es como es y si no fuese porque la civilización impone sus reservas, no hay duda que entre mi tío y yo existiría un lazo más atractivo. Esa barrera no la romperemos, por más que no sería ni vulgar ni extraordinario que ocurriese.

Yo me ofrecería a él, más por piedad que por capricho y sentiría su cuerpo dentro de mí y me arrebataría su deseo.

Pienso que podría ofrecerme esta noche, después de escuchar sus pasos ante mi puerta, acechándome en sus silencios y yo podría preguntarle si el vaso de agua que está buscando no estará dentro de mi pecho.

Pero no lo haré por más que se muera en su deseo inconfesado, por más que se sumerja en estos silencios que dan a su figura una prestancia de héroe de otros tiempos y que a mí me aterra pensar que son por mi culpa. Por la culpa de mi presencia.


 






 

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