Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Ocurrió un día durante el cual la lluvia no cesaba de caer lenta, monótona, como cansada de tantas horas de un descender intenso. Las gotas rellenaban, lentamente, los charcos del camino y empapaban los prados vestidos de verde otoñal. El sol, con aspecto cálido, se abría paso con enorme esfuerzo por entre los recovecos de las nubes que, poco a poco, tomaban, de no se sabe dónde, un tono azulado. La diminuta naricilla de Carlota se achataba en el cristal que ella misma iba empañando con su sosegado respirar. Sus pequeñas manos, abriendo los dedos, se extendían sobre el vidrio. Las mejillas, salteadas de pecas, se sonrosaban por el calor de la habitación y sus enormes ojos claros, reflectores de haces de luminosa pureza, invadidos de inocencia, traspasaban la ventana y parecían fijarse en el infinito.

La luz de aquella tarde llenaba de claridad el valle. Se distinguían los verdes, amarillos y ocres. Los chopos y abedules comenzaban a perder su hoja y aquéllas que aún permanecían prendidas de las ramas brillaban como chispas al reverberar el sol en las gotas de lluvia que se deslizaban lentamente por su superficie hasta volar por el vacío que les separaba del suelo.

Aquel color, aquel oro brillante y luminoso había dado, desde su nacimiento, el tono a la melena de Carlota, melena que, recogida en una perfecta trenza, partía en dos su espalda de muñeca.

Seguía inmóvil, como una transparencia pegada en el cristal. Infantilmente, pensaba que todo aquel valle era de ellos, de su familia, que por eso vivían allí tan solitarios.

Creía conocer todos los rincones de esas tierras: las rocas, el arroyo que crecía un poco más arriba y al alejarse se ensanchaba... Hasta los sauces de su orilla, que continuamente bebían de las aguas, eran sus amigos. Bajo ellos se había sentado en las tardes de primavera para hablarle a las truchas que remontaban el riachuelo haciéndose visibles en las aguas cristalinas.

Su mirada se deslizaba avanzando por el sendero estrecho y embarrado hasta que, sobresaltada, su sereno mirar se detuvo lejos. Con gesto de sorpresa y emoción, con el ser invadido por la alegría, clavó sus ojos limpios en el valle, al fondo, un poco antes del horizonte, sin saber que allí empezaba el infinito, y entonces lo vio preñado de luz y de colores, limpio como el agua de los cielos, enorme, para siempre curvado, uniendo las laderas de los montes, hermanando pueblos lejanos. Estaba de nuevo allí, venía a ofrecerse, a mostrarse, a tentar, a provocarle inquietud.

Jugaba con ella. Unas veces próximo, claro y luminoso. Otras la engañaba, se hacía tenue, sus colores se difuminaban como mezclándose entre sí y se alejaba sin dejar que Carlota adivinara dónde había enterrado sus raíces.

Pequeñas gotas descendían por el cristal que continuamente Carlota tenía que limpiar para quitar el vaho de su respirar ahora acelerado por la emoción. Sus manos acariciaban el ventanal, en un suave y lento vaivén, dibujando surcos de frío y humedad que su vista traspasaba indiferente.

No veía nada más. Ni los chopos, ni los sauces amigos, ni el sendero, ni tan siquiera el oro o el verde de los prados. Sólo el arco iris. Sólo sus colores, su misterio. ¿De dónde venía? ¿Dónde se apoyaba para no caer? Nadie se lo había contestado nunca. ¿Cómo podía ser agua el arco iris? ¿Cómo podían las gotas suspenderse desde el cielo y permanecer allí, en el aire? Algún ángel juguetón lo traía y lo llevaba para enseñarlo, lo movía encendiendo y apagando sus luces de carrusel de feria. Carlota lo creía. Pensaba que aquel ángel, el encargado del arco iris, era su amigo y por eso cuando llovía en el valle, cuando estaba sola en su cuarto sin más compañía que el horizonte tras de su ventana, se lo traía para entretenerla, para regalarle, aunque fuera por unos momentos, toda la magia de su juguete celeste.

Y le llamaba: Áaaaaangeeeeeeel... áaaaaangeeeeeeel... pero nunca el ángel respondía y Carlota volvía a llamar: Áaaaaangeeeeeeel...

A menudo quedaba pensativa, ¿Por qué se esconde? ¿Por qué me oculta el arco iris para enseñármelo de nuevo un rato después? ¿Acaso me quiere hacer rabiar?

Unas veces soñaba que el ángel le mostraba aquel arco de luz y de color para que supiese como era la puerta del cielo, otras prefería imaginar que era la gran diadema de una princesa de aire en el país de las nubes, donde los ángeles, como su amigo que venía a mostrársela, cantaban a coro celebrando el fin de la lluvia y la princesa, así avisada, se vestía con el traje de larga cola de estrellas y, tocando su cabeza con la diadema de luz y de colores, prendida a la melena rubia, ligera y vaporosa, se asomaba al mundo.

Áaaaaangeeeeeeel... volvió a gritar la niña.

Sus ojos, ahora nerviosos, corrían vertiginosos de lado a lado del arco, de extremo a extremo, de color a color. Subían y bajaban buscando el lugar. Estaba en el valle, muy cerca, en su valle. Creía que, poco a poco, el ángel lo acercaba hacia su casa, no sabía si esperar o salir a su encuentro. Probablemente no conocía el sendero del río y se podía perder. ¿Se enfadaría la princesa de aire si ella iba en su busca para enseñarle el camino? Seguro que no.

El sol se estaba apagando lentamente, la tarde se enfriaba con rapidez y parecía que el ángel, el encargado del arco iris, recogía las luces para volver a su cielo.

Carlota, pensativa, fijaba su mirada al pie del arco de colores. Ya está -se dijo- ya sé de dónde vienes. Ahora he visto tus pies junto al arroyo, por eso te vas, para no coger frío, pero yo iré a buscarte y te traeré conmigo. En casa tendrás calor y jugaremos juntos, así no estaré sola cuando vuelva a llover y, si tienes que salir con la princesa de aire, te enseñaré el camino del valle y siempre te acompañaré.Se volvió rápida, sin dudar ni temer. Resuelta.

En la pequeña mesa de su cuarto, sobre la que solía dibujar, buscó un papel, abrió precipitada el plumier de madera, tomó un lápiz de color azul y, con la indecisión de sus primeros trazos, escribió:

«Mami vendré enseguida. He ido a buscar al ángel del arco iris para que no tenga frío. Se está mojando los pies en el arroyo y puede enfermar. No te preocupes por mí, en cuanto le encuentre vendremos».

Salió al jardín. Oscurecía. No distinguía los colores, antes luminosos, del arco iris. La lluvia apenas mojaba sus hombros. Después de una corta carrera hasta la cerca, se detuvo y volvió a mirar lejos, un poco antes del horizonte. Temió llegar tarde. Luego miró atrás. En su casa ya habían encendido alguna luz, pero aún no la llamaban, no la echaban de menos todavía.

Volvió a mirar al frente. ¿Dónde estaba el arco iris? Ya no alegraban los cielos las luces del carrusel, ya no se arqueaban los colores de lado a lado del valle.

Áaaaaangeeeeeeel... gritó con firmeza. El eco le contestó: Áaaaaangeeeeeeel... y Carlota, temiendo no alcanzarle, decidida, para que su ángel amigo no tuviera tiempo de alejarse demasiado, inició una frenética carrera que habría de llevarla más allá del valle, un poco antes del horizonte, donde empieza el infinito y, jadeante, agotando hasta su último aliento, siguió corriendo y gritando:

Áaaaaangeeeeeeel... áaaaaangeeeeeeel... áaaaangeeeeeeel...





 

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