Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
La Duquesa de Osuna Doña Catalina Enríquez, envió un memorial al Rey, que merece ser conocido. Decía así: «Señor. Pudiera llegar a los pies de V.M. con mucha confianza de pedir mercedes, por los aventajados servicios que el Duque de Osuna, mi marido, ha hecho a su Real Corona, pues sabe V.M. que los que han llegado a su noticia después que salió de la niñez, de la gloria de sus armas y del terror que de ellas han tenido sus enemigos, son ejecuciones del valor de mi marido, sin duda semilla de sus emulaciones y del trabajo en que se halla. No quiero por ahora suplicar a V.M. por mercedes y gracias, que como son en la moneda que pagan los reyes, estoy cierta que tenemos segura esta partida. Vuestra Majestad, Dios le guarde, es rey católico por renombre, por ejercicio; justicia pido y desagravio. Los enemigos de mi marido son los de la corona de V.M. para su grandeza pequeños gozques, para el Duque valientes perros, pues no contentos con ladrar contra su reputación, han podido dar con él en una cárcel. Señor, el Duque de Osuna, que rompió al Turco, que venció y acorraló al Moro, que afrentó al Veneciano, que ayudó a castigar al Piamontés, que pasó la caballería de V.M., arbolados los estandartes, por los Estados del Papa, que ayudó al Emperador a recobrar los reinos de Hungría y Bohemia, que asistió a los Estados de Flandes con gente y dinero, que restauró la quiebra de la navegación de Filipinas con bajeles, armadas de artillería, soldados y marineros, es el preso, el apresado con nombradía de delincuente, de que ofendía a V.M. Los libres son los que habiéndose atrevido a quitar al virrey y llamar otro, reconocidos de su error y temerosos del castigo, buscaron calor para cubrirse en la fidelidad de tan gran ministro de VM. como es, y ha sido el Duque, mi marido. Si él ha delinquido en la lealtad que debe al servicio de su Real Corona de VM., coraje tengo yo y sangre, para con mis manos, si fuera lícito, quitarle la vida, o lo menos a los pies de VM. para procurar con el rigor de su justicia sacar esta mancha; no habiendo en esto falta, como es imposible que la pueda allanar toda la malicia humana, no hay en el mundo delito que merezca esta prisión; si debe el Duque, pague el Duque, que hacienda tiene él para que V.M. quede satisfecho, aunque a tan grandes reyes, las cuentas suelen ser, no de maravedies, que esta partida es fácil de averiguar, cuanto más, Señor que 20.000 hombres de guerra y tales facciones ejecutadas con ellos, no se hacen sin dinero; la providencia del Duque los ha sacado, no de la hacienda de S.M., sino de los despojos que sus enemigos han dejado en las manos de sus victorias. Vuestra Majestad tiene a sus pies una mujer, cuyos antepasados han acrecentado con su sangre mucho de su corona, y algunos de ellos dándole más hacienda y más vasallos que heredaron de sus padres los de Vuestra Majestad; merezca por ellos y por sí este desagravio, que como tan fiel vasallo de VM. siente le quieran hacer perder el ministro más importante para grandes cosas que tiene rey en el mundo, escondiéndolo y maltratándolo las naciones entre quien el Duque se ha puesto en tan aventajado lugar, sirviendo a VM., están a la mira el fin de esta prisión. Suplico a VM. se compadezca de nuestra sangre y casa, no esté tanto tiempo a riesgo de que la juzguen los émulos de su corona, conforme al dolor del castigo que VM. les ha dado por mano del Duque, mi marido, que ya este caso demás de tener en si tanta justicia, se entra por la puertas de la piedad y misericordia; y porque creo que el dolor de mi corazón me habrá hecho atropellar algunas de estas razones, suplico a VM. las vuelva a ver en este papel».

El extenso escrito presentado por la Duquesa al Rey no sirvió para nada y el pueblo que conocía las hazañas de Don Pedro acogió mal su caída. No se olvidaba que había gobernado en Sicilia durante cinco años, que la había limpiado de malhechores y que nunca había tenido la isla mejor gobierno.

Uno de los biógrafos del Duque escribió: «Hervíale la sangre al ser interrogado por la supuesta conjuración de Venecia, por la fábrica de naves y por haber tomado artillería de las fortalezas del Rey. Contestaba: «Yo no tengo puertos ni dársenas y en cuanto a lo galeones y galeras han quedado, como siempre fue mi deseo, al Servicio de S.M.». Y también: «Hiciéronle cargos que aún para un corregidor no era de sustancia cuanto y más para un gran señor a quien rodeaban los privilegios y ornamentos de virrey de Nápoles, que tuvo la reputación y autoridad de aquellos reinos, de aquellos mares de asombro y miedo de los enemigos.

De la casa de la Alameda fue trasladado a la casa de Don Iñigo de Cárdenas situada entre los dos Carabancheles.

Enfermo de gota y con fiebre alta, se le pasó a la llamada huerta del Condestable y por último a la casa de Gilimon de la Mota. La agitación de espíritu, el veneno de la envidia y de la ingratitud minaron aquel cuerpo fuerte, que murió, edificando con su serenidad a cuantos le rodeaban, el 24 de septiembre de 1624 sin que recayese sentencia sobre los cargos que se le habían formulado, ni hubiese entre sus más encarnizados enemigos, quien en conciencia creyese merecía aquella muerte.
Entre tantos desleales hubo un hombre noble y popular que nunca le olvidó: el poeta, novelista e historiador Don Francisco de Quevedo y Villegas, autor de «El Buscón» y de otras muchas obras. Quevedo acompañaría al Duque a Sicilia y Nápoles repetidas veces. Entendió de sus asuntos y en varias ocasiones se presentó en la Corte para defender a su amigo de los cargos que le imputaban. En el verano de 1613 le acompañó a las reuniones entre ministros de Nápoles, Milán y el Vaticano, referentes a la campaña que se iniciaba en el Piamonte.

Quevedo dedicó al Duque el siguiente soneto:

Faltar pudo su patria al grande Osuna,
Pero no a su defensa sus hazañas;
Diéronle muerte y cárcel las Españas,
De quien él hizo esclava la Fortuna.

Lloraron sus envidias una a una
Con las propias naciones las extrañas;
Su tumba son de Flandes las campañas,
Y su epitafio, la sangrienta luna.

En sus exequias encendió al Vesubio
Parténope, y Trinacria al Mongibelo;
El llanto militar creció en diluvio:

Dióle el mejor lugar Marte en su cielo;
La Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
Murmuran con dolor su desconsuelo.


Y sus triunfos los condensó en este otro:


Diez galeras tomó, treinta bajeles,
Ochenta bergantines, dos mahonas;
Aprisionóle al turco dos coronas
Y los corsarios suyos más crueles.

Sacó del remo más de dos mil fieles,
Y turcos puso al remo, mil personas.
Y tú, bella Parténope, aprisionas
La frente que agostaba sus laureles.

Sus llamas vio en su puerto la Goleta;
Chicheri y la Calivia saqueados,
Lloraron su bastón y su jineta.

Pálido vio el Danubio sus soldados,
Y al Mosa y al Rhin dió su trompeta
Ley, y murió temido de los hados.

Aparte de su valía profesional, algunos destacados marino sobresalieron por una cualidad aplicada a su manera de actuar, p. ej. la de Don Álvaro de Bazán, por la ejecución; la de Don García de Toledo, por la energía; la de Don Diego Brochero, por la organización y los Patiño y el Marqués de la Ensenada, por el pensamiento. El Duque de Osuna llegó a reunir las condiciones de estos ilustres próceres, sin que ellos ni otro alguno, antes o después, alcanzara a discernir mejor qué es marina militar, cómo se forma, para qué sirve y qué se aprovecha.

Las victorias del Duque son comparables a las de un Roger de Lauria, que llevó las armas de Aragón a todos los rincones del Mediterráneo. A las de Octavio de Aragón que, con solo ocho galeras, atacó a doce naves turcas, de las que apresó a siete, incluida la capitana; a la de Francisco de Ribera, que mantuvo a raya, con sólo seis naves, a las cincuenta y cinco del Sultán de Constantinopla y, más tarde, con sólo quince bajeles, retó e hizo batirse en retirada a la formidable escuadra veneciana, formada por no menos de cuarenta buques.

No obstante las batallas libradas contra turcos, moros y venecianos y las numerosas acciones bélicas en las que intervinieron el Duque y sus hombres, de las que he expuesto varias en este trabajo, las intrigas de la Corte abatieron la figura del ilustre y patriota. Su amigo y protegido Francisco dc Quevedo -el «bellaco de Quevedo», como cariñosamente le llamaba Don Pedro-, no dejó de rendir a su señor el homenaje de sus cálidos versos.

Con las naves que fueron de la escuadra del Duque, todavía durante algún tiempo navegó por los mares respetada la bandera española; mas no habiendo reemplazo ni guía, ni hombres, ni bajeles, muy pronto por negociación de los mismos venecianos, volvieron a salir las naves turcas de los riscos en que estuvieron escondidas, asolaron las costas de Pulla, entraron a saco en Manfredonia, perdiéndose la plaza, y como en anteriores ocasiones, pusieron el espanto y la desolación en todos los lugares por donde pasaban. Pero ya la escuadra del Duque no podía impedir tales desmanes.

Entonces, aunque ya seria demasiado tarde, llegó la hora de la justificación, que dicen hacía exclamar a aquel monarca que lo destituyó: ¡Si viviera Don Pedro Téllez Girón en el gobierno de Nápoles, el sí que les refrenaría los bríos!

Don Juan Téllez Girón, primogénito del tercer Duque de Osuna, contraería matrimonio con Isabel de Sandoval, hija del Duque de Uceda y nieta del de Lerma. Felipe IV le nombraría Gentilhombre de Cámara y Virrey de Sicilia.

¡Cuántos hechos curiosos nos descubre la historia!






 

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