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EL JARDÍN BOTÁNICO
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por Jesús Jaén
Serrano |
Desde los albores de la humanidad,
cuando el hombre se asentó como
agricultor,
siempre se ha tenido como un bien especial el poder aclimatar las plantas
que le servían, ya fueran para sus vestidos, su sustento o su salud. Este
conocimiento que ha pasado de generación en generación dio lugar a la
creación de huertas que de una forma específica se dedicaran a estos
menesteres y que sistemáticamente formaban parte de los conocimientos que
había que adquirir para ser reconocido como "galenos". En un
tiempo más cercano los árabes crearon unos jardines botánicos adjuntos a
sus escuelas de medicina, como el de Córdoba, allá por el año 900, o el
de Sevilla hacia el 1200. Asímismo esta tradición de las huertas y
jardines continuó en la edad media a través de la farmacopea que se nutría
para su desarrollo de las huertas existentes en los monasterios.
Posteriormente este saber pasó a las universidades para poder enseñar la
preparación de una pócima o un ungüento.
Casi al mismo tiempo los descubrimientos de nuevas
tierras, y en especial el de América, trajo a España muchas especies
desconocidas hasta entonces dando lugar a los llamados jardines de
aclimatación. Estos jardines eran los lugares donde reposaban las plantas
que se traían de las Indias hasta su traslado definitivo al jardín botánico
de Madrid, dando lugar al cultivo de algunas especies vegetales que se
extendieron bien pronto por toda Andalucía.
En
nuestra provincia, ya en 1788 se pensó en la creación de un jardín de
aclimatación en el puerto de Santa María como una ampliación del jardín
botánico del Real Colegio de Cirugía de la Armada, al no disponer este de
espacio suficiente para albergar la ingente cantidad de plantas que le
llegaban de América; posteriormente se creó en 1805 un jardín de
aclimatación en Sanlúcar y otro en San Roque dedicado a plantas
medicinales.
En nuestra Isla disponemos, desde el 30 de octubre de
1998 en que se inauguró, un jardín botánico que representa una
oportunidad única para el conocimiento y contemplación de nuestra flora y
la oportunidad de acercarnos a ésta en vivo, ya que por lo general se
encuentra muy dispersada o en lugares de difícil acceso; los objetivos a
cumplir por nuestro jardín son los siguientes: Representación de la flora
de la provincia, conservación de nuestros cultivos tradicionales, educación
ambiental y uso público.
Nuestro jardín botánico se encuentra situado entre la
calle Coghen y la avenida Pery
Junquera, con una extensión de 7.200 m2, ocupando parte del antiguo vivero
forestal que el ministerio de agricultura tenía en nuestra ciudad, ya que
el resto del terreno ha pasado a ser la avenida Pery Junquera, la
circunvalación de la carretera nacional y el vertedero de residuos o punto
blanco de reciclaje, como se denomina ahora, que existe entre ambas vías.
Este jardín, antes de ser vivero fue una huerta, de las muchas que existían
en la Isla, al que se accede por la calle San Ignacio a través de una gran
portada enmarcada en piedra ostionera con dintel corrido y unas margaritas
talladas en los capiteles de las columnas, quien sabe si como adorno o como
premonición de su posterior uso, once ventanas se abren a la fachada
principal.
Para poder cumplir los objetivos previstos se han
recreado las instalaciones de una huerta hispano-musulmana con sus albercas
y canalizaciones de teja y sus métodos de cultivo por debajo del nivel del
suelo para el ahorro de agua y el uso de setos para paliar los efectos de
los vientos y la humedad, consecuencia de todo eso es que el Botánico, como
conjunto, sea una reunión de jardines de diferentes características.
Traspasada la puerta nos encontramos con un camino de
tierra parecida en su textura al albero, pero de un color rojizo, y que nos
acompañará por todo el recorrido, en cuyos márgenes crecen pinos,
lantiscos o mirtos, tal como si nos encontráramos en las Canteras de Puerto
Real. Este camino desemboca en una plazoleta donde se encuentra reconstruido
un antiguo Invernadero que sirve de aula de conferencia para los
visitantes y donde se nos muestra en una gran maqueta las diferentes zonas
del jardín.
Rodeando este invernadero nos adentramos en el Jardín
de Aclimatación, homenaje a aquellos antiguos jardines que tanto bien
nos hicieron y de los que procede nuestro jardín; en él encontramos
multitud de plantas americanas y canarias, bien conocidas por nosotros y
cuya procedencia desconocíamos, como las banderitas de España o las
buganvillas y cultivos tan nuestros como tomates o pimientos, para poder
apreciar de una forma viva la importancia de los jardines en el pasado.
Separado de este jardín por un hermoso paseo plantado
con casuarinas, pasamos al Jardín Central en el que se ha
representado la vegetación de la provincia. Está formado por dos terrazas
a diferente nivel y separados por muros de piedra ostionera con una rampa
central. Cada una de esas cuatro partes está dividida en seis partes,
quedando un conjunto de veinticuatro cuadros regulares; ocho albercas de
riego y doce canales de teja sirven para la distribución del agua entre los
parterres. Su contenido es de lo más variado, pues van de lo más seco a lo
más húmedo, pudiendo observar, en las filas exteriores, del matorral a la
vegetación asociada al agua, y así podemos pasar del romero a los helechos
y de los acebuches a los pinsapos, madroños o fresnos.
La parte central de este jardín se ha reservado para los
cultivos tradicionales, tanto de huerta como industriales, y así podemos
contemplar desde las coliflores hasta el trigo o el maíz. Los árboles que
encontramos en esta parte son frutales como limoneros, almendros, nísperos,
etc.
Al final de la rampa nos encontramos con un nuevo jardín,
es el llamado Jardín de la Bahía. Aunque estamos en febrero el sol
se hace notar y es una alegría poder pasear bajo las sombras de un ficus
que recuerda a los de La Alameda de Cádiz, o bajo la de los llamados
laureles de India como los de la Glorieta; todo eso con los naranjos,
limoneros, palmeras, rosales, jacarandáes o buganvillas que nos acompañan
con sus frutos y flores como los que podemos encontrar en cualquier parque,
jardín o avenida de los pueblos y ciudades de la bahía.
Regresando hacia la parte superior del jardín a través
de un sendero paralelo al central nos encontramos con la parte más extraña
de nuestro botánico, la Rocalla de Solana; un jardín que no
habíamos visto al estar oculto por los pinos de entrada. Se parece en su
forma a un teatro romano semicircular con una especie de mirador donde se
nos quiere mostrar la vegetación que se produce en las partes rocosas y
soleadas de nuestra provincia. Al pie del citado mirador podemos observar
una marisma mareal como las que rodea a nuestra Isla y que
encontramos al pasear por la Casería o por el Zaporito. Un sistema de
control de agua permite inundar esta parte de una forma periódica como lo
harían las mareas en la naturaleza.
Regresamos un poco cansado buscando el frescor de la
noria y albercas que suministran agua a todo el Botánico cuando, traspasado
el invernadero, nos topamos con la zona más húmeda de nuestro jardín, la Rocalla
de Umbría; el musgo que se extiende sobre las rocas y el verdor de los
helechos, los laureles, pinsapos o rododendros son algunos ejemplos de las
singularidades botánicas que nos podemos encontrar; están representando la
vegetación de los canutos y gargantas de nuestra sierra.
Nuestro jardín está abierto a todos siendo una delicia
el solo hecho de pasear entre sus plantas; pronto será la época del año
en la que los escolares de la Isla realizan una visita a nuestro Jardín Botánico
para poder observar y comprender de una forma práctica lo que la naturaleza
y el hombre ha regalado a nuestra tierra; que todos nosotros pequeños y
grandes, hombres y mujeres sepamos apreciarlo y engrandecerlo.
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