Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Tenemos por costumbre señalar y celebrar, siempre el mismo día de cada año, los acontecimientos de nuestra vida más significativos: el día en que nacimos, el día de la boda, el día de nuestro nombre, el día del padre, de la madre, el dedicado al patrono de nuestra profesión, de nuestra ciudad, de nuestro país, el día en que muere un año y nace otro, el día de los enamorados, el de la Virgen, el del Señor, el de los muertos, etcétera. Son las fechas de nuestra vida, las de nuestra tierra, las de nuestra familia, las de nuestro credo. Son las fechas que marcan el sentido de los sucesos de nuestra existencia. Señalamientos y celebraciones absurdas teniendo en cuenta que el tiempo no es cíclico sino lineal. Ciertamente cada día es distinto del anterior y todos los días son nuevos. Así, desde el día 31 de diciembre al 1 de enero no pasa un año, sino un día. Yo no voy a nacer otra vez el día de mi cumpleaños. Mis padres son mis padres todos los días y no necesitan una fecha para serlo. Por otro lado, Dios es eterno y no tiene preferencias temporales. Lo único cíclico que hay en la vida es el deambular de los cuerpos astrales por el vacío y los fenómenos que se ven afectados por esta circunstancia, a saber: los cambios de la bóveda celeste, el paso de las estaciones y los consiguientes ciclos de la vida natural (nacimiento, madurez, vejez y muerte aparente de vegetales y animales).

El hombre, a Dios gracias, no es del todo un ser natural. Hace tiempo que la sexualidad no se rige por períodos de celo, que la dieta no está definida por la temporada, que la actividad no está dirigida por los ciclos circadianos (día y noche). Hacemos lo que queremos, no lo que nos toca según el ciclo de natural. Como decía el maestro Ortega y Gasset, "el hombre no tiene naturaleza, sino historia". Sin embargo tenemos grabado en alguna parte de nuestra psicología lo que bien podría llamarse "el sentido del ciclo", parecido al sentido del ritmo pero para períodos de tiempo relativamente grandes (una semana, un mes, un año, una década... y cómo no, un día), el cual convierte la línea del tiempo en un círculo que empieza donde acaba y acaba donde empieza, siendo esta paradójica característica la receta de la finita eternidad y del continuo renovarse del tiempo que en él se contiene. Tal sentido que nos lleva a plantear en forma cíclica lo que no lo es de por sí, a saber, la vida humana, que en realidad es resultado de una lineal creación "diaria". La tendencia a aferrarnos a ciclos ancestrales supone y establece que todo lo nuevo es siempre la recreación de una serie de sucesos originales que dan sentido al presente y lo predeterminan en gran medida. Es como si el tiempo actual no tuviera entidad propia y hubiera de tomarla de una especie de tiempo original que guarda todo posible significado de todo suceso por venir. Además de los significados, también viven en él las fuerzas que moldean la existencia, los creadores del sentido, los padres de todo: Dios o los dioses, los héroes, los fundadores de una estirpe, de un pueblo, de una raza o de todo un género. Se piensa, de acuerdo con esta cosmovisión, que nada nuevo puede venir a la existencia sin la intervención maravillosa y magnífica de quien creó en el tiempo de los orígenes. Así, cuando nace un niño/a es un regalo misterioso del creador y cada año que pasa a partir de esa fecha es algo más que el mero recordatorio de que estamos misteriosamente vivos, que no existimos desde siempre. Es, para quien posee este sentido del ciclo, un literal renacer otro año más desde la nada, la repetición de lo que sucedió el primer día de nuestra vida y el primer día de la humanidad. Es un literal renovar lo que no es nuevo, casi un volver al principio, un relativo partir de cero.

Evidentemente no todos tenemos este sentido del ciclo, pues tal sentido es propio de la mentalidad mitológica, siendo la mayoría de nosotros herederos de una tradición básicamente racionalista, a saber, la que empieza en Tales de Mileto y continúa con Galileo hasta nuestros días. Sin embargo todos nosotros seguimos celebrando las fechas señaladas. Lo hacemos porque este sistema es óptimo para mantener vivo el recuerdo del pasado y porque de algún modo tenemos que organizar los períodos de vacaciones y establecer las fechas de las reuniones familiares. Aunque profanamente vivamos el tiempo de forma lineal, los ciclos se mantendrán por siempre en la sociedad civil porque son funcionales. La religión los toma en serio, los supersticiosos también. Los ateos y agnósticos no. En cualquier caso todos aprovechan las efemérides para hacer presente un pasado que, de otro modo, se perdería en el olvido.

Es perfectamente posible, sin embargo, vivir al margen de los ciclos que determina la tradición. Hay quien toma sus vacaciones en períodos no convencionales, quien no celebra su cumpleaños, quien no ve nada especial en la navidad o la Nochevieja y quien no se viste un poco mejor los domingos. Hay quien es apático o incluso antipático a todo eso, quizás guiado por el interés de mostrar a los demás que nada sagrado hay en las fechas socialmente señaladas. Pero este modo de comportarse tiene muchos inconvenientes: en primer lugar es antisocial, pues no sólo te quedas aislado de la movida general sino que le estropeas a los seres queridos sus ganas de celebrar las fechas importantes; en segundo lugar es triste para uno mismo, pues a nadie le gusta que todo sea siempre igual y es necesario romper de vez en cuando con la rutina y, a poder ser, como dije antes, acompañado por quien más queremos; en tercer lugar, es necesario reservar una serie de momentos en la vida para pensar en lo que pasó, para bien o para mal, y plantear lo que deberá pasar porque sea inevitable o porque trabajaremos para que ocurra; y en cuarto lugar es necesario que dediquemos regularmente algún tiempo a ver a nuestros seres queridos, convivir con ellos, hablar con ellos, sea poco o mucho, resultando esto sumamente complicado si no adoptamos una serie de fechas prefijadas y obligadas para ello.

En conclusión, amigo lector, mintamos piadosamente y celebremos lo que no es celebrable, pues más importa ser buena persona que bien pensante, y no falta a la verdad quien dice mentiras piadosas y antepone el interés humano a la realidad de las cosas.
 






 

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