Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Rafael, apoyado en su bastón elegante con mango de marfil, había tenido que juntar esfuerzos afectivos y desterrar silencios largamente acumulados para abordar a Josefa a la salida del desayuno.-No estamos solos, Josefa, únicamente algo cansados...

El sol tímido de aquel invierno apenas calentaba el amplio porche acristalado de la Residencia Los Abetos. Un olor de viejas soledades hacía juego con las hortensias que languidecían en los maceteros de piedra de las cuatro esquinas del recinto.
-¡Qué cosas tienes, Rafael!

Josefa se alisaba nerviosa la falda azul marino a juego con un conjunto algo gastado de rebequitas de punto en celeste claro. Un pañuelo coqueto y rojo resaltaba sus labios primorosamente dibujados que aquella mañana se había pintado, excepcionalmente, para el desayuno.

Siempre le había gustado desayunar sola en aquella mesita medio retirada del rincón oeste de la terraza acristalada, allí donde los pájaros, al otro lado de los cristales llorantes, jugaban a ser libres en las ramas peladas de los álamos del jardín.
-Pero, Josefa, mujer, nosotros somos totalmente libres y no hacemos mal a nadie...

Al poco de llegar a Los Álamos, hacía ya unos seis meses, Rafael comprobó que su decisión, aparentemente voluntaria, no había sido especialmente afortunada.

No, Los Álamos no era un lugar donde poder aparcar la muerte de Esperanza, ni las ocupaciones paroxísticas de Juan y Ana, ni el glaucoma o la insuficiencia respiratoria crónica de años de tabaco.

En esos meses había notado, como nunca, cómo la voz se iba apagando dentro de su cuerpo y un olor a naftalina y a vejez irremediable se le metía por todos los poros de su alma cansada. Un sentimiento de presencia indecente le acompañaba en los días eternamente largos y repetidos de la Residencia.

-¿Y para qué, Rafael, para qué nos sirve?

Josefa miraba con pretendida desidia a la nube de humo que salía de su cigarrillo mañanero. Siempre le habían hipnotizado aquellas nubes caprichosas que se dispersaban en el aire rancio de la sala, pero ahora aquella magia representaba, además, la rebeldía victoriosa de aquel cigarrillo hurtado al control insensible del médico de la residencia que se lo había prohibido olvidando que el tiempo sólo era un caballo a punto de la meta.

Dos matrimonios frustrados y una maternidad no estrenada involuntariamente le habían conferido una libertad que ahora no estaba dispuesta a redimir, ni siquiera después de sus dos episodios de infarto o de su artritis reumatoide deformante.

-No sé, Josefa, a lo mejor descubrimos otras emociones...

Y lo dijo mirando con sus ojillos picarones desde la altura de una postura medio encorvada hacia la mesa de Josefa. Enseguida se dio cuenta de que necesitaba enderezarse lo más posible para que su figura no pareciera ridícula a los ojos de su contertulia. La ciática llevaba unos cuantos días rondándole la pierna derecha, pero consiguió, con cierta gracia y esfuerzo, recomponer una postura medio altiva.

Los ojos de Josefa seguían absortos en el humo de su cigarrillo, y los suyos empezaban a llenarse de ese líquido abundante que le llegaba sin esperarlo siempre que comenzaba a emocionarse. No quería sacar el pañuelo y secarse las lágrimas porque temía que éste no estuviera lo suficientemente limpio y planchado.

Estaba tan emocionado que comenzó a sentir un extraño hormigueo que le bajaba por el hombro hasta la mano izquierda.

-Al final me vas a convencer, picarón...

Le temblaban las rodillas como aquella vez que le anunciaron que estaba embarazada, unos meses antes del aborto. No era mal mozo -pensó Josefa-, mientras intentaba observar a Rafael a través del humo del cigarro. Notaba que los ojos de Rafael estaban clavados en sus ojos, y su sonrisa se convirtió en un arcoiris de promesas y aventuras.

Hacía mucho tiempo que las horas se dejaban pasar con esa laxitud indiferente de relojes apagados, y ahora sentía que, como no había experimentado desde hacía mucho, el corazón le golpeaba con una fuerza desconocida. Siempre había marcado rutas novedosas, y sólo pensar en la idea le hacía cosquillas en los entresijos de su corazón gastado y perezoso.

-¿Esta noche, Josefa?

-De acuerdo. Esta noche a las 11, después de la cena...

La noche fue tan noche como todas las noches de todos los últimos meses de Los Álamos: silencios largos y voces quejumbrosas adornaban la salita de la tele donde los residentes seguían matando el tiempo para olvidarse de la vida.

A la mañana siguiente una noticia de segunda fila adornaba una esquina de algunos diarios matutinos:

"Dos ancianos, de 92 y 90 años, han desaparecido de la residencia de la tercera edad Los Álamos, sita en el término municipal de Collado Villalba.

El responsable de la residencia no acierta a explicarse cuáles han podido ser los motivos de tan extraña ausencia, según ha declarado a este periódico, mientras ponía los hechos en conocimiento de la policía..."






 

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