Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Juan Mena, que lleva ya -afortunadamente- bastante tiempo acompañándonos como poeta desde las páginas de Arena y Cal, ha decidido recopilar toda su publicación en verso bajo el título El río que no se vuelve ni se para. Sesenta y cuatro sonetos, los que nos ha ido dejando mes tras mes desde 1998 a 1991, dan forma al libro.

La vida, ese gran río que nos va llevando, es el eje argumental, y Mena, que sabe de sus corrientes, del dolor y del caos que a veces arrastra su caudal, nos hace partícipes de esa gran tristeza en que se convierte con frecuencia nuestra cotidianidad. Porque, no cabe duda, los poemas de este libro no están exentos de amargura ante el hecho de vivir. «Igual que el toro sale al ruedo,/ vamos a la arena caliente de la vida.» La alegría es siempre efímera, nos dice, los temporales tremendos, los recuerdos aniquiladores, el paso del tiempo implacable. Apenas parece haber asideros a los que agarrarse, más aún cuando la maldad del hombre te atrapa y no deja resquicio a la esperanza. Al poeta sólo le puede restar envidiar a la roca fuerte, desafiante de tempestades.

Pero el poeta se aferra a la vida, quiere desoír las voces de muerte, de ahí que nos obligue, que se obligue él mismo, a sobrellevar la existencia. Y para ello siempre hay caminos. Los caminos que conducen a la salvación para Juan Mena son: el olvido, la belleza, la soledad, la poesía, la imaginación y la ilusión. Él, que pretende llegar a ser él mismo, ansía arrancarse, como Bécquer, la memoria: no recordar es siempre bueno. La multitud zarandea demasiado y le impide ser feliz. En su interior, sin embargo, habitan la poesía y la soledad, esos maravillosos desposados. «Oh, soledad, esencia de los seres, /(...) / toda mi vida está justificada / si aceptas el anillo de mi verso. «Él sabe que sólo esgrimiendo sus propias armas será capaz de abrazar la Belleza, la que le hace enmudecer por ejemplo ante una bandada de pájaros o una atardecer: «Belleza, tú eres, sola, mi camino».

Efectivamente, nuestro autor, ante la experiencia del vivir sólo requiere su aislamiento, y, por qué no, el consuelo del mar: «sé atril confidencial de mis consuelos». Al fin y al cabo él es poeta, y reconoce que siempre hay un algo inefable, indestructible y destructor de la muerte, o al menos así lo quiere presentir. De otro modo, cómo ir tras la ilusión, siempre mejor que la verdad. La ilusión, sólo ella, puede restituimos la risa o la sonrisa: «Porque la vida es ilusión y olvido / y tan sólo la belleza que he vivido / me cura del pasado irreparable». «Resucitar al niño que hemos sido /(...) echar un bello velo / sobre todo lo absurdo y lo sufrido / y tener la ilusión como consuelo»: ésa es la apuesta de Juan Mena, de este soñador de mundos mejores, para poder sobrevivir en este «río que no vuelve ni se para».

Sonetos perfectamente construidos dan cuerpo a todo este complejo entramado argumental. El estilo en Juan Mena, en éste como en todos sus libros, es impecable. La metáfora vuelve a ser brillante y magnífica, poderosa en cada uno de los poemas. La anáfora, el paralelismo, el encabalgamiento, la anadiplosis... juegan verso a verso a zarandearnos por dentro y a sentir lo que es un poemario hecho a base de sinceridad y gusto artístico.

Sólo me queda felicitar de corazón a este enorme poeta, que sabe hacer de su vida, de la poesía, y de la belleza, prácticamente la misma cosa.









 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep