Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Tengo que confesar una vez más la debilidad que he sentido desde mi más tierna infancia por los animales de compañía, muy concretamente por los perros - aunque también aprecie a los felinos-. En los primeros años de mi vida tuve un hermoso perro llamado «Melquiades», que, como podréis imaginar, me hizo muy feliz. Este inteligente animal me acompañaba todos los días al colegio e iba a recogerme, desde luego la distancia era corta. En aquella misma época tuve un gato que atendía por «Periquito» y hacía muy buenas ligas con el perro. Por circunstancias que no vienen al caso, en mi adolescencia me vi obligada a cambiar de casa y familia, y éstas no querían nada con dichos animales, por lo que tuve que prescindir de ellos en un largo espacio de tiempo. Hasta que un día me casé enamorada y el hombre de mi vida, que también sentía ilusión por ello, me trajo a casa mi primer perrito, al que le pusimos de nombre «Pinqui». A partir de ese debut perruno conyugal, en mi casa nunca faltó «el mejor amigo del hombre» y, por supuesto, de la mujer.

Mi relato hoy va dedicado al recuerdo inolvidable de una de mis perras llamada «Nela». Era pastora alemana con pedigrí, bellísima, inteligente, pero tremendamente traviesa, hasta el punto que algunas de sus diabluras quedaron plasmadas en mis versos. Hoy, evocándola, hago acopio de una historia que ha provocado más de una sonrisa, tanto en niños como en mayores.

La acción se desarrolló en la chiclanera playa de la Barrosa. Y en este maravilloso lugar organizó un numerito mi traviesa perrita «Nela», que me dejó al perseguirla casi con la lengua fuera... Resulta que paseaba por la rubia orilla un señor con tres o cuatro niños -que me imagino serían sus hijos-, todos cogiditos de la mano, el más pequeñín llevaba una toalla arrastrando. Mi «Nela» cuando vio aquel pedazo de felpa, que para más llamativo era rojo, a tan poca distancia de su boca, quizás pensó para ella que la estaban toreando, y en un inevitable arranque «taurino» se fue derecha hacia el «trapo». Los niños y hasta el papá, ninguno levantaba un palmo, podía decirse, sin mentir, que eran todos en conjunto una «familia de enanos». Cuando vieron que la perra se les iba acercando, el miedo -no hay duda que fue esto- hizo que empezaran a girar todos aterrorizados. Yo, naturalmente, me uní a la «reolina» por tratar de cogerla por el rabo, pero perra y perseguidos corrían todos como verdaderos gamos. Para mí no fue tan fácil, porque no veáis las vueltas que, con ellos al «ruedo», estuvimos dando. Al final fue mi marido quien dio fin al espectáculo, y menos mal que estaba él allí, porque yo estaba ya para el «arrastre», y lo peor de todo, sin saber cómo iba a terminar el episodio. Cuando mi marido tuvo sujeta a la perra por el collar, sin ofrecer ningún peligro para nadie, entonces el papá de los críos, envalentonado, cogió no sé de dónde, un pelote tremendo que casi no le cabía en su pequeña mano, y se vino hacia nosotros como un «trompo» dando saltos. Con la voz encolerizada y con la mano en actitud agresiva ya en alto, dijo en un tono bien fuerte: -a esa hija de la gran «puerta», ¡yo la mato!, como me llamo Curro, ¡que la mato! Ante la amenaza me puse delante de mi perrita para evitar que impactase sobre ella, pero claro, al lanzar la enorme piedra me corrí hacia un lado, pues mi amor no era tan exagerado como para dejar que me rompieran un hueso... y mira por dónde, la piedra hizo diana en uno que estaba tranquilo tomando el sol boca abajo, y para colmo, con la cabeza tapada para protegerse de los rayos solares con una hermosa hoja del Diario de Cádiz, y le vino a dar -menos mal que de rebote- en uno de los callos del pie derecho. El pobre hombre, con un grito de dolor se levantó cojeando, de inmediato, se fue para el agresor soltándole algunos tacos... ¡Dios mío lo que se armó!, esto francamente no es para contarlo. En esta «tragicomedia» de inmediato reñimos mi esposo y yo, sobre todo él, que nunca quiso llevar a la perra a la playa, porque la conocía, pero las mujeres somos tremendas cuando se nos mete algo en la cabeza... y bien que lo estaba pagando con el numerito. Los niños, todos llorando, el público naturalmente se reía a «mandíbula batiente», mi perra seguía a placer ladrando, el del «callo» y el «Tarzán» llegaron hasta las manos, ¡qué tardecita de playa! ¡Vaya tela de verano!

Esta perrita tan simpática e inteligente murió a los once meses de «moquillo», pese a estar vacunada. En los últimos momentos de su agonía, que aún me hace llorar al recordarlo, me inspiró el poema «Ilusiones rotas», que figura en mi libro «Realidades», y que hoy me permito ofrecéroslo. Y para que comprendáis los últimos versos, os aclaro que yo no he tenido el placer de ser madre, ¡ah!, también os diré que en aquella época tenía a mi querido perro «Bronco», también pastor alemán, y precisamente nos hicimos de «Nela para cruzarla con él.


ILUSIONES ROTAS

¡Ay! «Nela», ¿por qué me has hecho esto?
Once meses tan solo
me has dado de alegría.
Yo que te imaginaba
criando a tus cachorros,
viendo cómo la casa la llenabas de vidas;
haciendo a «Bronco» un padre satisfecho
por ver tanta belleza en vuestras crías.
Hoy en tus ojos tristes,
en esos lindos ojos
que me miran, ansiosos, suplicantes,
veo que me quieres dar la despedida.
-Nela, aunque quisiera
yo no puedo salvarte,
sólo espero un milagro del de «Arriba».
Te vas inocente y virgen,
has sido bullicioso
torrente en nuestras vidas.
Mis ilusiones otra vez fallaron,
y me muerdo la pena
para que algunos no se rían,
¡como si quererte a ti no fuese humano.
Me rindo a la evidencia del fracaso,
a la triste ironía;
ni perra ni mujer
fertilizaron.
En mi casa,
¡se pierden las semillas!







 

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