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Argentina, por su extensión, situación geográfica y recursos naturales, ha sido durante siglos una nación rica y próspera, una ubérrima región de la que Warren Harding, presidente de los EE.UU., cuando recorriera sus extensos e inacabables campos de cultivo en 1922, dijera que era «la cesta de pan del mundo».

Su producción agrícola y ganadera, a lo que se unió el descubrimiento de importantísimos yacimientos de petróleo -primero en la ciudad de Comodoro Rivadavia, en 1907, y que andando el tiempo se ampliaría a casi toda su extensión hasta el extremo de que algunos geólogos dijeran que Argentina flota sobre un mar de petróleo-, eran los pilares sobre los que se sostenían una saneada economía y una prosperidad en la que sólo había lugar al más prometedor de los futuros.

Hasta que le crecieron los enanos en forma de dirigentes.

En 1946, el 26 de febrero, con la ayuda de su futura mujer, Eva Duarte, el ínclito General Perón ganó las presidenciales y se instaló en el poder. Durante nueve años (dimitió el 31 de agosto de 1955, aunque luego volvería en 1973) ejerció una política semidictatorial que no convencía ni a unos ni a otros, pero que logró mantener gracias a la gran influencia que Evita ejercía sobre las masas. El general, imponiendo una política de financiación industrial a costa de la agricultura (en un país que, desgraciadamente, no destaca por recursos mineros, ya que estos son escasos y situados en lugares de difícil acceso), consiguió ilusionar al país con un falso espejismo de prosperidad que le llevaría a la deuda externa y a una inflación galopante (1953) jamás conocida ni aún sospechada por los más pésimos catastrofistas.

Argentina no consiguió superar la calamitosa actuación de sus dirigentes y comenzó una apabullante escalada en los números de su deuda externa. A su desesperada situación de los últimos cincuenta años -y visto que a los poderes y capitales del Gran Imperio nunca le interesó invertir en un vecino / competidor- acudieron prestos y solícitos los grandes de las finanzas españolas. Y entre dirigentes y banqueros, entre buitres y carroñeros, poco tardaron en secar las fuentes de las otrora ubérrimas ubres de la saludable y argéntea moza trasatlántica.

Hoy, yo y muchos millones de españoles, lloramos por ti Argentina. Porque tu pueblo, trabajador, noble y mártir, está sufriendo en sus carnes las crueles dentelladas de tantísimo hijodeputa.

Pero no perdáis las esperanzas. Argentina volverá a ser la gran Nación que siempre fuera. El mal termina por destruirse a sí mismo...








 

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