Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Era noche cerrada. En el cielo chisporroteaban las estrellas y el frío quedaba compensado con el calor de la cama, recién abandonada, que aún conservaba nuestro cuerpo.

Pertrechados con lo estrictamente necesario y sabedores de nuestro delito nos acomodamos en el viejo Land Rover que nos llevaría al cazadero. Tom conducía en silencio (es hombre de pocas palabras) y yo, como él, sin decir nada. Oteábamos los alrededores buscando entre las sombras la pieza codiciada. Los carriles polvorientos nos adentraban en el bosque que parecía abrirse a nuestro paso y, lentamente, ascendíamos entre abetos sin darle tiempo al amanecer.

Cuando ocultamos el coche y, pie a tierra, nos dispusimos a conquistar los dominios del urogallo, el cielo comenzaba a clarear aunque a nosotros nos siguiesen cobijando las oscuridades del bosque. Tom caminaba lento, parsimonioso, con avances ensayados que yo seguía a un metro escaso, pisando donde él pisaba, con su mismo ritmo, con las mismas cadencias. Al poco se detenía y escuchaba, y yo también. Volvía a andar y yo le seguía, escuchaba de nuevo y yo prestaba atención. Como provistos de un filtro mágico ignorábamos los sonidos del bosque que no nos interesaban (la brisa en las ramas, el leve crujir bajo nuestros pies...) sólo atendíamos al canto del urogallo.

Al rato le oímos. Tom me hizo una seña con un leve movimiento de su mano y yo miré de reojo a la escopeta para asegurarme de que estaba montada y dispuesta. Posé un dedo sobre la pequeña palanca del seguro y mi corazón se aceleró hasta lo indescriptible. Cantaba. Calló y nos detuvimos. Volvió a cantar y, tras sus cantos, se hacía de nuevo el silencio que nos paralizaba. Unos segundos después le teníamos localizado. No sabíamos en que árbol ni en que rama, pero el lugar estaba acotado, entre él y nosotros no había más de ochenta metros. Quedamos inmóviles, silenciosos y expectantes. Yo le imaginaba, le sabía negro, con destellos verdes que lucían en su plumaje. El pecho y el cuello hinchados de amor y de deseo, cantando al monte sus ansias, su celo, con los ojos ciegos y la cabeza erguida, encaramado sobre la rama de su abeto escudriñando los alrededores, aireando su breve canto, callando sus largos silencios. Tom me hizo un gesto y dirigí mis ojos hacia el lugar que él me indicaba. Aún estaba lejos. Unos pocos cantos más y le tendría a tiro. Detrás de él el cielo, una incipiente luz que dibujaba su silueta. Me encaré el arma. La bola del cañón parecía atravesar su pecho y alcé la cara para verle regio. Para verle morir.

Qué inexplicable error, qué novatada. Ese leve movimiento, ese incontrolado deseo de verle, ese querer contemplarle al morir, fue su salvación. Debió sentirse indultado cuando los perdigones azotaron la copa de su trono y voló ruidosamente para seguir viviendo.

Otras veces he vuelto al cazadero, a ese y a otros, pero en ninguna de esas ocasiones he llevado un arma. Aún le oigo cantar, aún le veo volar despavorido, mudando el hogar, flirteando con otras gallinas desde otras ramas, quizá más pendiente de los cazadores, quizá más atento a nuestros pasos lentos y silenciosos, pero sobre todo le veo vivo y me alegro. Soy fiel a mi juramento, tuve una oportunidad y fallé.

El urogallo merece vivir.





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep