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Es el mal de moda en nuestro siglo, la corrupción... ¡Entre muchos otros, por supuesto! Coger la prensa a diario y leer de aquellos que se enriquecen apropiándose de lo que iba destinado a otros, o que hacen uso del poder de su cargo público para obtener intereses privados, es algo habitual. Cuando más posibilidades hay, para casi todos los habitantes del occidente desarrollado, de acceder a la educación, a mejores puestos de trabajo y, por tanto, a una mejora de su economía, más son los casos de ciudadanos corruptos que abusan de su situación y empobrecen o destruyen al que está por debajo de ellos. Todas las proclamas socialistas que muchos empuñaron durante largo tiempo defendiendo la igualdad para todos, con el fin de conseguir una sociedad más justa donde vivir, han quedado por los suelos. Las palabras de aquellos utópicos manifiestos que perseguían la justicia para todas las clases sociales se han quedado vacías. Cuando se ha conseguido casi destruir la oligarquía aristocrática que heredaba incomprensible e injustamente la riqueza o el poder, aparecen otras nuevas basadas en el poder monetario.

La lucha de los tiempos modernos es por conseguir alcanzar dinero, al precio que sea, hasta pisoteando a los que encontramos en el camino. Nos subyuga su poder. Que hay que facilitar la entrada de un cargamento de drogas, a pesar de que trae la muerte y el tormento para muchos inocentes, pues da igual; que hay que apropiarse de un dinero que va a aliviar el dolor de los que malviven en el mundo, pues da lo mismo.

Y la próxima meta en el más cercano futuro, la globalización, o cómo avivar las ansias de riqueza de los más poderosos a expensas de los escasos recursos de los más pobres. Lo factible en este mundo es la globalización económica aunque haya quien sueñe con una ética global.

Siempre nos queda la paradójica justificación de asegurar que "somos humanos". Debe ser la misma disculpa que han dado los oligarcas que han abusado de su poder durante toda la historia, aunque ellos lo defendieran más por razones sanguíneas parece que nos corre a todos la misma mala sangre.

Y resulta muy triste, pero es justo hacer hincapié en lo de humano, porque la parte animal o instintiva que nos toca no llegaría a tanta ruindad.






 

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