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Sí, eso dice la gente. Será que así fue. También se dice que la gente de antes era mejor que la de ahora, que tenía más valores, que era más trabajadora, más educada, más decente. La gente de ahora, en cambio, somos unos vividores, unos libertinos. Gente que nos divorciamos, que abortamos, que nos creemos con derecho a todo pero sin asumir obligación alguna. Los de antes, aunque más pobres, sí que eran hombres y mujeres como Dios manda, gente decente, gente de palabra, gente de familia, gente cristiana. Y digo yo que si todo esto es verdad, está claro que aquella época tuvo que ser una delicia y que ésta es un asco. Y la culpa, dicen, es de los socialistas. Muchos, sin embargo, defienden que ahora somos más libres que antes, que tenemos más dinero y comodidades, y que en esto se ha ganado una barbaridad. Evidentemente esto nadie lo niega; sí , en cambio, el razonamiento según el cual a más libertad y más dinero, más bienestar. Antes no había tanto niño borracho ni tanta delincuencia ni tanto ruido ni tanto paro ni tantas prisas ni tantas necesidades ni tan poca educación. Estos son, no lo dudemos, suficientes motivos para echar de menos una España que tampoco era ningún paraíso -si es verdad lo que dicen-, pero que era más habitable que ahora y hasta parece que llovía más.

En efecto, hoy en día la gente está muy amargada, estresada y desilusionada, siendo fácil, entonces, engatusarse con un recuerdo optimizado del tiempo en que todo era más sencillo y más sano. Aunque las apreturas que impuso el franquismo eran algo asfixiantes para algunos, las holguras de la democracia nos han llevado a un estado de cosas intolerable para cualquiera. Parece que hemos saltado de la sartén a las brasas y que ahora, bastante tiempo después, es cuando nos damos cuenta.

Yo diría que quien tales ideas alberga exagera un poco. Me parece que hoy vivimos mejor en muchos y significativos aspectos. Los avances en medicina bastan por sí solos para preferir esta época a la otra. Pero es que además han mejorado la dieta, las comodidades, la cultura del ocio, el acceso a la información, la posibilidad de viajar... ni siquiera los pobres de ahora son tan pobres como los de antes.

Siendo esto que digo verdad, da que pensar que se eche de menos la España de Franco. Parece ser que no bastan los logros de nuestro tiempo para compensar la tranquilidad de antes. Como digo, cada vez más gente piensa que la anterior situación era más habitable que la actual. Esto es grave. No ya sólo de cara a nuestro futuro, cada vez menos ilusionante, sino fundamentalmente por nuestro presente, que, después de todo, es lo que tenemos y lo que somos.

Ante esta situación, lo primero que uno se plantea es de quién es la culpa. Los resultados de esta averiguación deberían servir para tres cosas: uno, para la corrección de un presente que se muestra insatisfactorio para quienes lo habitamos; dos, para la prevención de un futuro peor que el presente; y tres, para la planificación de una sociedad decente.

Pues bien, en respuesta a la pregunta del párrafo anterior, me parece que nadie puede negar que la cosecha que ahora recogemos fue sembrada por nosotros mismos. No fue Felipe González quien nos hizo como somos, ni fue la democracia, que no es más que una potente lupa en la que las sociedades encuentran sus defectos. No fue el dinero, que no corrompe sino a los corruptos. No fue la libertad, que no es mala cuando hay buena gente. No fueron los extranjeros con su ropa, su droga, sus mafias o su clandestinidad. La culpa es tuya y mía y del otro, que somos los personajes y autores de la historia que nos toca vivir.

Dicen que con Franco se vivía mejor. Se dice porque es muy cómodo y seguro hacer de oveja del rebaño, echarle las culpas al pastor de lo que nos pasa, para bien o para mal, y dedicarse a pacer con la vista clavada en el suelo. Sí, eso es lo que hacemos todos cuando abandonamos a terceros nuestra responsabilidad sobre lo que nos pasa. En vez de esto, deberíamos reconocer nuestra mayoría de edad, pues ya va siendo hora de aprender a vivir sin tutores, sin pastores, sin profetas, sin chivos expiatorios. La culpa no es de Felipe González, y Franco no dio a los españoles paz. Somos nosotros los responsables de lo que nos pasa. Pero entonces ahora hay que explicar qué nos ha pasado para llegar a tener lo que tenemos, dónde perdimos el rumbo, en qué punto nos desviamos de la buena vida para acabar en esta situación que hoy vivimos.

La respuesta que mucha gente ofrece es que hemos pasado de un extremo a otro, que antes había demasiada disciplina y ahora demasiado poca. Cuando la gente habla de "disciplina" se refiere generalmente a una intervención exterior al individuo que hace que éste se comporte de acuerdo a lo que se espera de él. Parece que el problema de la indisciplina desaparece con "mano dura", que es lo que mucha gente pide hoy en día. La gente quiere que se le controle y se le obligue a ser buena o, al menos, a comportarse como tal en público. Al resultado de tal coacción se le denomina "urbanidad".

En cambio, durante los primeros pasos de la democracia se pensó que el valor principal debe ser, antes que el orden público, la libertad. Todos los valores, incluido el de la disciplina y la urbanidad, deben nacer de aquí. Si soy un buen ciudadano, lo será porque me siento responsable de mi sociedad y lucho para que funcione como es debido, no porque tenga miedo de la represalia que me espera si no lo hago.

El resultado práctico de la nueva orientación de la sociedad ha sido el caos, pues nada bueno puede esperarse de quien tiene la libertad pero no la madurez para usarla. Pero la madurez no se puede alcanzar sino a base de las duras lecciones que nos muestran nuestros fracasos y que nos empujan hacia la sensatez. Hemos tenido que padecer las matanzas de ETA, el ruido, los botellones, el paro... para darnos cuenta de que la libertad en malas manos nos pone a todos en peligro.

Y en eso estamos ahora, armándonos de leyes contra los males de nuestra sociedad, votando al PP, a ver si éstos lo hacen mejor que los otros, y dejando de ser tan tolerantes con todo, que ya está bien. De todos modos eso no significa que ahora nos vayamos a poner a favor de la pena de muerte ni nada de eso, que de lo que se trata es de encontrar el punto exacto entre el autoritarismo y la ultra-tolerancia que tanto daño nos está haciendo.

Difícil tarea, sin duda.
 






 

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