Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
La joven pareja de recién casados acaba de llegar de su feliz viaje de novios. A Ernesto sólo le quedaban cinco días para finalizar las vacaciones que le había concedido su empresa para la boda. Y Mª del Mar, de momento, no tenía previsto ningún trabajo fuera del hogar. Posiblemente no llegaría nunca ese día, ya que su marido no era partidario de que la mujer trabajase en nada que no fuese su casa, y con un hombre de ideas tan machistas y retrógradas, lo más acertado es adaptarse a sus particulares gustos, para evitar seguros disgustos; y además, todo hay que decirlo, también era celoso, y con una esposa tan guapa -según él- ¿quién podía evitar lo inevitable? Temores infundados, pues Mª del Mar era una mujer muy responsable, y estaba enamoradísima de su apasionado machote; pero el que es celoso no puede dominar sus impulsos. Ella ya estaba acostumbrada, pues en los tres años que habían tenido de relaciones, por este motivo no le faltaron los conflictos, pero Mª del Mar, como tantas otras criaturas, confiaba en que una vez casados todo podría arreglarse. Falsa ilusión, pues cada uno es como es, y no hay que darle más vuelta. De todas formas, ella reconocía mejor que nadie que Ernesto poseía una virilidad fuera de lo corriente. Teniendo en cuenta que esto es la base fundamental de todas las parejas e intuyendo que los que no se compenetran en este aspecto están irremisiblemente perdidos, no podía considerarse desafortunada, ¿no? Así que a esperar ese cambio que lo tornaría todo mucho más apacible. La boda la habían celebrado en primavera, y del viaje traían maravillosos recuerdos, que no fueron interrumpidos por ninguna "borrasca". Pero lo bueno dura poco y la realidad no era otra, que Mª del Mar tenía que asumir sus obligaciones de casada, tan distintas a lo que habían gozado en los pasados días, donde todo se lo ponían por delante. Ahora tenía que hacer ella la comida que, dicho sea de paso, sabía bien poco de este "arte", pero no hay nada imposible para una mujer decidida, y ella, indiscutiblemente, siempre fue muy lanzada en casi todo lo que realizaba. El aprendizaje gastronómico no le resultó difícil con la ayuda de mamá y las recetas culinarias que caían en sus manos, iba marchando, desde luego abusaba mucho de los tomates fritos, y esto a Ernesto le hizo padecer de gastritis, pero bueno, pecata minuta, que compensaban exhaustivamente con los "postres", que siempre eran deliciosos...

La vida de la pareja fue transcurriendo en un perpetuo goce, interceptados a veces por algunos ramalazos de los celos de Ernesto, que por mucho que se lo propusiera, no lo podía evitar. Es que Mª del Mar ¡era tan joven y bella!, que le hacía desvariar.

Llegó el cálido verano. Una mañana Mª del Mar cogió su coche, y digo «su coche» porque era ella la que lo disfrutaba, pues él casi nunca se lo llevaba al trabajo. Se fue directa a casa de su amiga Pili y de allí se dirigieron al Corte Inglés, que estaban de rebajas. Se fueron a curiosear los artículos de lencería que también estaban de oferta. A Mª del Mar se le fueron los ojos hacia los sujetadores y cogió uno de los más atrevidos, apenas si tenía envoltorio, estaba diseñado para mostrar al máximo los pechos, claro, bajo un descarado escote. Al tenerlo en sus manos se preguntó: ¿le gustará a Ernesto? Titubeó un segundo. Su amiga que la observa la anima diciéndole: -No seas tonta, llévatelo y esta noche cuando le hagas el striptease verás como lo encandilas. –Se ve que tú no conoces a Ernesto, hija, él siempre está al "rojo vivo", y mucho me temo que el sostencito más que gusto le va a provocar un disgusto-. Total que acabó comprándolo. Cuando llegó la noche Mª del Mar esperó que Ernesto estuviese en la cama, y entonces ella, con música y todo, comenzó a hacer el striptease, él la miraba con ojos deseoso, pero cuando se desprendió de la combinación y se quedó en sostén y bragas, se incorpora y con voz encolerizada le pregunta: -Ese escaso sujetador –si es que se le puede llamar así- no te lo he visto, ¿te lo has comprado hoy?-. Ella, tímida, le responde, sí, -pues mira lo que voy a hacer con él-. Se levantó de un salto y cogiendo el pequeño sujetador con ambas manos se lo rompió, puesto y todo, en dos pedazos, dejando al descubierto sus hermosos senos, mientras le decía: -¿qué pretendes, ir de puta, para que digan que el cabrón de tu marido te lo permite todo?- Pero, ¡por Dios, Ernesto!, si yo no voy a ir por la calle en paños menores, me lo he comprado sólo para ti, y mira lo que has hecho, ya no podré ni devolverlo-. Me da igual, por mí lo puedes tirar a la basura, y entérate bien, que no se te ocurra jamás darme otra sorpresa como ésta, que no es propia de una señora-. Mª del Mar lloró, más que de pesar, de rabia incontenida, pero nada pudo arreglar, tuvo que sucumbir una vez más a los endiablados celos de Ernesto que, posteriormente, trató por todos los medios de hacerla entrar en razón. Y al final terminó como tienen que acabar todas las disputas conyugales... Por algo dicen ¡que la felicidad está debajo de las sábanas...!Pasó el verano y el otoño transcurrió veloz para introducirlos en el primer invierno de sus conyugales vidas. La Navidad estaba muy próxima, las calles rebosaban de público para que los comercios hicieran su agosto con las despilfarradas compras de Reyes. Mª del Mar fue comedida en los regalos, su capital era exiguo, por lo que no le quedaba más remedio que ser consciente y cumplir, pero sin derroche.

Con una ilusión inusitada preparaba los reyes de Ernesto. Le compró un reloj y para endulzarle el paladar complementó el regalo con unas figuritas de mazapán artesanal que representaban los gustos de su marido. Verdaderamente era una gozada contemplar aquellos diminutos manjares y daba pena pensar que eran para comérselos.

Mª del Mar era de temperamento sensible y muy dada a la fantasía, la dedicación de los reyes de su esposo fue para ella todo un acontecimiento, reconocía que eran pequeñeces, pero puso tanto amor que su mente lo tornaba en grandioso. Cuando llegó la noche esperada y se cercioró del sueño profundo de Ernesto, se levantó con el mayor sigilo, sacó el paquete de su escondite y minuciosamente fue llenando la mesilla de noche de su amado, que quedó preciosa. Retornó al lecho y apenas si pudo conciliar el sueño. Al fin, rendida, cayó en los brazos de "Morfeo", y soñó, ilusionada, que también su mesilla estaba repleta de regalos de su Ernesto. Mucho más temprano de lo habitual, Mª del Mar abrió los ojos que, como impulsados por un resorte, se posaron en su mesilla y vio con pena que estaba vacía. No queriendo resistirse al fracaso, fingió dormir, pensando que quizás era demasiado pronto y que Ernesto no podía haberse olvidado de ella. "Me lo dará cuando sea la hora", se decía. Y llegó la hora, la hora de levantarse, y todo seguía igual. ¡Qué desilusión! Él vio sus "reyes", los acogió sin pena ni gloria y le dio las gracias. Y ella rompió en un llanto inconsolable ante la decepción más amarga de su vida. Ernesto trató de consolarla, pero esta vez no encontraba la forma, y en su disculpa, torpemente, le dice: -Mª del Mar, no te lo tomes así, tú bien sabes que yo soy muy sobrio-. Ella, indignada, le contesta: -Muy sobrio, tú lo que eres ¡muy saborío!, y esto, desgraciadamente, ¡no tiene arreglo!-. Y con estas proféticas palabras huyó de él para refugiarse en la cocina.







 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep