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Al fin pude montarme en el colectivo, luego de hacer una larga fila esperando que llegara y de ver como adelante se iban metiendo algunas personas que optaban por no hacer fila. Como esos dos tipos que se subieron mientras parecían estar retando a duelo a los demás, nadie les dijo nada, yo por supuesto me hice el desentendido para evitar cualquier problema; al fin pude subirme a este remedo de transporte público en el que todos vamos apretujados pero sentados, y que se diferencia de los buses en que en aquellos todos van apretujados, pero no todos van sentados.

Me ha tocado por suerte el asiento de atrás, así no tengo que inclinar mis hombros, bajar la cabeza y juntar los pies cada vez que alguien entra o sale del colectivo. Junto a mi están sentados los dos tipos jóvenes que no respetaron la fila; al parecer se conocen entre ellos, de tanto viajar a la misma hora todos los días es normal empezar a ver rostros conocidos, incluso hay quienes a fuerza de verte cada día, te saludan e incluso te sonríen. Ya me ha pasado con algunos de los frecuentes pasajeros, como me ven día tras día se les ha ocurrido saludar incluso así no obtengan respuesta. En especial una señora de edad que viste siempre de tonos grises o negros y que se acompaña de su sombrilla hasta en los días más soleados; ella siempre que me ve inicia una sonrisa y antes de mostrar sus dientes la detiene y en vez de terminar la sonrisa arquea las cejas.

Los dos pasajeros que se han sentado a mi lado mantienen sus piernas tan abiertas que a duras penas hay espacio para mí, es una silla para tres y ellos hacen como que no me ven. Al subirse una hermosa joven ellos inmediatamente han juntado sus piernas y se han acercado entre sí, para hacer notar un buen espacio en la silla aunque a mí me están apretando contra la ventanilla. La joven al parecer tiene prisa y prefiere compartir con nosotros la estrecha silla de atrás.

Estoy apretujado pero prefiero no hacer comentario alguno pues he visto casos en que la violencia surge como cualquier respuesta, además prefiero viajar incómodo que viajar cómodo en el siguiente colectivo pero con un ojo morado y la nariz echando sangre.

Cuando se viaja así de juntos, es imposible no escuchar las conversaciones de los demás pasajeros así estos se esfuercen en no ser escuchados; los dos tipos iban hablando acerca de las piernas de la joven apurada que compartía nuestro asiento y de la forma en que los espacios entre los botones de su camisa dejaban entrever algunos de sus atributos.

El colectivo aún no enciende motores aunque ya está lleno y el conductor le ofrece a alguien de afuera que se siente en un cojín que tiende en el suelo del colectivo, yo quisiera protestar por ese abuso, pero me contengo para evitar malos entendidos, malos ratos y malos tratos. Una señora de edad que viste siempre de tonos grises o negros y que va con una sombrilla se sube para ocupar el asiento improvisado, antes de sentarse en el cojín da una mirada adentro del colectivo y al reconocerla le sonrío y levanto una mano, me quedo mirándola a la espera de que inicie una sonrisa y luego arquee las cejas; pero ella se voltea indiferente.

El auto arranca y los tipos a mi lado empiezan a hablar en voz baja acerca de algo distinto a las curvas de la chica, pero es imposible no escuchar la conversación, ellos me ignoran, así que miro al infinito y finjo no escuchar mientras tomo el hilo de la conversación, en estos casos la mejor opción es hacerte el desentendido pues nada raro sería que si notan que estás escuchando algo que de por sí es imposible no oír, te reclamen, te empujen o te golpeen. La violencia es sorda.

Más que una conversación es un monólogo, pues dice uno de ellos: ¿si viste como lo dejé quieto de una?, es que a mí no me van a faltoniar, el pisco que se mande una mala parada conmigo se va de cajón; yo no me llamo nadie para aguantarme a cualquier panguana.

Sentí un escalofrío, por la forma en que hablaba sabía que estaba lleno de odio y resentimiento.

Es que apenas ese pirobo se chocó conmigo lo tuve en la mala, dizque estorbarme a mí esa pecueca, ahí mismo se ganó dos granitos en la bezaca. Repetía incesantemente mientras el otro le decía que estuviera calletano y que no diera visaje, que de pronto lo boleteaban.

Me salían gotas de sudor en la frente y tragaba saliva para que no repararan en mí, mientras recordaba que hacía unos instantes tal vez me había salvado de algo similar, pues había tropezado sin querer con una persona en la esquina de abajo junto al semáforo, pero todo había acabado de manera distinta pues con una sonrisa y un discúlpeme usted, todo se solucionó sin violencia. Al parecer otra sería la historia de haber sucedido el mismo incidente con los dos tipos.

El colectivo no había avanzada ni media cuadra desde que arrancó del paradero, iba más despacio de lo acostumbrado pues había una aglomeración de gente en la esquina de abajo junto al semáforo. Todos en la calle miraban hacia el suelo y nosotros desde el colectivo vimos el cuerpo tendido de un hombre, que al parecer había sido baleado. El conductor le preguntó a alguien en la multitud acerca de lo ocurrido y obtuvo por respuesta : "quien sabe que sabía o debía".

Ni sabía ni debía, le dijo uno de los tipos de atrás al otro, estorbó y se jodió le contestó su compañero de viaje mientras se acercaba a la ventanilla para mirar, se acercó tanto a la ventana que ocupó mi espacio y sentí que la violencia me había traspasado, pero cuando me vi allí tendido sentí que de pronto me surgían alas.
  






 

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