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Constantemente actuamos de acuerdo con reglas. Seguimos reglas propias y también reglas que parecen universales; reglas que nos son impuestas y reglas que consensuamos; reglas que nos resultan cómodas y reglas difíciles de cumplir; reglas que son eficaces pero no muy éticas, reglas a las que les pasa lo contrario y también, menos mal, reglas que cumplen ambos requisitos. En cualquier caso, tenemos muchas reglas, aunque a veces preferiríamos que no fuese así y que nuestra conducta fuese siempre espontánea, natural y juvenil. Pero sucede que el comportamiento no reglado nos resulta repugnante, ya que es arbitrario y caótico, y el sentido común nos dice que de este modo no podemos conseguir nada bueno ni nada útil. En cambio, el comportamiento anti-reglamentario, es decir, aquel que se guía por ciertas reglas que entran en conflicto con las reglas emanadas del poder establecido, puede parecernos más o menos impropio, pero sabemos que, en cualquier caso, se trata de un comportamiento perfectamente humano. Así, hay que convenir que las reglas del nazismo, que incluyen actos tan deleznables como el exterminio de los judíos o la dominación del mundo mediante un régimen de terror, son reglas que ningún animal podría fabricar y que, por su esencia, nos remiten a la naturaleza humana, que no siempre es lo que debería ser y que a veces conduce, no puede dudarse, a lo inhumano.

Las reglas existen porque el hombre no tiene desarrollados suficientemente sus instintos para actuar de acuerdo a patrones "naturales", de modo que, a menos que queramos estar todo el día pensando en la conveniencia o no de cada cosa que hacemos a lo largo del día, tenemos que seguir estos patrones "artificiales" de conducta que llamamos reglas. Dicho de otro modo, las reglas son "caminos" que nos llevan a donde queremos llegar, pudiendo haber varias alternativas que lo consigan aunque no con las mismas características: unos caminos serán más inmorales que otros, unos más directos que otros, unos más fáciles que otros.

Sin embargo, bueno, quizás las reglas no puedan atribuirse con tanta facilidad al terreno de lo artificial. Quizás hay reglas que tienen su inspiración en el modo como naturalmente suceden o deberían suceder las cosas. Las reglas, dicho de otro modo, a veces también están para darle un empujoncito a los instintos y así determinar cómo hacer lo que vamos a hacer.

En cualquier caso, puede decirse que, en general, las reglas son de gran utilidad al hombre y que hacemos mal en quejarnos de ellas. En efecto, nos permiten, a nivel de individuo, acomodarnos en una rutina de actos que, encadenados unos con otros, nos conducen a un aprovechamiento óptimo de nuestro tiempo y a un orden que es necesario para llevar una vida saludable; a nivel social, la presencia de reglas atenúa o elimina las tensiones entre los intereses contrapuestos de los ciudadanos de manera que la conducta de éstos se torne previsible y, por tanto, controlable, evitándonos tener que adoptar constantemente una postura de defensa, más o menos violenta, de nuestros intereses, vamos, como si estuviéramos en una película del oeste.

Respecto al tema de su origen, que siendo lo que sucede primero resulta que es lo que se averigua más tarde, podría pensarse que algunas provienen de fuera de nosotros mientras que otras nos las imponemos a nosotros mismos. Sin embargo, cuando hablamos del primer tipo, casi siempre se produce una sutil mezcla entre lo que se nos ordena desde un poder exterior y la manera personal en que cada cual realiza lo ordenado, pues las reglas no dicen todo lo que hay que hacer en cada caso (salvo en el caso de las ciencias puras): seamos buenos o malos entendedores, las reglas nunca se componen de demasiadas palabras, o sea, que el hombre, tenga o no "libertad" de movimiento, no puede evitar ser libre. Pero cuando hablamos del segundo tipo, la psicología y la filosofía nos enseñan que nuestro libre albedrío en realidad es fruto de nuestra educación, o sea, de la interiorización de reglas que son exógenas, de modo que el hombre, tenga o no "libertad" de movimiento, no puede evitar no ser libre. Para comprobar ambos puntos nada mejor que recordar cómo cumplimos con las ordenanzas municipales, las de nuestra asociación de vecinos, las de nuestro trabajo, las de conducir, las de comer, las de hablar, las de vestir, las de ir al cielo, las de convivir con otros, las de cocinar... nunca hay puro automatismo ni pura espontaneidad del sujeto, sino sólo la misteriosa mezcla de ambos.

Para terminar el artículo, que no la cuestión en sí, me parece adecuado señalar cuál es la única regla que debe cumplir toda regla, o sea, algo así como la reina de las reglas, la que da sentido a toda ordenanza, ley, mandato, estatuto, decreto, norma, o como quiera que llamemos a lo que aquí denominamos, en sentido genérico, "regla". Puesto que la función de las reglas no es impedir el desarrollo normal de las actividades, sino encauzar dicha actividad de manera que tal desarrollo se produzca de la forma más razonable posible, quedan, por tanto, invalidadas "ipso facto" aquellas reglas que impidan tal desarrollo. Se me había ocurrido añadir a lo anterior "o que sean contrarias al sentido común", pero éste es un extremo que resulta difícil de establecer. En cambio resulta muy claro el criterio según el cual una regla no puede anular lo que prescribe: de no ser así, la existencia de reglas queda sin justificación. Imaginemos, por ejemplo, una regla para el desarrollo de un deporte que se juegue con balón tal que impida la presencia de balones en el terreno de juego: ¿no sería del todo absurda? Pues igual deberá pasar con las reglas de las comunidades de vecinos que impiden a los vecinos, por ejemplo, el acceso a una televisión vía satélite. Y lo mismo sucederá con las señales de tráfico que, más que facilitar la seguridad y eficacia en el tráfago de vehículos, provoque accidentes u obstaculice de forma absurda la circulación. Y lo mismo con las leyes educativas que dificulten el aprendizaje de las cuestiones básicas que todo el mundo debería conocer. Y lo mismo con las leyes que castigan los homicidios matando a quien los comete. Y lo mismo con tantas y tantas otras leyes que, al parecer, se hacen para impedir la lícita finalidad que tales leyes se supone que deberían procurar.

En fin, que el tema éste de las reglas requiere una reflexión por parte de todos los que habitamos este mundo tan plagadísimo de reglas, algunas de las cuales no respetan esta meta-regla de sentido común, y eso, señora o caballero, simplemente es inadmisible.
 






 

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