Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Guendalín de la Sierra era un pequeño y maravilloso pueblo lleno de luz y color, ubicado a mediana altura sobre el nivel del mar, donde la juventud, amante del esquí, se daba cita en invierno los fines de semana, ya que la capital no la tenían distante. Naturalmente, los mayores también disfrutaban del lugar en cualquier época, aunque prefiriesen el verano por su magnífico clima. Había algunos amantes de la paz que ya tenían sus chalecitos bien acondicionados para pasar largas temporadas en aquel espléndido paraíso. En verdad, cuando se acostumbraban a aquella saludable quietud y a la dulzura de sus gentes, el retorno a la gran ciudad no era muy agradable, así que algunos más pudientes ya se estaban mentalizando en acabar allí sus días. Es comprensible que después de la lucha diaria durante décadas en la "jungla del asfalto", se sintieran tan a gusto en Guendalín de la Sierra.

La joven Mari Paz Acuariña había fijado su residencia en aquel "oasis" -me imagino que sería con fines particulares-, ya que tratándose de una hermosa chica, es obvio pensar que iba buscando descanso -más bien todo lo contrario-.

Resulta que Mari Paz, hace unos años, llegó con sus padres a este pueblo a pasar parte del verano. Su carácter alegre la hizo contactar con gran número de jóvenes del pueblo, y lo que suele suceder, se enamoró locamente de Armando Torrebaja, hombre mayor que ella pero extremadamente simpático, de carrera -pero no de bicicleta- de médico, y para colmo, también era guapo y de familia muy acomodada, ¡se puede pedir más! Tanto ella como sus padres hicieron amistad con la familia de Armando, y desde ese feliz verano el afecto entre ellos fue in crescendo, al extremo, que cada vez que volvían a pasar unos días, incluso se alojaban en la espléndida mansión de los Torrebaja.

Ni que decir tiene que a Mari Paz cada vez se le hacía más difícil separarse de Armando, por lo que decidió buscarse un empleo y quedarse por tiempo indefinido. Sus padres, como es natural, al principio se opusieron, pero al final no les quedó otro remedio que aceptar la decisión de la joven, que lógicamente pretendía algo más sustancial que pasar unos días soleados en la Sierra, cuando su corazón estaba al rojo vivo, y ella intuía que en el amor la distancia baja la "temperatura"... contrario a lo que ella deseaba: que la de los dos estuviese siempre en alza (sobre todo la de él). En fin, que por tan buenos y "apetitosos" fines Mari Paz se quedó en el pueblo.

No le fue difícil encontrar rápidamente trabajo, ya que siendo A.T.S. su novio la introdujo en la clínica en la que él ejercía de Pediatra, por lo que quedaron mucho más unidos por la profesión.

La familia de su amado, que la tenían en gran estima, la acogieron con gran cariño, y ella, ante tanto afecto, no pudo por menos de sentirse feliz y enamorada.

Mari Paz estaba encantada con la familia de su novio. Era de admirar lo bien que se llevaban todos. Desde el primer momento le cayó simpatiquísima la abuela Ruperta. Esta señora era una institución en la casa, a su lado nadie se aburría, pues charlaba más que una cotorra y su conversación era amena e instructiva, pues doña Ruperta era culta. Ahora, todo hay que decirlo, era mujer que padecía de aerofagia y, a veces, le era completamente imposible aguantar ese torrente que, de forma repentina e imprudente, irrumpía de sus intestinos provocando la tormenta, que afortunadamente era inodora, ¡menos mal! La pobre sufría, lo que nadie se podía imaginar con su problema, pero los demás se partían de risa, ya que a veces el pedo era oportuno y, al final, "todos contentos". Pero los problemas, desgraciadamente, no siempre caminan solos, y doña Ruperta tenía otro, desde hacía algún tiempo, que le había propinado más de un apuro. Se trataba de su prótesis dental, que con el tiempo había tomado holgura, y ella no había querido tomar medidas, pese a la gran amistad que la unía a su odontólogo, así que de nada servían los buenos consejos para que la cambiase, ella se empecinaba en decir que le había tomado cariño y no quería arriesgarse con otra. Por tal obstinación, un día en el almuerzo se comprende que se le fue algún fragmento de comida por "el mal camino", y ello le provocó un sonoro y precipitado estornudo que le hizo saltar la prótesis al extremo opuesto de la mesa, con tal mala fortuna que la hilera de dientes fue a hacer diana en el centro del plato del marido de su hija, un hombre serio y de pocas palabras, pero en aquella ocasión, ante lo sucedido -si no habla, revienta-, abrió la boca y, de entrada, soltó: -¡Coño, doña Ruperta, vaya puntería la suya, encestar y precisamente en mi plato, que era el que estaba más distante!

Naturalmente, a Ambrosio se le disipó el apetito y dejó la comida plantada, pero la risa que provocó el incidente entre los comensales fue unánime.







 

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