Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Natividad Rodríguez fue Nati hasta los dieciocho. La niña Nati vestía trajecitos de saldo, calcetines de elástico perezoso y zapatos sintéticos de lacito cursi en el cierre. Pensaba que el mundo acababa en el parque que delimitaba su suburbio. La adolescente Nati no tuvo más delirio de grandeza que el de jugar a mezclarse con las chicas bien los sábados por la tarde, durante sus visitas a un gran centro comercial próximo al núcleo urbano. A los dieciocho celebró mayoría de edad a la vez que su padre celebraba la prosperidad de la carnicería, que fue tocada por la suerte por el crecimiento de la zona. Los constructores se preocuparon de levantar edificios de viviendas mientras que nadie se ocupó de abrir nuevos comercios. Domingo Rodríguez, padre de Nati, amplió su local, contrató dos empleados, subió el kilo de babilla a quince euros y comenzó a llamarse Don Domingo. Mientras tanto, Nati alzó levemente la nariz, aprendió a echarse el pelo hacia atrás con dejes de niña tonta y bien, y decidió llamarse Natalia. No estrenó nombre hasta que se mudaron a un adosado coqueto que su madre enseguida atiborró de figuras de Lladró y de tapetitos de encaje. Allí comenzó una nueva vida para los tres y Natalia hizo borrón y cuenta nueva, sepultando para siempre a la Nati de barrio que tan fiel le había sido al origen modesto y sencillo de su vida.

Aunque nunca habían sido pobres, Don Domingo se vio seducido por la idea de ser un padre rico, y el empeño de que a su única hija no le faltase de nada se tradujo en que a Nati le sobraba de todo. Cumplió estrictamente con la idea de nuevo padre rico y hasta límites insospechados. Natalia llevaba los vaqueros a la tintorería, salía de compras tres veces por semana y organizaba fiestas en salones alquilados a hoteles de cuatro estrellas. En una de aquellas fiestas conoció a Guillermo, estudiante de derecho y el hijo más apocado de un famoso cardiólogo. Guillermo y Natalia se gustaron enseguida. Ambos tenían lo que al otro le faltaba. Él cierta clase innata de esa que no se compra por muchos filetes que se vendan, y ella un desparpajo social heredado del enclave natural y callejero de su vida inmediatamente anterior.

Se casaron pocos años después. La boda de Natalia fue por todo lo alto, digna de una princesa, excepto por el hecho de que las princesas no suelen regalar a sus invitados de boda bandejitas chapadas en oro con la inscripción "Enlace Guillermo-Natalia" y dos alianzas unidas en el centro. En el gran salón de bodas predominaba el color rosa y por todos lados había buqués de flores, lazos de raso y niñas y mujeres emperifolladas. Fueron más de quinientas personas y cada una de ellas volvió aquel día a su casa con el estómago más que satisfecho.

El único que mostraba un talante saturnino era el padre de Guillermo, el famoso cardiólogo, que no veía la forma de recuperarse de semejante gasto y comenzaba a preguntarse si no hubiera sido mejor ahorrarse tantos años de universidad y haber abierto una carnicería en un lugar estratégico.

Guillermo y Natalia obtuvieron un pisito bien situado y más tarde tuvieron dos niños hermosísimos, pero nunca tuvieron amor. A Guillermo siguió gustándole Natalia por mucho tiempo; ella se convirtió en una de esas mujeres temperamentales en cualquier situación, incluida la cama, y como no le amaba se convirtió en un reto diario para él, que limitó su apocada vida a solucionar pleitos en el despacho y a intentar seducir a su mujer fuera del horario de oficina, más como un pluriempleo que como un acto pasional y amoroso. De cara al exterior eran una joven familia común. Iban juntos a todos los actos sociales y los domingos llevaban a los niños a visitar a los abuelos.

Natalia, que nunca había sido persona de inquietudes y que tampoco sabía de principios inamovibles, descubrió que la infidelidad podía ser una actividad divertida, y como estaba desconsoladamente aburrida con su nueva vida social y no menos con la matrimonial, decidió que en su mundo faltaba un amante.

Tardó algunos años en ser infiel. Al principio, cuando la ocasión se veía próxima, le brotaba un cosquilleo en el abdomen que aún no reconocía si era placentero o angustioso. Más tarde se hizo adicta a aquel cosquilleo y un buen día se encontró medio desnuda, y luego desnuda del todo, en el apartamento de un corredor de seguros que conoció junto a un cajero automático. Después fueron un vendedor de enciclopedias, un joven empresario, un librero y un vago que vivía de las rentas.

Con Guillermo lo hacía los sábados por la noche. Se tiraba en la cama con un leve camisón de gasa, sin ropa interior, y se dejaba querer por su marido mientras se excitaba pensando en quien le viniese en gana. Sus infidelidades la habían dotado de un irresistible y sutil aire seductor que Guillermo apreciaba en grado sumo, sin llegar a conocer jamás su origen. Cuando sus fantasías la llevaban al frenesí durante el acto, se sentía mujer fatal, amante engañadora, hembra en celo con hambre devoradora de sexo, y embriagaba a su marido sábado a sábado de tal manera, que él vivía anestesiado de dudas. No desconfió nunca, a pesar de que las salidas de Natalia se hicieron cada vez más reiteradas y de que detrás de ella dejaba indicios y huellas tan evidentes que no precisaban de mucha perspicacia. Guillermo era un buen hombre, si es bueno todo aquel a quien no se le puede llamar malo, un padre abnegado, un resignado trabajador y un marido nada perspicaz.

Los niños fueron creciendo, criados por una ecuatoriana con vocación de santa que aguantaba estoicamente los desplantes y gritos de Natalia, sufridora de esa tara que une señorío y despotismo como binomio inseparable. Natalia se convirtió, en lo visible y cotidiano, en la versión moderna de su madre, y ella también atiborró su piso de figuras de Lladró y de tapetitos de encaje; los suyos de Brujas, aprovechando unas vacaciones en Bélgica. Aparte de algún que otro viaje y de contados acontecimientos extraordinarios, casi siempre relacionados con la próspera carrera de Guillermo, la vida insulsa y acomodada de la joven pareja transcurrió sin grandes cambios hasta que llegó el momento del cambio dramático e irreversible.

El negocio de carnicería de Don Domingo siguió progresando, y éste tuvo que contratar un nuevo dependiente. Así fue como llegó Esteban a la vida de Natalia, convirtiéndose en su último amante. El joven carnicero era locuaz y seductor, tenía un cuerpo digno de deportista y una sonrisa de anuncio. Desde que su padre contratara a Esteban en la carnicería, en el hogar de Natalia comenzó a comerse demasiada carne. Cuando la ecuatoriana veía a su señora de punta en blanco, maquillada y perfumada como si fuera a un cóctail y luciendo sus mejores joyas, ya sabía que ese día cocinaría solomillos o ragout de ternera.

Esteban y Natalia se fueron a la cama la segunda noche que salieron, y fue porque a Natalia le interesaba de verdad Esteban y no quiso darle una mala impresión acostándose con él el primer día, a pesar de que no era algo desacostumbrado para ella.

Natalia se enamoró de Esteban, o de sus músculos, o de su sonrisa, o de sus ademanes campechanos, o de su habilidad como amante. Lo cierto es que seis meses después le pidió el divorcio a Guillermo de la noche a la mañana, dejándole boquiabierto y desalentado para el resto de su vida.

Se llevó a los niños con ella pero tuvo que prescindir de la ecuatoriana. Esteban era sólo un joven empleado de carnicería, dicharachero y diestro en las artes amatorias, pero con un salario modesto.

Se fueron a vivir a un barrio de los suburbios. Él alquiló un pequeño local y abrió una carnicería. Natalia volvió a llamarse Nati, Natividad. Se convirtió en la mujer del carnicero y sus niños llegaron a vestir trajes de saldo y calcetines de elástico perezoso. Los sábados se mezclaban con la gente bien cuando visitaban un centro comercial próximo al núcleo urbano, y ella, Natalia, Nati, Natividad Rodríguez, no fue más infeliz de lo que hubiera pensado.







 

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