Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Sevilla, con arranques en Fernando de Herrera y luego con la continuidad de los poetas del siglo XVIII, se ha caracterizado en las preceptivas por la representación de una poesía que tradicionalmente llamamos barroca. Pero este barroquismo, que suponemos erróneamente sobrecargado de adjetivos, descripciones exhaustivas, metáforas casi obsoletas, y hasta algunos hipérbatos para conseguir la rima en determinadas ocasiones, no es la que ha escrito la mayoría de los poetas sevillanos contemporáneos. Esa poesía es la que Antonio Machado criticaba, aunque paradójicamente lo hiciera a raíz de un soneto de Calderón. Poetas paisanos suyos han sabido, no obstante, sacudir cierta hojarasca decorativa que pesaba, a pesar de la benevolencia de esta introducción, en la tradición hispalense y en la andaluza en general, en muchos casos con no pocas nostalgias retrospectivas. María Sanz (Sevilla, 1956) es una de esas poetas que, sin abandonar una soterrada melancolía barroca -ya entraremos en su significado-, allega los materiales lingüísticos necesarios para construir ese poema que puede ser situado en un movimiento o tendencia homogénea de un país en una época concreta; pongamos por caso, la poesía de la experiencia con factura neoformal, que ya en los ochenta, pasada la euforia de los Novísimos, se decantaba como filial de la "poesía de siempre". Me explicaré. Hemos sugerido que la poesía barroca (sevillana) basculaba hacia una retórica trillada de contenidos tópicos (los llamados temas "eternos") en manos de Lista, Marchena, Arjona; en el siglo XIX, García de Tassara, Adelardo López de Ayala (Bécquer es un caso aparte); incluso en un poeta como Adriano del Valle, entre lo posmodernista y lo vanguardista, ese culto a la "forma", a la inmortalización de ciertos estereotipos es su piedra de toque. Inmersos en esa tradición, pero con fluctuaciones líricas más diversas y personales son para mí Romero y Murube, Laffón, Montesinos, Mantero, Caro Romero y posteriormente José Luis Núñez, Joaquín Márquez, Mena Cantero, Andrés Mirón, Onofre Rojano...

En medio de esa continuidad, a veces zigzagueante, a veces disconforme, la poesía de María Sanz enlaza con esa corriente subterránea que hay en la mayoría de los poetas de su tierra. Pero este enlace no es deudor necesariamente de esa tradición, sino que toma de esta la actitud ante el objeto poético -un paisaje, un recuerdo, una reflexión, una calle...- la contemplación, y con esto quiero referirme a una mezcla de lo ya vivido y lo que se ve, envueltas ambas percepciones en un esfuerzo por embellecer, por seleccionar la experiencia y fijarla en una expresión en la que están presentes los sentidos y esa melancolía a la que antes me referí.

En Dos lentas soledades, que ha sido Premio de Poesía Ciudad de San Fernando 2001, esos rasgos de su poesía se subsumen en la visión retrospectiva de su vida, pero con el contexto situacional de los paisajes -"La finca", "Extramuros", "Itálica"... -, las calles -"Doncellas"...-, Los recuerdos -"Nochebuena", "Locutorio", "Las amigas"-, así como de las reflexiones sobre determinados hechos anecdóticos -"El concierto", "Bar Dueñas"...- o evocativos -"El imaginero", "La Madrugada", "Pascua florida"..-, o existenciales -"Nada parece perdido", "El hombre que resiste", "Legado original", "El refugio..."-, que no le restan a la obra valor autobiográfico, ya que podríamos señalar en ella dos velocidades: la del pasado y la del presente como una meditación sobre lo vivido.

Hablábamos antes de una pervivencia en María Sanz de su tradición literaria formalista, que en ella queda reducida a un buen manejo del endecasílabo, el heptasílabo y el alejandrino blancos. Estructura cerrada que como molde de sentimientos y divagaciones denota un poder de la autora sobre su flujo interior, distribuyendo éste como si cada poema fuese una acequia por la que discurre el agua de una poesía clara, sosegada y, yo diría, que modélica, ante tanto poema disperso que se publica hoy.

María Sanz no se ha dejado dominar por el impulso tendente a lo sensorial y al verbo amplio y jugoso que todo poeta sevillano lleva en el cauce de su río poético, sino que opta por la sobriedad y tamiza con elegancia el lastre contenidista de una poesía que arranca de los cincuenta y que, junto a la del Grupo Cántico, señala la mejor muestra de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX.

Dos lentas soledades es un premio acertado y un libro destacado en el elenco de la editorial Huerga y Fierro.






 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep